De virus, escapadas y culpas

En mi familia nos organizamos de maravilla. La comunicación verbal, no verbal y extrasensorial entre padres e hijos es perfecta. Vamos, que es disponer una salida con amigos, y no hay vez que no se nos ponga un niño malo. Acción-reacción, así de fácil. Pueden ser quedadas de mayores y pequeños, o solo de adultos, como la que teníamos el sábado por la noche para celebrar el 40 cumpleaños de una amiga; da igual, el caso es que mis hijos saben que, en cualquier caso, deben enfermar para sumirnos a su padre y a mí en un mar de dudas:

  • ¿Vamos y no decimos que está malo? Y si los demás niños se contagian, pues mala suerte; total, con la de bacterias que hay en el colegio. “Hoy por ti, mañana por mí”, “la amistad es eso: dar y recibir (virus)”, “amigos para siempre, la, lolailo, la, la, la…”
  • Me quedo cuidándolo y maldigo el momento en que adquirí mi compromiso “ad eternum” como madre; como unos votos que proclamaran “en la salud y en la enfermedad todos los días (en que quedemos con amigos) de mi vida”.
  • Busco una canguro para que esté con ellos mientras a mí se me atraganta la cena que no paladeo sino engullo (“lo mío no es hambre, es ansiedad”), a la vez que miro cada 2,8 segundos exactamente el móvil que me he puesto en el bolsillo del vestido, a riesgo de que dibuje una cartuchera que yo, por supuesto, no tengo.

Pero lo peor de todo es ese sentimiento de culpa más difícil de eliminar que el chapapote del Prestige. Y es que ser madre (o padre) conlleva sumirse en un estado de emociones encontradas que a veces agota. Tal vez sea una protección natural hacia la especie la que nos impide ser egoístas con nuestra propia prole. Porque ¿quién puede disfrutar realmente de una fiesta sabiendo que su niño está en casa con el moco colgando en brazos de la cuidadora de turno? Definitivamente, estamos programados para amar, mimar, querer y proteger a nuestros hijos en cualquier circunstancia. Pero, a veces cuesta, claro que sí. Nuestro día a día es un puzzle muy complejo en el que encajamos obligaciones de todo tipo: laborales, personales, familiares, de intendencia… Por eso, de vez en cuando, necesitamos con urgencia un respiro. Y lo necesitamos a pesar de virus (de la gripe, gastrointestinal, sin nombre…), dudas (“¿seré una mala madre por dejarlo?”, ¿Y si se pone peor?”), reproches (“pero ¿cuándo vais a volver?, “¿y por qué no podemos ir nosotros al cumple?”, “¡¡papá!!”).

En fin, que nadie dijo que ser padres resultara fácil. Pero hay cosas que ayudan. Lo bueno que tenemos en mi familia es que planificamos con tiempo las enfermedades para que no nos pillen de sorpresa. Contando con que un niño hasta los 6 años se pone malo entre 6 y 12 veces anualmente, no tenemos más que repartirlas como nos plazca. Así de sencillo: acción-reacción. Basta con organizar una reunión de amigos y ¡lo tenemos!: una enfermedad perfectamente fechada en el calendario. No me digáis que los niños no piensan en nosotros.

Terry Gragera

2 Comments to “De virus, escapadas y culpas”

  1. Mama 2.0 dice:

    Que guai! Yo también quiero el kit planificador de enfermedades ja, ja. No, la verdad es que en casa también pasan cosas de esas. EL viernes pasado mi hijo mayor tenía excursión a ver los bomberos, pues ala, a 39 de fiebre. Hace 15 días hacían una mega quedada de gigantes (que le encantan al + peque): los 4 en cama…
    Si es que somos unos autosaboteadores de planes ;)

  2. Elsa dice:

    Yo tengo 4 hijos, los 4 menores de 6 años, así que mi calendario puede estar tan plagado de enfermedades y virus que venir a mi casa debería estar prohibido por la OMS. ¡Menos mal que las estadísticas no siempre se cumplen! Y ante el dilema yo lo tengo claro: ir a la fiesta y canguro en casa. Eso sí, con el móvil colgado al cuello.

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