Paradigma del sistema educativo (Ken Robinson)

Ya es la segunda vez que dedicamos una entrada a Ken Robinson en el blog y no será la última.

Tal vez muchos de vosotros ya conozcáis este video pero no podíamos dejar de publicarlo para aquellos que aún no lo conozcan.

Porque este video hay que verlo. 

Además de lo que cuenta (que pone los pelos de punta), los dibujos son impresionantes.

Espero vuestros comentarios.

Generosa

Ada hará su Primera Comunión en unos días. Reconozco que me está dando una lección de tranquilidad. Tiene presente el acontecimiento, pero no más que cualquier cita importante con la familia. No le ha salido a su madre, oséase a mí, que metamorfoseo en un ser nervioso y agitado cual Whoopi Goldberg en “Sister Act” cada vez que el estrés por un acontecimiento venidero se apodera de mí. Sí, soy claramente mejorable (para desesperación de mi santo marido) qué le vamos a hacer…

El caso es que estamos inmersos en los preparativos y entre las cosas que nos planteábamos estaba el aluvión de regalos que una criaturita así puede recibir aunque tu lista de invitados se circunscriba a los más íntimos, es decir, a 50 personas. No queremos que pase como en Navidad, donde, además de la visita de los Reyes Magos, está su cumpleaños y el de Teo. Año tras año pedimos, rogamos e imploramos cierta mesura en los presentes que recibirán… sin ningún resultado. Hay quien incluso se molesta porque le “sugieres” que no se rasque el bolsillo, pero esa es otra historia…

En nuestro deseo por dotar de cordura la celebración, le planteamos a Ada si le “apetecía” recibir una parte de los regalos, no en especie sino en dinero, en cash, con el objeto de donarlo a gente que lo pudiera necesitar más. “Esto…, Ada, que Papá y yo habíamos pensado si te apetecería que, en vez de regalos, te dieran dinero para donarlo a Etiopía”. “No, yo quiero la casita de los Littlest Pet Shops y una cámara de fotos y unos patines y…”. Normal, y, hasta cierto punto, un alivio. Que una niña de 9 años no muestre, de entrada, las maneras de la Madre Teresa de Calcuta es un consuelo para una madre (semi) paranoica como yo. Ya me veo visualizando su futuro si hubiera dicho que sí a la primera (“mi hija…, en esos parajes de África, tan inhóspitos, porque esta no acaba ni la ESO y ya nos está diciendo que quiere irse a las misiones”).

No queríamos obligarla de ninguna manera, pero unos días después retomamos el tema: “Ada, ¿has pensado lo que comentamos de donar dinero en tu Comunión? Seguro que recibes muchos regalos y te sentirás bien haciendo algo por gente que lo necesita”. Confieso que durante la conversación ese diablillo que llevo dentro me hostigaba con un monólogo paralelo: (“Pues haberlo hecho tú en tu cumpleaños, que bien que te gustó que te agasajaran…, o en tu boda, o en el próximo aniversario: ¿por qué no le dices a tu santo que en vez de un detallito deis ese dinero a los pobres? Que es muy fácil cuando no te toca a ti”). “Calla, bicho, que estoy educando”… (me) le dije.

Fue una alegría cuando Ada contestó que sí, que le parecía bien. Y es que es adorable, igual que Teo, (y no porque sean mis hijos, o sí, qué más da, que para eso está el amor de madre). Así que hemos pedido a una parte de los invitados que le den dinero, y ella está convencida y contenta con la decisión.

Reconozco que estoy muyyyyyyy orgullosa de ella. Nuestra hija está madurando y, por ahora, se muestra generosa. Dudo mucho que haya influido en esta vena de altruismo el soniquete machacón con el que todos los padres torturamos a nuestros hijos nada más se asoman al increíble mundo de los parques. “Hay que compartir, Pedrito”, “Hay que compartir, que el nene no se va a llevar tu pala ni tu cubo, que sólo quiere jugar un ratito”. Y todo eso aunque el nene haya hecho ya los 100 metros lisos en categoría bebé con la pala en la mano y una sonrisa maliciosa como diciendo “tas cagao”. Si pudieran, no dudo de que nuestros peques nos dirían, “pues déjale tú las llaves de tu coche a ese papá, que no se lo va a llevar, que sólo quiere apretar el acelerador un ratito”.

Pero esa es una de las contradicciones más flagrantes de la paternidad: te digo que hagas lo que yo no estoy dispuesto a hacer. Aunque, bien pensado, ¡¡culpas fuera!!; todo es por mejorar la especie, ¿qué si no es educar? Tratar de hacer personitas mejores que nos den lecciones, como nos la ha dado a nosotros Ada. A ver si en el fondo voy a ser buena madre y todo.

Terry Gragera

Día de la Madre

Ni una plancha, ni una sartén antiadherente, ni un aspirador (¡sin bolsa, oiga!)… Reconozco que tengo la inmensa suerte de ser de esas madres que no han recibido en su Día alguno de estos prácticos “regalos”. Mi hija Ada me hizo un precioso joyero de papel y una poesía y mi hijo Teo… bueno, lo de mi hijo Teo merece un aparte.

En realidad no sé ni llegaré a saber qué me hizo, porque su padre, es decir, mi santo marido, perdió el obsequio en el camino que va del colegio a casa. Ya sé que para una mujer esto resulta impensable, inimaginable, ininteligible, pero sucede. Nosotras podemos ir cargadas con los abrigos, las mochilas, las bufandas, los paraguas, las meriendas, la bolsa de los plátanos que hemos comprado de camino (mira que tienen potasio los plátanos), el balón del niño, los patines de la niña, nuestro bolso, el pan para la cena, la última circular de la profesora, y todo ello, si se tercia, hablando por el móvil y con un hijo a cada mano. Pero ellos no. Creo que es cuestión de estructura mental. Para una madre, hacer tres cosas a la vez es estar relajada. Para un padre… bueno, cuando se produzca, diré lo que supone para un padre.

No obstante, el drama se solucionó bien, porque mi santo es despistado, pero voluntarioso en la misma medida. Así que cuando se dio cuenta del desastre hizo dos cosas: la primera, comprarle a Teo un juguete para purgar su culpa. La segunda, acudir a un Todo a 100 para fabricar a la carrera una manualidad similar. Tengo que decir que la cuchara de palo con pelo rizado y vestido de flores quedó muy lograda. Por supuesto, Teo dejó a su padre con la tarea y se dedicó a jugar con su arco y sus flechas, tras el impacto de la noticia. Para ser honesta, debo decir que, según me cuenta mi santo, éste le duró un nanosegundo, vamos, el tiempo que tardó en echarle el ojo al premio. Mi reino como madre por unas cuantas flechas con ventosa…

Cuando ya acababa el Día de la Madre, Ada me preguntó que cuánto la quería, a lo que yo respondí: “Todo”. Y es que realmente no se me ocurría ninguna forma de hacerle entender la dimensión de mi amor por ellos. Mi hija, que es una amante de lo preciso, me respondió enseguida: “Mamá, eso no es una respuesta concreta. Podrías decir, por ejemplo: ‘No puedo quererte más”. Chitón.

Tal vez haya una fórmula matemática que dé infinito para definir el amor maternal, pero lo que tengo claro es que es una cuenta personal, donde cada madre aporta sus propios sumandos.

Aunque me reviente, me saque de quicio y me haga marcar los primeros números del Teléfono de la Esperanza, no dudo que cuando mi madre, o sea, la abuela de mis hijos, me dice en invierno que les tape bien la boca con la bufanda “para que respiren su propio aire caliente” (sic); no dudo, decía, que está en su sano juicio y que, por este orden, lo hace por amor. Tampoco dudo de que cuando me implora “no cojas peso, como estás tú de la espalda”, sigue estando en sus cabales y también lo dice por amor, a pesar de que yo, nunca, jamás he tenido problema alguno en las lumbares. Y tampoco me planteo internarla en un frenopático cuando me asegura que le debo hacer a los niños “una analítica completa” ante el menor resfriado o cuando sentencia “¡qué sabe la pediatra!” si ésta me dice que la fiebre está provocada por un virus. Es todo producto del amor. De muuuuucho amor.

Me imagino que, con el paso del tiempo, yo también acabaré queriendo a mis hijos de esa manera. Poniéndoles dos platos más postre, vaso de leche y melocotón en almíbar para cenar (“si es que no comen nada estos niños”). Supongo que cuando tengan 30 años continuaré cerrándoles la chaqueta para que no se resfríen. Y sospecho que, en unas décadas, tendrán que hacerme entender que, a determinadas edades, no está bien visto que una madre vaya a hablar con el jefe para que valore a su hijo como merece. En el fondo, es la historia de la vida, que se repite una y otra vez.

Mientras tanto, yo seguiré gozando con las pequeñas cosas que me reinventan en la tarea más compleja y dulce de mi existencia: la de ser mamá. Y abriré el joyero de Ada y se me escapará una lagrimilla de emoción y miraré la muñeca-cuchara de palo y pensaré en lo mañoso que es mi santo marido… Si es que lo tengo que querer, ¿quién si no él me ha dado a Ada y Teo, lo mejor de mi vida?

 

Terry Gragera

Cuadro:  Mª Teresa Ruiz Morcillo

Caballito: historia de una mascota

A mi hija le encantan los animales, así que desde que tiene uso de razón nos viene pidiendo insistentemente una mascota. La pobre ha renunciado a perros, gatos, conejos y demás especies con pelo porque su padre es muy alérgico a ellos. Y se ha convencido de que tampoco podemos criar a hamster, ratones y otros “fascinantes” roedores porque a su madre, o sea, a la que suscribe, le dan pánico, lo que ella toma también como un impedimento biológico.

Pero, a pesar de estas limitaciones, no somos tan crueles como para privarla absolutamente de su deseo. Sólo tuvimos que convencerla de que los peces también eran mascotas, aunque no los pudiera tocar, ni alimentar directamente ni interactuar de ninguna manera con ellos. Y coló. Así que por su séptimo cumpleaños le regalamos una pecera donde aleteaban, absolutamente a lo suyo, varios pececillos. Uno de ellos era Caballito, según fue bautizado después.

Durante estos dos años mantener el acuario en condiciones mínimamente salubres y decentes para sus habitantes ha sido un suplicio para el santo de mi marido que ha comprobado de esta forma que hay cosas mucho peores que aguantarme a mí en “esos días tan especiales” de cada mes en los que me “encanta” ser mujer. Y es que parece que los peces sólo necesitan agua y comida, pero no. Cuando no son las algas, son las bacterias, cuando no está el agua turbia, falla el filtro, cuando el filtro se arregla se estropea el sistema de oxigenación… En fin, que poco menos hay que estudiar Ciencias del Mar para tenerlo a punto.

Y eso por no hablar de las bajas que se van produciendo casi irremediablemente. Al principio, no nos dio ningún pudor justificarlas alterando el orden natural de la zoología. “¿Dónde está Tiburonazo, mamá?”, preguntaba Teo, “Pues está hibernando, hijo”. Así, sin ruborizarme. Y es que día sí, día también se nos moría alguno. Muchas veces los hemos apuntalado contra algún arbolillo artificial en la pecera para que pareciera que estaban vivos mientras podíamos ir corriendo a una tienda para comprar uno lo más exacto posible. Pero ahí teníamos la implacable mirada de Ada para detectarlo todo: “¡Qué raro!, si Burbujitas tenía dos líneas de 1,7 milímetros en la aleta dorsal y ahora sólo le miden 1,4 milímetros”. “Bueno, hija, será cuestión del agua, o de la luz de la pecera”… Es que nos pasábamos el día sudando entre carreras para reponerlos y explicaciones para justificar los increíbles cambios morfológicos de nuestras especies. Vamos, que el comandante Cousteau, un aficionado a nuestro lado.

Uno de los peces más longevos era Caballito. En realidad Caballito II, pero este es un secreto que Ada desconoce, así que para ella era el original. “Cualquier día, Caballito nos da un susto, mamá”. Y ese día llegó. El pobre Caballito pasó a mejor vida y ha sido todo un drama. Yo, para consolarla, le decía que iba a ir al Cielo con un santo que cuidaba de los animales, aunque afinar me costó un poco: “Con San Antonio (no), con San Andrés (tampoco), con San Martín (uy, no, que este es el del consuelo-refrán ‘a cada cerdo le llega su San Martín’), con San Francisco de Asís, eso, con San Francisco de Asís, que era amigo de los lobos y de todos los animales…”. Pero Caballito (II) se irá con San Francisco después de tener un sepelio como Dios manda, porque nuestra hija le quiere dar honores de jefe de Estado. Pero no nos importa, eso significa que es sensible, aunque espero que nos deje estar, al menos, con “alivio de luto”.

En estas noches pasadas en las que se ha acordado tanto de su amigo Caballito, le conté mi historia con Periquín. Yo también tuve una mascota: un pájaro al que llamé Periquín. Periquín vivía en una jaula colgada en la terraza de casa, aunque cada mediodía lo metíamos dentro para que no se sofocara con el sol. Todos menos uno en que se nos olvidó. El pobre Periquín debió de perecer de un golpe de calor y se quedó como disecado. Yo tenía 4 años, pero recuerdo como si hubiera sido ayer darme cuenta de repente: “¡Mamá, Periquín!”, y salir a la terraza a por él. Lo metimos bajo un chorro de agua fría y le introdujimos una aspirina infantil en el pico (se admiten interjecciones), pero no revivió, y me acuerdo aún de la impresión que me causó el episodio. Debe de ser cosa de familia esto de las reanimaciones singulares, porque me cuenta mi santo marido que él le hizo la resucitación cardiopulmonar a su hámster  cuando estaba a punto de irse al otro mundo (se vuelven a admitir interjecciones). Y House triunfando en televisión…

Espero que Ada no se traumatice con la desaparición de Caballito (II), al que asegura que siempre llevará en su corazón. Y no lo dudo. Seguro que está en el Cielo de los animales con Periquín, el “aporreado” hamster de mi marido y otros muchos. Y con respecto a nosotros, seguimos purgando con el acuario lleno de otros peces que, vete tú a saber hasta cuándo, decidirán seguir aleteando ajenos por completo a nosotros, sus seguros servidores… o ponerse  a hibernar.

 

Terry Gragera

La huerta de Anidan

Hace unos meses que os conté la extraordinaria labor que realiza Anidan en Lamu (Kenia) y hoy os quiero informar, y ojalá que también involucrar, en un nuevo proyecto: la huerta.

La huerta lleva funcionando solo unos meses pero con unos resultados estupendos. La iniciativa surge de la colaboración de un ingeniero agrónomo quién, a pesar de estar hablando prácticamente de cultivar en la playa, con un terreno totalmente arenoso, garantizó la total viabilidad del cultivo de hortalizas.

Llevaron tierra de la costa de Manda, para mezclar con la arena y el resultado es que el orfanato se está abasteciendo de sus propias hortalizas, acelgas, espinacas, y hay productos como el tomate que ya está produciendo excedentes. Si tenemos en cuenta que el gasto en alimentos se ha triplicado, el hecho de que puedan autoabastecerse en parte, es de vital importancia.

Se han contratado a dos hortelanos nativos y, bajo su supervisión, trabajarán los niños mayores de 13 años para dar así una formación a los que no van a continuar los estudios.

El proyecto me parece precioso, espero que compartáis esta idea conmigo. Os pido, a los que ya colaboráis, que sigáis haciéndolo y a los que todavía no participáis, que lo hagáis en la medida de lo posible.

Sara B. / Madrid

La huerta de Anidan

El pasado mes de agosto se comenzó a trabajar en una pequeña huerta, a pesar de que los locales aseguraban que en Lamu era prácticamente imposible que creciera algún tipo de verdura debido al tipo de tierra y las alta temperatura de la isla.

Con solo unas cuantas semillas, un sistema de reciclaje de agua de uno de los grifos de la entrada y una bomba de agua manual comenzaron a sembrar durante sus vacaciones de colegio.

Poniendo mucho trabajo, esfuerzo y cariño de todos y ayudados especialmente por los más pequeños, araron la tierra, construyeron semilleros y consiguieron que comenzaran a crecer las verduras. 

Desde septiembre se ha profesionalizado la huerta para obtener mayor productividad, contratando a dos trabajadores que llevan a cabo el laboreo del suelo, el mantenimiento de la huerta, el riego, el abonado,…

El riego se realiza utilizando el agua del pozo a primera hora de la mañana y última de la tarde, para evitar las horas de máximo calor o insolación, pues se pueden producir pérdidas por evaporación y fisiopatías en las plantas.

El abonado de superficie se realiza con el cultivo ya establecido y consiste en esparcir el estiércol y compost (hecho por ellos mismos) sobre el pie de la planta. 

Se busca la diversidad para el éxito de los cultivos. Hasta ahora se han plantado tomates, berenjenas, pimientos, batata, y un tipo de espinaca, pero van a realizar a lo largo del año rotación de cultivos.

El presupuesto anual de la huerta es de:

• Salarios 34,000 x 12 = 408,000Ksh = 3,885€

• Material 4,000 Ksh = 38€

• Semillas, tierra, etc… 42,000 Ksh = 400€

  • Total: 4.323€

Gracias a la huerta, además de alimentar con verduras frescas a los 254 niños de Anidan estaremos dando trabajo a dos personas y demostrando a la población de Lamu que si se trabaja la tierra se consigue comida.

Número de cuenta de Anidan: 2038 1701 98 6000227730

 

Amigos

Me encanta cuando un niño le pasa el brazo por los hombros a otro para dejar constancia de que es su amigo. Bien es verdad que el elegido suele tener chicles, cromos, gormitis o algo susceptible de ser compartido. Pero, en el fondo, es un gesto muy de chicos, una manera propia de hacer exaltación de la amistad, que, curiosamente, se pierde luego durante un tiempo para volver años después con ocasión de míticas melopeas en las que, lagrimita de por medio, muchos suelen confesar: “Du (tú) eres mi mejor amigo, dronco (tronco). Dunca (nunca) me haz fallado”.

Pero dejando a un lado ejemplos poco recomendables, el hecho es que los niños, desde muy pronto, viven un universo paralelo en el que sólo caben sus amigos, ellos y las historias que crean en común. Y, por más que nos empeñemos los padres en mediar en esa elección, me temo que lo tenemos más que complicado. Te puedes pasar media vida sugiriendo, con la sutileza que caracteriza a las madres (esto es, con ninguna), lo “ideal” que te parece determinada niña o lo bueno que es tal compañero, para que tus hijos acaben haciéndote ningún caso.

En el fondo, es ley de vida. ¿O acaso tuvieron mis padres algo que ver cuando decidí que Esther o Estíbaliz iban a ser mis amigas del alma para siempre? Y menos mal, porque si no, mi santa madre (con todo el error del mundo) algún defecto les hubiera encontrado (cosa que, pasados ¡20 años!, debo decir que aún no ha hecho, y mira que es difícil en ella…). Los adultos tenemos claro que la elección y/o mantenimiento de nuestras amistades es un coto cerrado, pero cuando se trata de nuestros hijos la cosa cambia.

Nos interesa todo, incluso (y tal vez más) lo que no sabemos y no podemos preguntar del pasado, el presente, el árbol genealógico, las creencias y la forma de vida (con todas sus aristas) de aquellos a los que nuestros niños denominan amigos y, por supuesto, de sus familias. Y eso que a ciertas edades el concepto de eternidad y lealtad es muy variable. Del “ya no me ajunto” a “pues me voy a chivar”, pasando por “eres una mandona” y acabando por “no hay quien te aguante”, para en cinco minutos cambiar súbitamente las tornas: “Vente a mi casa a merendar, bueno no, dile a tu madre que te deje quedarte a dormir y así estás hasta mañana y jugamos a la Wii”. “Sí, guay. Mamáááááááá”.

A ciertas edades, la amistad es una montaña rusa que los padres, y siempre dentro de un orden, tal vez debamos observar con cierta distancia. Pero nos cuesta soltar amarras, en esto como en todo. Quizá antes, cuando los niños no estaban tan hipercontrolados y salían a jugar a la calle y acababan a pedradas, todo era más sano desde el punto de vista emocional. Ahora, el roce de un simple guijarro, que por error y sólo por error, ha variado su trayectoria impactando sobre nuestro niño, puede ser motivo de denuncia. Yo denuncio, tú denuncias, él denuncia… y así están los juzgados.

No dejamos que nuestros hijos resuelvan por sí mismos sus problemas (“¿quieres que hable con su mamá?”); no permitimos que sean autónomos para responder (“pues tú dile que tal y cual y pascual”); nos empeñamos en reinterpretar su relación con nuestras décadas de vida a las espaldas (“¿eso te ha dicho?, ¡qué barbaridad!”). Y el que no lo haya hecho, que deje de leer este post.

Bien, compruebo que seguimos todos aquí. Es un alivio no sentirse un bicho raro. La amistad tiene sus códigos, sus secretos, sus pactos… y sería bueno que los niños pudieran explorarlos por sí mismos, y, si es posible, mejorarlos. Ya tendrán tiempo de iniciarse en el cuanto-te-quiero-pero-como-te-miren-a-ti-más-que-a-mí-te-vas-a-enterar-que-ya-no-tienes-edad-para-enseñar-ese-escote-querida-que-los-años-pasan-para-todos-y-ya-nos-vamos-conociendo-que-aprovechas-cada-vez-que-quedamos-todos-juntos-para-llamar-la-atención-y-me-tienes-cansada-exhibicionista-que-lo-que-tú-necesitas-es-un-buen-psicólogo-so-exhibicionista-que-cuando-estás-depre-bien-que-me-llamas-pero-luego-a-reírte-con-otros-si-ya-me-lo-decían-que-eras-una-aprovechada…

Pues, eso, que ya habrá tiempo para todo lo demás. Mientras, que disfruten de sus abrazos interesados, de sus peleas con vuelta atrás, de su facilidad para olvidar… Sí, pero con los amigos que a mí me gusten. He dicho.

Terry Gragera

Malcriar… ¿o bienamar?

Mi hija nació un 29 de diciembre. Como el parto fue muy bien y mi recuperación, sin complicaciones, nos dieron el alta el día 31  para comenzar el nuevo año en casa. Recuerdo que estaba sentada en el sofá ante la tele, esperando a que sonaran las Campanadas, y, como ella estaba despierta, la cogí y la acurruqué contra mi pecho para hacer juntas esa mágica transición. La escena parecería perfecta si no fuera porque mi madre me advirtió como un resorte: “Como la cojas, te pierdes”. Mi santa madre lo visualizó claramente: ese bebé de dos días iba a grabar en sus neuronas a sangre y fuego que podría dominarme a su antojo. Es más, a partir de ese momento yo sería su esclava y la niña, una malcriada llorona y “pataletera” que no me iba a dejar respirar ni un segundo en mi triste existencia de madre primeriza.

Pero lo peor es que, a partir de entonces, he oído a demasiada gente mantener que coger, abrazar, mimar… a los niños es contraproducente y un peligro de dimensiones insospechadas; vamos, que ni esa tercera guerra mundial que dicen que está por llegar. El argumento no se sostiene científicamente. Un bebé es incapaz de manipular. Incapaz por desarrollo neurológico. Sólo pide lo que necesita. Y trata de hacerse entender, como intentamos todos, con los pocos recursos de que dispone: el llanto, el reclamo y la risa.

Hay un monólogo real que me ha torpedeado el cerebro muchas veces. (Niña o niño llorando) “Pero si no le pasa nada, no lo cojas”. (Yo tardo 0,1 décimas de segundo en llevarlo a mis brazos; resultado: el bebé se calla de inmediato) “¿Ves? Si no le pasaba nada…”. Pero, ¡¿cómo que no le pasaba nada?! Claro que le pasaba: que quería estar conmigo.

Si se ha hecho caca, hay que cambiarlo cuanto antes para que no se irrite. Si tiene hambre, hay que apresurarse para darle de comer. Pero si llora por soledad, miedo o porque simplemente le apetece sentirse confortado en los brazos de su madre o de su padre, no hay que atenderlo. O sea, que valgo menos que un pañal sucio o que un cuenco de puré… Es un razonamiento que nunca he comprendido, y mucho menos compartido, y que, por supuesto, siempre me he saltado a la torera.

Mis hijos han estado en mis brazos todo lo que he podido y más; de hecho, siendo bebés descubrí que se puede funcionar con una sola mano, ya que la otra la tenía casi siempre ocupada cargándolos a ellos (y me acabó gustando eso de ser como el Inspector Gadget). Los he cogido antes de que me reclamaran, los he achuchado sin límites. Y no porque “me hayan ganado la partida” ni porque “se hayan hecho los amos de la casa”. Ha sido una elección de crianza.

Pero para la mayoría de la gente, seguir mi opción es malcriar. Aunque si nos trasladamos al mundo adulto, quizá lo interpretaríamos en otros términos. “Pepe, quiero mimos…” (Pepe impertérrito). “Ay, Pepe, pero qué soso eres, hijo” (Pepe fosilizado). “Pero, Pepeeeee. Es que no te enteras; es que ni me escuchas” (Pepe como si se hubiera tragado una escoba). “Tenemos que hablar, Pepe. Es que eres un insensible, si ya me lo decía tu madre que nunca le habías dado un beso, y, claro, eso me pasa por creer que yo te iba a cambiar.  Con lo que yo te quiero, Pepe. Y ni un detalle que tienes conmigo. Pero si ni siquiera te has dado cuenta de que he ido hoy a la peluquería. Pepe, esto no puede seguir así” (“Gooooooool”).

Que vivan los hijos “braceros”: los que elevarán la tasa de delincuencia juvenil por haber recibido de bebés mil besos por segundo; los que serán tan débiles de carácter porque no saben lo que es llorar en una cuna esperando a que te hagan caso; los que no serán aptos para ningún trabajo porque sus padres los tuvieron mucho tiempo en brazos… ¡Que vivan!

Terry Gragera

Convulsiones febriles

El pasado viernes marqué por primera vez el teléfono de emergencias 112. Desafortunadamente, fue para pedir ayuda para mi hija de 3 años y dos meses que estaba en estado de semi-inconciencia (desconexión ambiental, rigidez y retroversión ocular).

Una vez que llegó la ambulancia, mi hija se había recuperado y comenzaba a reaccionar y llorar. Nunca olvidaré ese llanto de alivio después de una experiencia aterradora que duró alrededor de 5 minutos.

Fue la primera vez también que supe lo que es una “convulsión febril“.

Siempre he sabido que hay que controlar mucho la fiebre en los niños y por supuesto que conozco todos los remedios para intentar bajarla, desde dar antitérmicos, desabrigarlos, poner paños de agua en la cabeza, dar baños de agua tibia si es necesario, en fin, no es la primera vez que nos topamos con una fiebre alta. Sin embargo, la convulsión vino por un cambio drástico en la temperatura de la niña, es decir, que en pocos minutos, de estar a 37º pasó a más de 40º.

Estas convulsiones por lo general se presentan en la fase inicial de alguna enfermedad, por lo que no había todavía ningún síntoma que nos hiciera controlar la temperatura de nuestra hija.

No se sabe porqué algunos niños tienen convulsiones febriles y otros no, pero desde luego la primera vez que ocurre suele ser traumática para los padres si no saben lo que le está pasando a su hijo.

Es importante saber que no producen daño alguno al niño ni afectan su desarrollo, que le ocurre a entre 3 o 4 niños de cada 100 entre los 6 meses y 5 años de vida y que muy pocos niños tienen mas de 3 convulsiones febriles en su vida.

Ahora ya sabemos lo que es y lo que hay que hacer si llegara a repetirse:

- Acostarlo de lado para que no se ahogue, en la cama o en el suelo

- Aflojar las prendas de vestir ajustadas y si es posible, abrir o retirar la ropa de la cintura para arriba

- No intentar meter nada en su boca

- Administrar un antitérmico por vía rectal

- Esperar a que pase y llevar al niño al servicio de urgencias

- Si pasan mas de 10 minutos o parece que no respira bien, llamar a una ambulancia para que lo lleve a un hospital

Ahora sabemos que lo fundamental es mantener la calma, aunque suele ser difícil para aquellos que no han tenido esta experiencia por lo que espero que este relato sirva a más padres para identificar lo que le puede pasar a sus hijos o los incite a averiguar un poco sobre el tema y si tuvieran la mala suerte de que su hijo es de ese pequeño porcentaje de niños que tendrán alguna convulsión febril en su vida, sepan lo que hay que hacer o no vivan los momentos aterradores que vivimos mi esposo y yo, principalmente por desconocimiento de la causa.

analz / Barcelona

Anímate a compartir experiencias o información útil que sirva a otras personas y además obtendrás puntos para utilizar en Creciclando. Escríbenos a blog@creciclando.com

Los celos: ¿un mal necesario?

 

 

Cuando nació mi hermana yo tenía 5 años. Cuentan que durante el embarazo castigué a mis padres con somatizaciones varias. Me sentaba a la mesa y, en lugar de comer, suspiraba profundamente (“¡Aaaaaay!”) y, cuando la tripa de mi madre se hizo más que evidente, tuve, sin ningún otro síntoma, una fiebre de 40º que el pediatra, en lugar de achacar a un virus sin nombre, atribuyó a los celos.

Unos de mis primeros recuerdos es en la maternidad, yendo a visitar a mi nueva hermanita. Dicen que no dejaba de repetir: “¡Qué suerte hemos tenido!”, para disimular mis sentimientos más profundos. Pero a esa edad una no sabe mantener la guardia siempre alta, y cuando me preguntaron qué nombre le poníamos a la “advenediza”, yo contesté de lo más complaciente: “Pera, manzana”.  Como mis padres no tuvieron a bien devolver a la recién llegada y quedarse solo conmigo, me imagino que mi mente infantil buscó la solución perfecta. Creo que es el sueño más antiguo del que tengo noción y en él, “lamentablemente”, un payaso se llevaba a mi hermana ante el disgusto generalizado y mi secreto alivio. Supongo que a mis padres se les pasaría por la cabeza pensar qué tipo de monstruo estaban criando, pero como me di por vencida y acepté la ocupación, logramos establecer cierto clima de paz familiar.

Con estos antecedentes, no me extraña nada que estos hijos míos sean de lo más celoso. Se llevan exactamente tres años, y los dos han manifestado, manifiestan y, me temo, que manifestarán celos por el otro.

Cuando nació Teo, le “trajo” a su hermana una guitarra y una caja de lenguas de gato. Vamos, para empezar la relación de buen rollo. Pero Ada tardó poco en olvidar el detalle. Descargaba su “bulle-bulle” interior recitando una cancioncilla que se había inventado: “Tariroriro”, que iba acompañada de percusión: naturalmente sobre la cabeza de su hermano. Afortunadamente, las cosas nunca fueron a más y se quedaron en la nueva misión que dio a su existencia: molestar a ése que había venido para quedarse. Con el tiempo, y como las féminas maduramos mucho antes, ha ido adquiriendo el rol de hermana mayor protectora, consejera, reprendedora, corregidora… Pero sigue siendo una niña… y en el fondo celosa, como buena hija de su madre, que soy yo. Así que muy sutilmente todavía hace rabiar a su hermano cuando él consigue algún logro o cuando concita nuestra atención una milésima de segundo más que ella.

Teo, por supuesto, no se queda atrás. Para cruzar la calle, ha de hacerlo de la misma mano que Ada (“es que a mí me gusta más la derecha”); a la hora de recibir un elogio hay que tener en cuenta cada músculo facial (“pon la misma cara que cuando le has dicho a Ada que la querías”); y viendo los dibujos animados, cada fotograma cuenta (“es que si voy al baño, Ada va a ver más tele que yo”)…

Y eso que no es consciente de que su hermana ha disfrutado de tres años de exclusividad.  Ni de que, como pasa con la mayoría de “segundos”, tiene la mitad de la mitad (de la mitad) de fotos de cuando era bebé. Ni de algunas otras cosas que en un adulto justificarían cierto malestar y/o recurrir a técnicas de vudú. Siempre ponemos el mismo ejemplo: “¿Cómo te sentirías si, de repente, apareciera otra persona con la que tuvieras que compartir a tu pareja?”. Pero, a pesar del escalofrío (o del alivio, según qué casos) que nos provoca este pensamiento, en el fondo, creo que no somos conscientes de lo que supone para un niño competir por el amor de sus padres.

No obstante, a veces me pregunto si, por evitarles tragos como éste de los celos, los protegemos demasiado. En casa, cuando es el cumpleaños de Teo, Ada recibe un regalito también como “ayudante de cumpleaños”, y cuando nos ha visitado el Ratón Pérez para llevarse un diente de ella, el pobre roedor viene cargado también para Teo (¡eso es explotación animal!). Vamos, que tenemos más ayudantes sin cargo que en un Ministerio. En mi casa, cuando yo era niña no se actuaba así. El protagonista era sólo uno y no había más contemplaciones para los demás. Pero con esto de que no se nos frustren, tal vez los padres de ahora les impedimos enfrentarse a sus propios sentimientos.

No sé si mis padres mediaron entre mi hermana y yo, pero el asunto se resolvió bien, y no necesité sesiones de electroshock. Mis hijos tampoco las necesitarán, a pesar de que, por ahora, escruten milimétricamente lo que hace el otro para reclamar exactamente la misma dosis de…  lo que sea. Que aquí lo que cuenta es hacerse notar y la simetría más perfecta.

Mientras escribo esto, Ada se me acerca por detrás y me pregunta entre dientes por qué “ahí” pone Teo y no su nombre. Si ya sospechaba yo que los celos eran algo muy, pero que muy pasajero.

Terry Gragera

La Teta

Veo a mi sobrina Alba, que tiene un año y medio, agarrarse a la teta de su madre con un deleite difícil de cuantificar. Sentada en su trona, la coge con las dos manos y, riéndose de medio lado, saborea lo que para ella es un manjar inigualable. Contemplar a un niño ya “mayor” tomando el pecho es un espectáculo en toda la dimensión de la palabra, si no, que se lo pregunten a mi suegra…

Que tu nuera decida dar el pecho a su hija mayor 2 años y medio, puede pasar por una enajenación mental transitoria, propia de su inmadurez de primeriza. Pero que repita con su segundo hijo hasta los 3 años es una osadía de pronóstico reservado. Y eso, exactamente, es lo que hice yo. Y lo que volvería a hacer.

Dar el pecho a mis hijos, y darlo tanto tiempo, es una de las experiencias que más me han gratificado en mi vida. Pero, salvo por la complicidad con otras madres “raras” como yo, debo confesar que es una opción que te escora en la sociedad.

“Pero ¿hasta cuándo le vas a dar?”, “Pero ¿todavía tienes leche?”, “Pero si ya no le alimenta”, “Pero si tu leche es agua”, “Pero ¿va a seguir mamando cuando vaya a la Mili?”… Nótese que todas estas amables observaciones comienzan con un “pero”, y es que nos encanta opinar, juzgar, objetar y dirigir, especialmente si hablamos de la lactancia ajena. Y, lo que es peor, la mayoría de las veces, sin conocimiento de causa.

Durante esos casi 6 años en los que estuve dando el pecho a mis hijos me convertí en embajadora de la OMS (la Organización Mundial de la Salud). Yo y mi OMS, unidas para siempre. Porque, en lugar de soltar, respectivamente: “Oh, cielos, ¡cómo he podido decidir cuánto tiempo quería darle el pecho a mis hijos sin consultarte primero!” o “Claro que tengo leche, y de la buena, no como otras”, o “¿A qué perfil nutricional nos estamos refiriendo cuando dices que no le alimenta: al lipídico, al metabólico…?” o “ Sí, mi leche es agua y, además, está ácida y contaminada y erosiona el estómago, pero ya sabes que los niños son de hierro”, o “Es que me han dicho que si sigo dándole el pecho, aunque vuelva la mili él se libraría“… Pues eso, que en vez de contestar estas lindezas, que más de una vez hubiera pagado por poder decir, recurría a la OMS: “La Organización Mundial de la Salud recomienda dar el pecho hasta los 2 años, o más”. Así, además de quedar como una impertinente sabihonda, lograba zanjar la conversación de inmediato.

¿Por qué nos molestará tanto que los demás tomen caminos distintos al nuestro? Mis hijos se han criado sanos y felices, a pesar de los terribles pronósticos y/o  elocuentes silencios (y es que, a veces, el que calla no otorga, y si no, que se lo vuelvan a preguntar a mi suegra…).

Cumplidos ya los dos años, interrogamos a mi hija Ada acerca de qué le gustaba más: la teta o las chuches, a lo que ella contestó: “Las chuches… La teta sabe a chuche”. Inigualable demostración de diplomacia, que para sí querrían muchos Estados. Su teta ha crecido con ellos proporcionándoles en cada momento lo que necesitaban, como un elixir mágico. Por eso, también Ada proclamaba que estaba “esquesita”, o me regañaba a media noche: “Ota, ooooota”, para que me girara y le diera del otro pecho. Atesoro también mil anécdotas de Teo, porque 3 años y un mes mamando (¡qué condena para algunos!), dan para mucho.

Fue una etapa única que, pese a la gran “preocupación” de casi todos los que nos rodeaban, pudimos vivir, disfrutar y culminar como y cuando quisimos. Creo que los tres la echamos de menos, como ese paraíso perdido que ya no puede volver.

Y, aunque el tiempo me ha dado la razón, y parece que estos hijos míos no padecen ni raquitismo, ni úlcera de estómago ni complejos varios a tratar por eminentes psiquiatras, no he recibido ningún mensaje en otro sentido por parte de todos aquellos que, cuando menos, me negaron el criterio.

Pero no voy a quejarme, está bien eso de ir caminando por la otra orilla de la vida. Muchos te dejan, de entrada, por imposible y si tienes suerte de verdad, uno de ellos puede que sea tu suegra.

Terry Gragera