Día de la Madre

Ni una plancha, ni una sartén antiadherente, ni un aspirador (¡sin bolsa, oiga!)… Reconozco que tengo la inmensa suerte de ser de esas madres que no han recibido en su Día alguno de estos prácticos “regalos”. Mi hija Ada me hizo un precioso joyero de papel y una poesía y mi hijo Teo… bueno, lo de mi hijo Teo merece un aparte.

En realidad no sé ni llegaré a saber qué me hizo, porque su padre, es decir, mi santo marido, perdió el obsequio en el camino que va del colegio a casa. Ya sé que para una mujer esto resulta impensable, inimaginable, ininteligible, pero sucede. Nosotras podemos ir cargadas con los abrigos, las mochilas, las bufandas, los paraguas, las meriendas, la bolsa de los plátanos que hemos comprado de camino (mira que tienen potasio los plátanos), el balón del niño, los patines de la niña, nuestro bolso, el pan para la cena, la última circular de la profesora, y todo ello, si se tercia, hablando por el móvil y con un hijo a cada mano. Pero ellos no. Creo que es cuestión de estructura mental. Para una madre, hacer tres cosas a la vez es estar relajada. Para un padre… bueno, cuando se produzca, diré lo que supone para un padre.

No obstante, el drama se solucionó bien, porque mi santo es despistado, pero voluntarioso en la misma medida. Así que cuando se dio cuenta del desastre hizo dos cosas: la primera, comprarle a Teo un juguete para purgar su culpa. La segunda, acudir a un Todo a 100 para fabricar a la carrera una manualidad similar. Tengo que decir que la cuchara de palo con pelo rizado y vestido de flores quedó muy lograda. Por supuesto, Teo dejó a su padre con la tarea y se dedicó a jugar con su arco y sus flechas, tras el impacto de la noticia. Para ser honesta, debo decir que, según me cuenta mi santo, éste le duró un nanosegundo, vamos, el tiempo que tardó en echarle el ojo al premio. Mi reino como madre por unas cuantas flechas con ventosa…

Cuando ya acababa el Día de la Madre, Ada me preguntó que cuánto la quería, a lo que yo respondí: “Todo”. Y es que realmente no se me ocurría ninguna forma de hacerle entender la dimensión de mi amor por ellos. Mi hija, que es una amante de lo preciso, me respondió enseguida: “Mamá, eso no es una respuesta concreta. Podrías decir, por ejemplo: ‘No puedo quererte más”. Chitón.

Tal vez haya una fórmula matemática que dé infinito para definir el amor maternal, pero lo que tengo claro es que es una cuenta personal, donde cada madre aporta sus propios sumandos.

Aunque me reviente, me saque de quicio y me haga marcar los primeros números del Teléfono de la Esperanza, no dudo que cuando mi madre, o sea, la abuela de mis hijos, me dice en invierno que les tape bien la boca con la bufanda “para que respiren su propio aire caliente” (sic); no dudo, decía, que está en su sano juicio y que, por este orden, lo hace por amor. Tampoco dudo de que cuando me implora “no cojas peso, como estás tú de la espalda”, sigue estando en sus cabales y también lo dice por amor, a pesar de que yo, nunca, jamás he tenido problema alguno en las lumbares. Y tampoco me planteo internarla en un frenopático cuando me asegura que le debo hacer a los niños “una analítica completa” ante el menor resfriado o cuando sentencia “¡qué sabe la pediatra!” si ésta me dice que la fiebre está provocada por un virus. Es todo producto del amor. De muuuuucho amor.

Me imagino que, con el paso del tiempo, yo también acabaré queriendo a mis hijos de esa manera. Poniéndoles dos platos más postre, vaso de leche y melocotón en almíbar para cenar (“si es que no comen nada estos niños”). Supongo que cuando tengan 30 años continuaré cerrándoles la chaqueta para que no se resfríen. Y sospecho que, en unas décadas, tendrán que hacerme entender que, a determinadas edades, no está bien visto que una madre vaya a hablar con el jefe para que valore a su hijo como merece. En el fondo, es la historia de la vida, que se repite una y otra vez.

Mientras tanto, yo seguiré gozando con las pequeñas cosas que me reinventan en la tarea más compleja y dulce de mi existencia: la de ser mamá. Y abriré el joyero de Ada y se me escapará una lagrimilla de emoción y miraré la muñeca-cuchara de palo y pensaré en lo mañoso que es mi santo marido… Si es que lo tengo que querer, ¿quién si no él me ha dado a Ada y Teo, lo mejor de mi vida?

 

Terry Gragera

Cuadro:  Mª Teresa Ruiz Morcillo

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