Caballito: historia de una mascota

A mi hija le encantan los animales, así que desde que tiene uso de razón nos viene pidiendo insistentemente una mascota. La pobre ha renunciado a perros, gatos, conejos y demás especies con pelo porque su padre es muy alérgico a ellos. Y se ha convencido de que tampoco podemos criar a hamster, ratones y otros “fascinantes” roedores porque a su madre, o sea, a la que suscribe, le dan pánico, lo que ella toma también como un impedimento biológico.

Pero, a pesar de estas limitaciones, no somos tan crueles como para privarla absolutamente de su deseo. Sólo tuvimos que convencerla de que los peces también eran mascotas, aunque no los pudiera tocar, ni alimentar directamente ni interactuar de ninguna manera con ellos. Y coló. Así que por su séptimo cumpleaños le regalamos una pecera donde aleteaban, absolutamente a lo suyo, varios pececillos. Uno de ellos era Caballito, según fue bautizado después.

Durante estos dos años mantener el acuario en condiciones mínimamente salubres y decentes para sus habitantes ha sido un suplicio para el santo de mi marido que ha comprobado de esta forma que hay cosas mucho peores que aguantarme a mí en “esos días tan especiales” de cada mes en los que me “encanta” ser mujer. Y es que parece que los peces sólo necesitan agua y comida, pero no. Cuando no son las algas, son las bacterias, cuando no está el agua turbia, falla el filtro, cuando el filtro se arregla se estropea el sistema de oxigenación… En fin, que poco menos hay que estudiar Ciencias del Mar para tenerlo a punto.

Y eso por no hablar de las bajas que se van produciendo casi irremediablemente. Al principio, no nos dio ningún pudor justificarlas alterando el orden natural de la zoología. “¿Dónde está Tiburonazo, mamá?”, preguntaba Teo, “Pues está hibernando, hijo”. Así, sin ruborizarme. Y es que día sí, día también se nos moría alguno. Muchas veces los hemos apuntalado contra algún arbolillo artificial en la pecera para que pareciera que estaban vivos mientras podíamos ir corriendo a una tienda para comprar uno lo más exacto posible. Pero ahí teníamos la implacable mirada de Ada para detectarlo todo: “¡Qué raro!, si Burbujitas tenía dos líneas de 1,7 milímetros en la aleta dorsal y ahora sólo le miden 1,4 milímetros”. “Bueno, hija, será cuestión del agua, o de la luz de la pecera”… Es que nos pasábamos el día sudando entre carreras para reponerlos y explicaciones para justificar los increíbles cambios morfológicos de nuestras especies. Vamos, que el comandante Cousteau, un aficionado a nuestro lado.

Uno de los peces más longevos era Caballito. En realidad Caballito II, pero este es un secreto que Ada desconoce, así que para ella era el original. “Cualquier día, Caballito nos da un susto, mamá”. Y ese día llegó. El pobre Caballito pasó a mejor vida y ha sido todo un drama. Yo, para consolarla, le decía que iba a ir al Cielo con un santo que cuidaba de los animales, aunque afinar me costó un poco: “Con San Antonio (no), con San Andrés (tampoco), con San Martín (uy, no, que este es el del consuelo-refrán ‘a cada cerdo le llega su San Martín’), con San Francisco de Asís, eso, con San Francisco de Asís, que era amigo de los lobos y de todos los animales…”. Pero Caballito (II) se irá con San Francisco después de tener un sepelio como Dios manda, porque nuestra hija le quiere dar honores de jefe de Estado. Pero no nos importa, eso significa que es sensible, aunque espero que nos deje estar, al menos, con “alivio de luto”.

En estas noches pasadas en las que se ha acordado tanto de su amigo Caballito, le conté mi historia con Periquín. Yo también tuve una mascota: un pájaro al que llamé Periquín. Periquín vivía en una jaula colgada en la terraza de casa, aunque cada mediodía lo metíamos dentro para que no se sofocara con el sol. Todos menos uno en que se nos olvidó. El pobre Periquín debió de perecer de un golpe de calor y se quedó como disecado. Yo tenía 4 años, pero recuerdo como si hubiera sido ayer darme cuenta de repente: “¡Mamá, Periquín!”, y salir a la terraza a por él. Lo metimos bajo un chorro de agua fría y le introdujimos una aspirina infantil en el pico (se admiten interjecciones), pero no revivió, y me acuerdo aún de la impresión que me causó el episodio. Debe de ser cosa de familia esto de las reanimaciones singulares, porque me cuenta mi santo marido que él le hizo la resucitación cardiopulmonar a su hámster  cuando estaba a punto de irse al otro mundo (se vuelven a admitir interjecciones). Y House triunfando en televisión…

Espero que Ada no se traumatice con la desaparición de Caballito (II), al que asegura que siempre llevará en su corazón. Y no lo dudo. Seguro que está en el Cielo de los animales con Periquín, el “aporreado” hamster de mi marido y otros muchos. Y con respecto a nosotros, seguimos purgando con el acuario lleno de otros peces que, vete tú a saber hasta cuándo, decidirán seguir aleteando ajenos por completo a nosotros, sus seguros servidores… o ponerse  a hibernar.

 

Terry Gragera

2 Comments to “Caballito: historia de una mascota”

  1. Estíbaliz dice:

    Gracias por hacer que me haya acostado con una sornisa en los labios.

  2. Carmen dice:

    Me ha encantado esta historia, la web también me parece fantástica, enhorabuena.

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