¡Tenemos deberes!

Lunes, 5.10 h de la tarde. J asoma por la puerta de su clase mochila a la espalda. Y ante mi feliz “Hola, cariño”, contesta un seco “Hola”. No tengo poderes adivinatorios, pero esa cara torcida me anuncia que hoy tenemos demasiados deberes. “Dos problemas de Mates, terminar un esquema de Cono y una redacción para Lengua”, reconoce al fin. Mientras enumera la lista, yo calculo el rato que va a estar sentado en su mesa. Y el rato que yo voy a estar yendo y viniendo de su habitación, contestando dudas y corrigiendo fallos. Pero ¿sabéis qué? Pues que aún tengo suerte, porque conozco casos de niños que no se tiran ni una ni dos horas en su pupitre de casa, sino tres o más. Y todas las tardes.

J tiene tareas razonables, que no le llevan más de 30 o 40 minutos, y como además es de naturaleza nerviosa, nada más cruzar la puerta, se sienta casi sin quitarse el abrigo ante los deberes. “Es que me los quiero quitar de encima pronto para jugar”, asegura. Y a mí me parece estupendo. Porque los niños de ocho años, como J, tendrán que afianzar lo aprendido, pero también –y sobre todo– tienen derecho a desconectar, como hacemos los adultos cuando salimos de la oficina. Y para ellos, desconectar es jugar.

El problema llega con la semana de los exámenes. Sabemos que en esos cinco días el juego no existe. Ni la desconexión. Ni para él ni para sus padres. Porque lo peor es que él no sabe estudiar, y se cansa, y tiene un tiempo limitado de atención, como todos los niños. Y cuando tú ya recitas de memoria –y totalmente agotada– las partes del oído, él sigue situando la pituitaria en la retina, y las papilas gustativas en la pupila. A ti te parece tan obvias… ¡y a él tan extrañas todas esas palabras! que los gritos no tardan en aparecer. Uff, momento de irte a hacer la cena… y confiar en que el sueño reparador haga milagros en sus neuronas. ¡Ah, no!,  si no me acordaba, aún tengo un último recurso. Le he traído un cuento divertidísimo de los sentidos, con dibujos y juegos para aprender lo mismo que hemos estado recitando aburridos toda la tarde. ¿No será este mejor recurso que repetir y repetir lo que ven en clase?

Pero al final me animo. Porque revisando el libro de Cono, he visto que la semana que viene nos tocan los músculos y los huesos, y yo, que sufro de la espalda, pienso que ahora podré decirle a J que tengo una contractura “en las lumbares o el trapecio” –y no la imperdonable imprecisión de “estoy malita de la espalda”– y cuando él se mire al espejo, ya no me preguntará si tiene “acdominales, como su ídolo Ronaldo”; dirá con exactitud “abdominales”… aunque he de reconocer que echaré de menos ese impronunciable “ac” que me producía tanta ternura.

Marta Castro / Madrid

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