Adán, Eva y los trogloditas

Mis hijos tienen una afición singular: les encanta mantener conversaciones teológicas. No es que mi santo marido y yo nos prodiguemos en este tipo de temas, al menos públicamente, pero ellos sí, ellos van por libre y se plantean sus propias disquisiciones.

Confieso que hace un tiempo, cuando aún compartían dormitorio, disfrutaba de lo lindo escuchando por la noche tras la puerta unos diálogos tan elevados, aunque sólo fuera en la intención. Sí, lo reconozco, soy de las madres que se esconden para oírlos, pero en mi descargo diré que es un comportamiento totalmente heredado; vamos, que está grabado en mis genes. Mi santa madre es la reina de las escuchas. Era una maestra en fingir coser, tender, ordenar o cualquier otra actividad prescindible en la habitación contigua a la del teléfono. Y, yo, sin quererlo (por supuesto) he salido así…

Teo y Ada son especialmente recurrentes en el tema de la religión; tienen muchas preguntas, inquietudes, reflexiones… que a su padre y a mí (casi) siempre nos ponen en un apuro. Y es que la ecuación niño-dogma de fe es realmente complicada. Recuerdo un día glorioso en que Ada se cuestionaba por qué  San José no era el padre de Jesús. “Pero si están casados, Mamá”. “Ya, hija, pero no es el padre”, “pues no lo entiendo”, “bueno, pero es así. Por cierto… ¿dónde quieres celebrar tu cumple este año?”, “pero, Mamá, ¡si quedan 11 meses!”, “pero en esta vida hay que ser previsores…”, “vale, lo pensamos más adelante, pero explícame lo de San José”… Sinceramente, no sé si habrá podido perdonarme, o estará todavía lamentándose por haberse dedicado a la enseñanza en lugar de ser cajera del Mercadona, pero tuve que acabar la conversación con Ada, diciéndole: “Pregúntaselo a tu catequista”. Los expertos llaman a esto “dejación de funciones de padre”, pero ya me gustaría a mí verlos en mi tesitura…

Está claro que en el mundo infantil las creencias adquieren su propio matiz.   Cuando su hermano tenía 4 años a Ada se le ocurrió hacerle la siguiente pregunta: “Teo, ¿tú crees en Dios?”, a lo que él respondió: “¿Dios qué es?” (sic). Teólogos, agnósticos, ateos y filósofos formulándose la gran cuestión en millones de tratados y mi niño la condensa en tres palabras. A eso le llamo yo economía de medios. Estuvieron hablando un rato sobre el particular hasta que otro asunto, que bien podría ser el helado que se iban a comer al día siguiente, se les cruzó y cambiaron de tercio como si tal cosa. Y es que somos los adultos los que “nos ponemos demasiado trascendentes”, como dice sabiamente mi santo.

Pero, sin lugar a dudas, es el Génesis el episodio bíblico que más concita su sorpresa (la de ambos). Teo repasa: “Entonces, Adán nació del barro y Eva de una costilla suya”, a lo que yo contesto: “Bueno, Teo, es una forma de contarlo”, “Que no, Mamá, que fue así”, “Claro, hijo”, “Pero entonces, ¿nació del barro?” Y tú ya no sabes si decirle que sí, que no o que todo lo contrario… Ada también lo ha examinado al detalle para llegar a la siguiente conclusión: “Mamá, si Adán y Eva fueron los primeros humanos, ¿por qué sabían hablar y no lo hacían cómo los trogloditas, diciendo uh, uh?”. Transpiración abundante por mi parte: “Bueno, hija…”. “Y, además, Mamá, ¿por qué en todos los cuadros del Paraíso salen conejitos y pajaritos? ¿Dónde estaban los dinosaurios, si era la Prehistoria?”. Más transpiración. “Esto, hija, que el otro día no me dijiste donde querías celebrar tu cumpleaños el año que viene”. “¡¡MAMÁ!!”.

Sé que en este aspecto no soy la madre eficiente que me esfuerzo por ser, y encima no cuento con san Google para “soplarme” lo que desconozco y quedar como una reina, pero es que estos hijos míos piensan demasiado. Con lo fácil que sería hablar de Cristiano (Ronaldo) y van y le dan a la teología. Tengo que consultarlo porque algo estamos haciendo mal. Amén.

Terry Gragera

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