Recomendaciones para celebrar el Día del libro

Aunque ya se está acabando el día no quiero dejar pasar la ocasión de celebrar hoy el Día del Libro para recomendaros dos cuentos maravillosos que he comprado y leído hoy a mis hijos.

Curiosamente son dos libros ya antiguos, que han sido reeditados recientemente. Podríamos decir que son clásicos, aunque yo no los conocía.

El primero de ellos es de 1962, “El Sr. Conejo y el regalo perfecto” de Charlotte Zolotow con ilustraciones de Maurice Sendak editado por Corimbo.

Es un cuento muy sencillo: una niña le pide al Sr. Conejo que le ayude a encontrar el regalo perfecto para el cumpleaños de su madre. Parece que el Sr. Conejo no puede ayudarle demasiado porque se le ocurren cosas un tanto disparatadas. A los niños les encanta, algo sencillo y tierno. Las ilustraciones son maravillosas, llenas de luz y de color. Un gusto de leer y mirar.

El segundo es un cuento alemán de 1925 que ha vendido más de un millón de ejemplares (¡ahí es nada!) hasta la fecha. Es “El zorrito perdido” de Irina Korschunow con ilustraciones de Reinhasrd Michl reeditado por Salamandra.

Es un libro con más texto que el anterior en el que se narra la historia de un pequeño zorro perdido en el bosque y como encuentra una madre para él. Es un libro realmente fantástico que habla del amor maternal, su protección y la superación de las dificultades.

Mis hijos se han quedado fascinados con la historia y los dibujos. ¡Y yo también! Lo recomiendo cien por cien, os gustará también a vosotros, padres y madres.

Si alguno los lee me encantaría saber qué opinan.

¡Feliz Día del Libro!

Nota: ambos libros se pueden leer a partir de los 4 años y hasta… no hay edad límite, son una maravilla.

Elsa

Nuevo emplazamiento

Hola a todos,

desde hace un par de semanas hemos trasladado nuestro blog a la blogosfera de enfemenino. Creemos que de este modo tendremos mayor presencia y podremos llegar a más personas. Además, nos han elegido como uno de sus blogs, con un acceso directo desde la sección de maternidad, ¡todo un lujo!

 

 

 

Los contenidos serán los mismos que hemos ido haciendo aquí y podréis seguir las aventuras y desventuras de Terry cada semana.

Seguiremos escribiendo en este espacio sobre los temas propios de Creciclando: noticias, novedades, promociones,…

Y vuestra aportación sigue siendo muy valiosa así que ¡no dejéis de escribirnos!

Gracias por todo vuestro apoyo. Os esperamos.

Mi masoquismo y yo

Sé que alguien dirá que soy masoquista, que no me conformo con lo que tengo, que siempre estoy buscándole la vuelta a las cosas. Y con toda razón.

Este fin de semana estuve ejerciendo de tía y madrina; vamos, de canguro, con mis dos sobrinos de 2 y 5 años. Era la primera vez que la pequeña dormía fuera de casa sin su mami, así que los augurios por parte de mi madre (a la sazón, abuela de Alba) eran implacables.

“Es que no tenéis cabeza ni tu hermana ni tú. Dile que no vaya a la boda, que la niña se va a llevar un sofocón tremendo. Pero qué necesidad hay de hacerla sufrir… Que se puede traumatizar si piensa que su madre la ha abandonado”… Vamos que menos coger la zapatilla y darnos en el culo, no le faltó de nada.

Pero los niños tienen esa innata capacidad para sorprendernos siempre. Y Alba concilió el sueño perfectamente sin su madre y sin su “teta”. Yo, que me imaginaba sin poder dormir en toda la noche con sus gritos ahogados en lágrimas e hipidos, me quedé profundamente traspuesta a su lado a las 9 de la noche, ¡todo un lujo!

Me despertó unas horas más tarde el sonido de un mensaje de mi madre (que, afortunadamente, aún no conoce el WhatsApp ni su gratuidad) que decía: “No le des agua si está llorando, que se puede atragantar”.

A mí si hay una cosa que me gusta de mi madre es su positividad, su confianza en que todo puede salir bien, su despreocupación…

SMS aparte, la noche fue buena y Alba solo tuvo tres despertares leves algo llorosos que resolví acunándola en brazos. Y aquí enlazo con el principio: por qué digo que soy masoquista.

Eran la 1, las 3 y las 6 de la madrugada, y sí, tuve que interrumpir mi sueño, salir de la cama, taparme con una rebeca para el frío, ponerme de pie y cogerla en brazos, pero volví a revivir la increíble sensación que es tener tan cerquita a un bebé en la soledad de la noche.

Sé que algunos dirán que estoy loca, sobre todo si padecen madrugadas y madrugadas de maldormir. Pero esos momentos en que la casa está en silencio total, en que todo está oscuro y sólo se oye la respiración de tu peque me parecen un regalo.

No negaré que tengo esta impresión ahora, que duermo de un tirón toda la noche desde hace mucho tiempo. Porque cuando Ada, que ha sido una maldormidora crónica, era pequeña el cansancio me podía de tal manera que un día me descubrí en el escaparate de una tienda de muebles mirando con auténtico deseo un sillón como si estuviera delante de una pastelería.

Y es que lo de Ada y el sueño no tenía nombre. Claro, que tampoco lo tenía nuestra inexperiencia de primerizos a la hora de intentar dormirla. Recuerdo a mi santo, que ya entonces hacía un curso acelerado de beatitud en CCC, balanceando la “maxi-cossi” (con la niña dentro, por supuesto) en el aire a medianoche. Ahora que lo pienso, la pobre criatura estaría mascullando: “Pero qué hacéis, si yo lo que quiero es que me dejéis dormir tranquila; mira que os denuncio al Defensor del Menor…”.

Con el tiempo fuimos aprendiendo a base de horas de sueño… perdidas. Porque íbamos como zombis por la vida, intentando recuperar el cansancio acumulado una noche tras otra. Pero es que por el día era igual. No se dormía si no era en el carrito. Pero en el carrito fuera de casa. Así que lloviera o cayeran “chuzos de punta”, como decía mi abuela, había que sacarla a pasear para que cediera en entornar los ojillos.

Daba igual que estuviera cansada o derrotada, no quería dormir y la mayoría de las veces no consentía en reclinarse, hasta que el sueño la vencía erguida y tumbada… hacia delante. Un número, pues había que quedarse fuera para que la siesta se prolongara un poco. Porque era poner una rueda en el portal de casa y abrir el ojo como un resorte. Un misterio que pienso plantear un día a Iker Jiménez para “Cuarto Milenio”.

Pero los niños van creciendo, llega un día en que ya no se despiertan de noche, en que ya no te reclaman, en que ya no los acunas, pues no te caben entre los brazos… Por eso he disfrutado tanto de este fin de semana de no dormir.

A todo esto, mi madre nos sigue llamando por si hemos encontrado algún síntoma raro en mi sobrina. Por ahora parece que no, pero, claro, lo mismo el trauma aflora a los 18 años y hay un psicoanalista argentino que se va a hacer rico a nuestra costa. Pues muy bien, que tal como está el mundo, hay que dar trabajo a mucha gente. ¡A llorar se ha dicho!

Terry Gragera

@terrygragera

Mamá, ¿la nada existe?

“Mamá, ¿la nada existe?”, me preguntó Teo hace unos días. Así, sin anestesia, y mientras íbamos a hacer la compra semanal al Mercadona. Tengo que confesar que, superado el impulso inicial de contestarle a lo Rafael: “Que sabe nadieeeeeeeee”, su interrogante me hizo cavilar un buen rato.

Tuve que esforzarme por aclararme yo primero. No, no me preguntaba por los agujeros negros, ni siquiera por el Bosón de Higgs, lo cual hubiera sido mucho más sencillo. Mi hijo de 6 años me cuestionaba acerca de un ente de orden ¿físico, metafísico, filosófico? Pero, criatura, ¡si yo soy de letras mixtas!

Vamos, que no tengo nada que ver ni con Parménides, ni con Kant  ni con Hegel. Me temo que soy mucho más mundana y que mis dudas existencialistas, si es que han aparecido alguna vez, no han trascendido más allá del común de los mortales: “La vida es una porquería, etc., etc.”. Lo que se entiende como un típico bajón que se resuelve con una llamada de teléfono a una amiga.

Y con respecto a mi santo, aunque no solemos ir por esos derroteros en las conversaciones de sobremesa (“cariño, estás muy pensativo”, “sí, es que reflexionaba acerca del nuevo ente gnoseológico”, “ay, qué cosas más bonitas me dices…”), puedo aventurar que ha tenido cuatro décadas para planteárselo y no lo ha hecho… todavía.

Pero nunca es tarde. Los hijos están aquí para ponernos en aprietos, para hacer que nos salga humo del cerebro, para enseñarnos el arte del carraspeo y del soplido. En definitiva, para reactivar nuestra vida y nuestra mente.

Hasta que mi niño, mi pequeñín, mi “bebé” me taladró con su pregunta, para mí “la nada” era otra cosa.

 La Nada: sentimiento que te acecha cuando en mitad de una cena tu suegra dice que tus hijos son de constitución delgada como…¡¡Su padre!! ¿Me está llamando gorda? Pero si a mí sólo me sobran unos kilillos de “nada”.

La Nada: sensación que te invade cuando tu hija te dice que prefiere jugar un rato con su papá. “Pero os quiero a los dos igual”. “Gracias, hija”. “De nada”.

La Nada: estado que te posee cuando a las once y media de la noche descubres que aún te quedan unas cuantas tareas por hacer antes de irte a la cama. “Pero si sólo es tender una lavadora, preparar los uniformes y hacer la comida de mañana; son tres cosillas de nada”.

Pues, eso, naderías, menudencias, fruslerías en comparación con los pensamientos de mi hijo. Porque sí, la charla siguió y tuve que argumentarle que por la nada se entendía cuando todo desaparecía. A lo que él respondió sin despeinarse: “Pues entonces si queda la nada ya hay algo” (sic). Y entonces no supe si abrazarlo, parar a la gente por la calle para contárselo, echarme a reír o hartarme de llorar. “Sí, pues entonces será que la nada no existe; mira, mira, qué coche más chulo”, regateé intentando parar la conversación.

Pero sé que la semilla de la duda ha quedado en su interior. Así que estoy pensando muy seriamente matricularme en un curso de alguna ciencia con el suficiente grado de sesudez: Teología, Filosofía, Arte Abstracto, Entrenadora de Fútbol… Yo qué sé. Lo que tengo claro es que no estoy a la altura.

Después de preguntarme por el Pecado Original y por La Nada, ¿cuál será su siguiente entelequia? ¿Veis? Si es que todo se pega; a ver, si no fuera por mi hijo, de qué iba yo a soltar semejante palabra: en-te-le-quia. Y me quedo tan ancha. Por cierto, una cosilla en confianza: ¿pero la nada existe o no?

Terry Gragera

@terrygragera

Yo quiero ser Vicky Beckham

Yo quiero ser Vicky Beckham, la Spice pija, la posh, esa muñeca de cera reconvertida en humana que nunca pestañea, que no se despeina, que no tuerce el gesto jamás de los jamases. Y no es por el maromo que tiene al lado, que David está bien, no lo niego, pero, después de confesar que sufre manía por el orden, no lo quiero yo en casa dedicándose a organizar las cebollas por capas. Definitivamente, no es cosa de hombres, que con mi santo me basta y, a veces, hasta me sobra. Es cuestión de niños.

Yo quiero tener esa indolencia delante de mis hijos, que no son cuatro como en su caso, sino la mitad. Anhelo poder regañarles sin que se me note; no perder nunca la compostura aun cuando me hayan sacado de quicio; poder decirles: “No” o “estate quieto” o “ven aquí” sin que se me mueva un músculo, sin contraer el rictus, sin contar “a la una, a las dos y a las tres”.

Y es que estoy harta de hacer de ventrílocua a lo José Luis Moreno. Porque odio los numeritos en la calle, pero los niños tienen la costumbre, el vicio o la virtud de mostrar sus habilidades para la desobediencia civil, militar y parental cuando hay público delante. Vamos, que los del 25S, unos aprendices a su lado. Y, claro, luego tú no te puedes poner a explicar a todo el que te vea: “No, si esto en casa no sucede; si a mí me obedecen”, “si los tengo controlados”, “si yo leo sobre psicología infantil”, “si esto no es lo que parece…”.

No es lo que parece, pero mis hijos tienen el don de abochornarme en público de vez en cuando. Y entonces es cuando me transmuto en Rockefeller o en Macario: “Omo uelvas a olestar a u herano, e astigo”. Todo intentando disimular y con una sonrisita de medio lado, para no parecer sobrepasada por la situación.

¡Qué fácil lo tiene la Beckham! Seguro que lanza sus: “Shut up!” en “modo látigo” y le quedan hasta bien, como un signo de distinción, a lo Isabel Preysler engullendo de un bocado un Ferrero Rocher (que para eso hay que valer).

Pero para las madres que no vamos subidas en tacones de 15 cm todo el día, la perspectiva es distinta. Regañamos y se nos nota el enfado a la legua, y volvemos a regañar y lo peor de todo es que muchas veces sin ningún resultado. Y entonces, lo confieso, en mi caso, me lanzo a la desesperada al anuncio de un castigo “cruel”.

Me maravillan los padres que nunca castigan a sus hijos. Porque sí, lo del refuerzo positivo está estupendo y tú quieres seguir esa doctrina y decides, tras leer varios libros sobre ello, que nunca jamás actuarás de modo “punitivo” contra tus hijos, pero cuando el niño se planta y dice “aquí estoy yo”, entonces te entran ganas de empezar el castigo (o la “consecuencia”) pertinente haciéndole copiar mil veces los manuales de marras.

Reconozco que muchas veces, según estoy diciendo: “Como vuelvas a hacer eso, te quedas dos semanas sin tele”, me falta tiempo para ponerme a rezar a San Judas Tadeo, patrón de los imposibles, para que el niño no lo haga, con tal de no tener que aplicar el castigo, con tal de no claudicar, una vez más, delante de él. Porque según está proyectándose a través de mis cuerdas vocales eso de: “Como vuelvas a…”, ya sé, sin ninguna duda, quién es el vencedor.

Pero entonces, ¿qué hacer? ¿Castigos sí o castigos no? ¿Corrección o advertencia? ¿Exhortación o sugerencia? ¿Sermón o admonición? ¿Manicura francesa o uñas de gel? (Ay, no que por un momento me he creído la Beckham…).

¡Cuánto me gustaría pasar por delante de las trastadas de mis hijos como quien camina por la alfombra roja directa a un photocall! Pero creo que llego tarde. Tengo que conformarme con lo que soy: una madre a veces chillona, a veces paciente; a veces malhumorada, a veces divertida; a veces estresada, a veces en estado zen, pero, al menos, siempre cerca de ellos. Es lo que tiene no ser famosa. No posar para los fotógrafos. Y no llevar tacones altos. Que se lo digan a Vicky Beckham, que solo se descompone ante sus mundanos juanetes.

Terry Gragera

@terrygragera

Entonces, ¿una noche o dos?

Si fuera visible todo lo que las madres almacenamos en la testa, me temo que luciríamos un peinado a lo Marge Simpson. “Ay, querida, pero eso, ¿es tendencia?, ¿es un must de este otoño?”. Pues no, es mi lista (invisible) de pensamientos. Cada una vamos con nuestra pirámide mental a cuestas y la sufrimos, sí, ésta también, en silencio.

En los últimos días mi cabeza, mi mente, mi cerebro, mi materia gris está a pleno rendimiento en el apartado “soy madre y me siento culpable”. ¿Por qué?

Desde que mi santo y yo cumplimos 10 años de gozoso, armónico, avenido y alborozado matrimonio, tenemos la costumbre de escaparnos un fin de semana al año…¡¡¡¡SOLOS!!! Vamos, sin niños, sin lo que viene siendo: cuándo-llegamos-pero-queda-mucho-me-aburro-no-quiero-andar-más-papá-ada-se-está-riendo-de-mí-mamá-teo-me-ha-puesto-una-cara-fea-esto-no-me-gusta-quiero-irme-a-casa-papáááááá-que-no-quiere-jugar-conmigo-mamááááá-que-no-que-luego-hago-los-deberes… En fin, todas esas historias del día a día por las que no cambiaríamos a nuestros hijos por nada del mundo. (Menos por un viaje en pareja… una vez al año).

Sé que por el rostro de muchos lectores estará corriendo ahora una lagrimilla… de pura envidia insana. Y lo comprendo. Pero que no se lleven a engaño. Esas mismas lágrimas me cuestan a mí los preparativos. A estas alturas en que debería tener más que claros el destino y la fecha, sigo dándole vueltas al tema de si irnos una noche o dos, porque, claro, luego es que “los niños nos echan de menos y lo pasan mal”… Como tan amablemente me expuso de soslayo, como quien no quiere la cosa, mi querida madre. Vamos, que me abrió los ojos de lo que sucedía durante nuestra ausencia (y luego les echó sal, para que fueran sanando).

Como si a mí hubiera que darme motivos para alimentar ese come-come, ese bulle-bulle de si seremos malos padres por el egoísmo de querer darles esquinazo durante 2 o 3 de los 365 días al año. Un 0,9% anual de tiempo “robado”, que para sí quisiera la inflación.

Y no es que durante el viajecito no nos acordemos de nuestros niños. En realidad, parecemos los protagonistas del reality “haga cosas absurdas cuando viaja”. ”Qué bonita la Catedral del Duomo”, “Sí, sí, preciosa, pero que no se te escape ese gato ni el coche deportivo, para luego enseñarles las fotos a los niños”. Nuestros reportajes fotográficos son monotemáticos. Aviso a antropólogos, biólogos e ingenieros: tenemos fotos de absolutamente todos los animalitos, coches y motos que por Europa tienen a bien estar.

Con estos viajes, además, mi concepto de moralidad baja de umbral unos cuentos peldaños. Confieso que compro, soborno y recalifico lo que haga falta a mis hijos para que lo pasen lo mejor posible antes, durante y después.

Nuestras maletas se llenan tanto de cachivaches infantiles y monerías varias a la vuelta, que más de una vez hemos tenido que emular al muñeco de Michelin, poniéndonos un jersey encima de otro, y de otro, para hacer hueco dentro del equipaje.

Hace unos días, y para quitarme el peso de mi (mala) conciencia antes del acontecimiento, le pregunté a Teo: “¿Cómo ves que papá y mamá se vayan un fin de semana solos?”. “Difícil”. Y hasta ahí puedo leer. Y ya me tienes a mí rastreando las cientos de miles de páginas de educación infantil en Internet para interpretar exactamente qué quiere decir un niño de 6 años cuando te ametralla con la palabra “difícil”.

A: Vosotros iros, que ya os lo cobraré yo en psicólogo infantil.

B: Difícil va a ser que veamos en un fin de semana más tele, porque a los abuelos me los meto yo en el bolsillo.

C: Difícil, difícil, ese regate de Ronaldo sí que es difícil.

Sea lo que fuera, este año también me marcharé pensando que estamos escapando vilmente por la puerta de atrás. Eso sí, a un destino antihijos. Y con esto quiero decir que no soporto ir a un sitio en el que intuya o imagine que mis niños hubieran disfrutado lo más mínimo. Porque entonces sí me sentiría como la mala-malísima del cuento. Por eso, en estos viajecillos nos dedicamos a hacer esas cosas que con niños no se puede, como salir del hotel por la mañana y volver por la noche tras 14 horas de intensa pateada por la ciudad. “Uf, qué gusto, qué de ampollas tengo en los pies”. “¿Ves como a estos viajes tenemos que venir solos?”. A esto le llamo yo psicología selfservice.

Pero esto no acaba aquí, porque cuando, ya por fin, mi dedo índice está a punto de darle al botón de “Comprar vuelo”, se me queda paralizada la mano, como una garra de pollo frito. “Pero entonces, ¿una noche o dos?”, vuelvo a preguntarle a mi santo. Y el pobre no dice nada, se rasca la cabeza (¿le estará creciendo tupé interior como a mí?) y suspira mirando al cielo, porque él también me sufre en silencio.

Terry Gragera

@terrygragera

 

En busca de una presencia verdadera

presencia de los padresHoy, en una reunión en la escuela de mis hijos, su maestra ha sacado un tema que me toca de lleno, tal vez porque soy consciente de su importancia y a la vez porque me siento lejos de conseguirlo. Hablaba de la trascendencia que tiene sobre los niños la PRESENCIA de sus padres, pero la presencia así, con mayúsculas. En muchas ocasiones pasamos la tarde entera con ellos pero en lugar de estar “en eso”, andamos renegando, hartos de estar en el parque, de sus rabietas, peticiones, requerimientos y de atender permanentemente sus necesidades. Estamos con la cabeza puesta en las cien mil cosas que tenemos que hacer hoy, mañana, pasado, en las que hemos dejado de hacer y en las que nunca haremos. Es decir, que hemos estado pero sin ESTAR.

Sus palabras me remueven porque ella, con tantísima experiencia, sabe de lo que habla y porque yo, aprendiz de madre aún, también lo sé. Nuestros hijos no aprenden de lo que les decimos, sino de lo que hacemos y diría más, aprenden lo que somos. Si no somos capaces de conectar con el presente y disfrutarlo o sufrirlo pero VIVIRLO, entonces ¿dónde estamos? ¿qué es lo que percibe el niño?

He de confesar que esta responsabilidad sobre lo que trasmitimos a nuestros hijos me ha llegado a abrumar en muchas ocasiones, porque ya no vale con “poner cara de” o “parecer que”, ellos ven más allá de todo eso. Ahora, sin embargo, me perdono más en este sentido y veo la maternidad como una oportunidad de ser mejor persona a través de ellos, como un aprendizaje mutuo, tan lleno de amor, que todo lo salva.

Al hablar de este tema he recordado un artículo que leí hace poco en el blog de Simplicity Parenting. Lo escribe Rayna St. Pierre, una madre que se considera aún inexperta en la materia pero que se atreve, según sus palabras, a dar algunas recomendaciones basadas en sus más de 10 años de experiencia como profesora de secundaria en diferentes institutos de Nueva York.

“Desde el 2000 he tenido la oportunidad de observar y llegar a conocer a más de mil estudiantes y varios cientos de padres y madres. He hablado con los chicos en clase, después de clase, durante las comidas. He escuchado a los padres contarme, llorar e incluso gritar en una sala, a través del teléfono o del email… Y lo que he descubierto es que, independientemente del nivel económico – urbano, suburbano o rural – los niños a menudo exteriorizan o se inclinan por comportamientos perjudiciales cuando sienten la necesidad de una atención plena por parte de sus padres“.

Es así tanto si tu hijo tiene 7 años como 17” dice Rayna. También se mantiene en cualquier clase social, en los barrios marginales y en las zonas residenciales de casas millonarias. De hecho fue en una de estas zonas de clase alta donde un chaval considerado problemático le dijo algo que realmente se quedó grabado en ella: “Mis padres no me quieren; quieren a sus trabajos”. Rayna habló con los padres aún sabiendo de antemano que tal cosa no era cierta, pero esa es la cuestión: no tiene que ver con si es verdad o no, sino con lo que el hijo percibe, con su realidad.

A través de su propia experiencia ha comprobado una y otra vez la relación directa que existe entre una atención mental plena por su parte y un buen comportamiento por parte de sus hijos. “Cuando me tomo la molestia de sentarme, de mirar a mi hijo a los ojos y escuchar realmente lo que me está diciendo, él actúa después en consecuencia. La frustración de no tener la atención que necesita se expresa en llantos, rabia, y después de muchos intentos en un “oye, ¡escucha! Eres la persona más importante en mi vida y quiero compartir contigo lo que me está pasando”

“Por supuesto que los niños tienen que aprender a esperar o saber entretenerse solos mientras mamá o papá están haciendo algo. Pero tenemos que ser plenamente conscientes de nuestro papel, que somos la mayor influencia en sus vidas, el verdadero sol alrededor del cual se mueve su planeta.

La regla general para una atención plena es: calidad sobre cantidad, pero la cantidad también importa.

Rayna finalmente nos deja unos consejos concretos para facilitar la conexión:

“1- Entra en el mundo de tu hijo mientras te habla. La mayor parte del tiempo nuestros hijos estás escuchándonos a nosotros, nuestras órdenes, nuestras explicaciones, nuestras recomendaciones. Dedica un tiempo cada día a escuchar lo que realmente le interesa a tu hijo, independientemente de si te interesa a ti o no.

2- Hazle preguntas que demuestren que estás interesado. “¿Cómo funciona tu superpoder?, “¿Cómo has sido capaz de hacer esa forma con la arcilla?” o cualquier otra pregunta que se centre en el niño y que le muestren que lo que dice tiene un valor para ti.

3 – Escucha con tus ojos además de con tus oídos. Conecta visualmente. Deja a un lado el libro o la revista. Deja de mirar la pantalla del ordenador. Imagínate, por un momento, que estás hablando con un amigo, un adulto, y trata de otorgarle a tu pequeño la misma cortesía: una verdadera atención.

4 - Termina el día con un momento de escucha. Si el único momento tranquilo que tienes es la hora de ir a la cama, saca provecho de la ocasión. A veces, cuando he tenido un día muy atareado, me gusta sentarme en el borde de la cama de mi hijo y simplemente escuchar. Todo parece que sale a flote por la noche. Los niños no se quieren dormir por nada del mundo. Pero ¡pon un límite!, si no, te convertirás en el mejor modo de retrasar el momento de dormir.

5 – Utiliza los tiempos muertos para convertirlos en tiempos de escucha. Me encanta escuchar la radio mientras conduzco por eso me resulta duro apagarla cuando llevo a los niños en el coche. Aún así, lo he convertido en una regla cuando recojo a mi hijo mayor del colegio. Tiene un montón de novedades que contarme y, en los dos minutos que tardamos en llegar a casa, me pone al corriente de muchas cosas. Cuando estás bañando a tu hijo, esperando en una cola, en un restaurante, aprovecha esos ratos y entabla una conversación de verdad. Siempre merece la pena.”

Lo seguiremos intentando y ¡claro que sí!, merece la pena.

Elsa. Madrid

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Cuestión de esfínteres

Hace muchos años, y para hacerme la novia moderna, le regalé a mi santo un bonito e ilustrativo libro cuyo nombre me permito reproducir aquí anteponiendo mis disculpas. El ejemplar llevaba por título Cómo cagar en el campo, y debo decir que no ganó ningún Premio Planeta (tal vez porque no se presentó).

La obra, nunca mejor dicho lo de obrar, que dice haber sido bestseller en Estados Unidos (lo cual no me sorprende en absoluto), se presenta bajo el subtítulo “Una aproximación ecológicamente sensata a un arte perdido”. ¿Perdido? En sus páginas se desgranan temas tan apasionantes como “por qué es tan importante cavar el agujero y dónde hacerlo”, “qué hacer cuando no podemos cavar el agujero” y “consejos para la mujer: ropa, técnicas y artefactos para facilitar las deposiciones en la naturaleza”.

Mi santo, que ha sido, desde siempre, amante de la ecología y el montañismo, debió de leerse el librito de pé a pá, pero tan de pé a pá como para imprimírselo en su código genético y traspasarlo a la segunda generación; esto es, a nuestros hijos.

Pido perdón a los amables lectores que a estas alturas se pregunten qué hago yo desarrollando un tema tan escatológico, pero no podía resistirme a la tentación de lanzar al espacio digital esa pregunta que me corroe, me carcome, me inquieta, me indispone, me perturba desde hace tanto tiempo: ¿Por qué siempre que estamos fuera de casa a mis hijos les entran ganas de hacer aguas mayores?

Yo, que me tengo por escrupulosamente maniática, que hago malabarismos para no tocar los pomos de las puertas en los servicios públicos, que me aguanto lo indecible porque como en casa de uno, nada de nada, y van y me salen estos niños con el esfínter alegre.

Es que no falla, sea la situación que sea, el momento que surja o el lugar que encarte: mis hijos siempre tienen ganas de evacuar en la calle. Reconozco que mi santo y mártir es el que cumple con el trámite la mayoría de las veces. En ocasiones me toca a mí, y entonces sé que esa semana tendré que visitar al fisio. Porque coger a mis hijos en peso en esas estancias tan limpias y amplias que suelen ser los retretes públicos con tal de que no se sienten en la taza y de que no toquen nada de nada acaba por deslomarme. Pero me da igual. Antes tullida que angustiada.

En el zoo, en el parque de atracciones, cuando estamos bañándonos en la piscina, en mitad de una obra de teatro, en el parque, en el supermercado, siempre acabo escuchando una voz angelical que dice: “Me hago caca”. Y lo peor de todo es que sé que detrás de una viene otra. Porque mis hijos están perfectamente sincronizados en esta noble tarea biológica. Y siempre, y cuando digo siempre quiero decir siempre, al uno le sigue la otra, o a la otra el uno.

Mi santo, que es un hombre con recursos, ha ido perfeccionando la técnica, según el lugar de autos. Porque queda muy bonito y ecológico eso del agujero, pero hay pedregales y/o parques públicos que no dan ni para eso. Así que tenemos el recurso de la bolsita. Sí, sí, a lo perrito, y dejo a la imaginación de cada cual el resto de detalles.

Son mis hijos, los quiero y los adoro, pero reconozco que cuando, en el sitio más inoportuno, los oigo proclamar la sentencia: “Me-hago-caca”, pediría un rescate como el de Rajoy, o un rescatillo, para dimitir en ese momento de todos mis cargos como madre. Sobre todo, porque después del anuncio viene el golpe de gracia: “No me aguanto”.

He revisado minuciosamente el libro de marras para ver si ofrecía alguna solución cuando no se puede o no se debe. Pero nada. Y así nos va. Que luego dicen que consentimos demasiado a los hijos con lo material, pero ¿por qué no se habla de la educación de los esfínteres? Que a mí nadie me dijo que esto podía pasar.

Lo siento por quienes, al leer el título de este post, confiaban en encontrarse algo así como “consejos infalibles para que tu hijo deje el pañal en 34 horas y media”, o “cómo conseguir que el orinal se convierta en su mejor amigo”, o tal vez “vete a las Bahamas con lo que te ahorrarás en pañales”. Pero no, lo mío va por la escatología pura y dura, pero sin estreñimiento, que es lo que le faltaba a mi pobre espalda.

Y todo por regalar el libro que no debía. La próxima vez me lo pienso mucho mejor. Con lo bonitos y rositas que son los libros de Danielle Steel, que sólo con mirarlos parece que te ambientan la casa…

Terry Gragera
@terrygragera

Cuando acueste a los niños me paso

Si alguna vez me decido a invertir en un negocio, pensaré muy seriamente en los gimnasios. Debe de ser el lugar en el que más gente aparece, dona su dinero y no vuelve a poner un pie o un michelín sin reclamar nada. No hay desgaste de material, ni de aparatos, las cintas de correr no consumen energía… Vamos, que una vez que el chiringuito de las “preferentes” se ha venido abajo, me veo a Botín y a Goirigolzarri estudiando muy seriamente poner en marcha una cadena de fitness. Y todo esto ¿a cuenta de qué? Pues justamente a que soy una de esas dadivosas clientes que ha pisado el gimnasio sólo una vez: el día que hice la matrícula y me tocó pagar.

Está feo echarles la culpa a mis hijos, a mi santo y a la vida familiar. Está feo, pero lo voy a hacer. Y es que no soy capaz de organizarme, de sacar media hora para mí, porque cuando no son los deberes, es la compra “que-no-tenemos-nada-en-el-frigo”, y cuando no la plancha y cuando no llevar a uno de los niños a un cumple, y cuando no los baños y cuando no las cenas, y ¡cuándo no!

No me faltan propósitos, pero nunca remato. Lo he intentado por la mañana, antes de ir a trabajar, pero es que estaba tan oscuro que me dio miedito y me volví a la cama con mi santo (sin decirle nada, eso sí, para que no pensara que había perdido el juicio). Y he querido lanzarme por la noche: “¿Que cerráis a las 11 el gimnasio? Estupendo, cuando acueste a los niños me paso”. Pero luego compruebas cómo se te va cerrando la pestaña en mitad del cuento de buenas noches y piensas: “¡Pero dónde voy yo!, si voy a caer inconsciente en el lecho conyugal en menos de cinco minutos”.

Y por la tarde, claro, la vida de una madre es como una gymkhana del tipo “humor amarillo”. Cada jornada, el más difícil todavía. Superponiendo tareas, compromisos, atenciones… En teoría, a estas alturas de mi vida, con dos hijos de 9 y 6 años, me debería sentir con más libertad para esos 30 minutejos de nada unos ¿tres? días a la semana… Pero no.

Pensaba en ello el pasado fin de semana cuando me tocó ejercer de niñera y madrina. Cuidar de mi sobrina Alba, que está a punto de cumplir dos años, me recordó la etapa en que en vez de dos ojos tenía tres. Sí, tres, también el de la nuca. Porque en un segundo que me distraje a un metro de ella, se aventuró por la lona que cubría la piscina. ¡Eso no me pasaba antes! Yo tenía una especie de radar que me permitía oler el peligro cuando mis hijos eran más pequeños. Y me di cuenta de que lo había perdido.

No me pondré melodramática porque el tal incidente también me sirvió para rememorar todas las cosas que hacía con mis hijos y que ya puedo hacer sola. Por ejemplo: ir al baño. Sí, ir al baño, pero no a coger kleenex, no, ir al baño a hacer aguas menores y hasta ¡aguas mayores! Y que levante la mano la madre que no se ha entrenado en el arte de “corto el papel higiénico con la boca porque tengo al bebé en la otra”…

Pues sí, muchas, pero que muchas veces, tenía que dejar a mis niños a la puerta del baño mientras yo hacía lo que podía (perdón por lo escatológico del asunto). Realmente, miccionar cantando por Enrique Iglesias para que Ada o Teo me oyeran y estuvieran tranquilos era toda “una experiencia religiosa”. Y eso cuando no les daba por venir gateando hacia mí: “No hijo, por el suelo del baño, ¡noooooo!”. Y allá que lo cogías con la ropa interior por los tobillos que no te tropezabas y te dabas contra el bidé de puro milagro.

Y luego los médicos te aconsejan kiwi en el posparto por eso del estreñimiento. No nos vamos a estreñir… Y porque no hay una revisión dermatológica, pues apuesto a que a muchas zonas del cuerpo es imposible que llegue el agua en las duchas ultra-expréss que tenemos que darnos con un bebé en casa.

Eso pensaba yo para consolarme. “¡Qué bien, ya puedo ir al baño solita!”. “Y ducharme en más de 30 segundos”. Claro, son lujos que se me ha olvidado valorar con el paso del tiempo. Y están todos fenomenal, pero… ¡¡Yo lo que quiero es ir al gimnasio!!  Si sólo son 30 minutillos de nada, pero no soy capaz.

Mi santo, que es sabio, me dice que me tengo que organizar. Y, como en (casi) todo, tiene razón. ¿Vendrá de serie esto de sentirse culpable siendo madre por dedicarse tiempo a una misma? Mientras me aclaro, voy a probar con una nueva modalidad: el “fitness madrugadero”. Consiste en aprovechar que un niño te pide agua a media noche para quedarte despierta y hacer unas flexiones. Menos es nada, ¿o no?

Terry Gragera
@terrygragera

 

El último día de verano

Esta noche, como todas las noches, les he leído un cuento a mis hijos. Más bien no, porque el cuento no tiene texto, así que lo que hemos hecho ha sido verlo en silencio, sentirlo. Los niños van diciendo cosas que las imágenes les sugieren. Me gustan los cuentos sin palabras.

“El último día de verano” de Cristina Pérez Navarro (Ed. Anaya) cayó en mis manos hace tiempo, antes de ser madre.

Hoy lo hemos saboreado todos juntos. Ha sido una buena elección, hoy que todavía estamos reajustando el cuerpo a la vuelta al cole y con muchas experiencias del verano aún sin digerir. Momentos únicos que se recuerdan toda la vida, … encuentros y despedidas, … libertad.

 

Al final del cuento hay unas pocas palabras y termina con una cita que entiendo hoy mejor que nunca:

“Ninguna criatura puede aprender lo que no cabe en la forma de su corazón”.

 

Feliz fin del verano para todos.

Elsa. Madrid 

 

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