Goles y albóndigas de lata

Las tiendas se van llenando de camisetas rojas y amarillas, e incluso en la farmacia he visto un pintacaras (supongo que hipoalergénico) con los colores de la selección española. ¿Y todo esto adónde me lleva? A recordar mis embarazos. Y no precisamente porque se tratara de penaltis ni de goles fuera de juego…

No soy en absoluto futbolera, pero en cuanto las hormonas del embarazo empiezan a adueñarse de mi torrente sanguíneo, me convierto en otra persona, en una poseída que vive nueve meses entre náuseas, mareos, cefaleas, un reposo obligado y, cómo no, la sensibilidad a flor de piel. Esa misma que me hizo vivir los Mundiales de 2002, cuando estaba esperando a Ada, con más pasión que Manolo el del Bombo (¡nunca mejor dicho!).

Me recuerdo delante de la tele viviendo cada gol, cada remate, cada parada, cada regate… como si me fuera la vida en ello, y, lo peor de todo, con lágrimas en los ojos. Sí, yo, la que no sabe (apenas) de qué se acusa a Mourinho, LLORABA con los goles de España y, tengo que confesar algo muy grave, incluso cuando eran de penalti.

No fue éste el único incidente a borrar de mi (ejem) intachable biografía. Estos días también he podido recordar cómo me pasé una noche entera insomne e hipando del llanto después de ver en televisión la gala de un reality denominado “Popstar” (Popstaaaaaar, todo por un sueñoooo… decía la canción). Algún dramón debió de acontecer para dejarme casi deshidratada. Pero, además, ni corta ni perezosa, a la mañana siguiente le reproché a mi santo marido que no se hubiera percatado de mi estado (¡¡y eso que había visto el programa conmigo!!, pero ¿¿¿cómo era tan insensible???). Y él todavía me consolaba…

Mi santo puede dar fe de cómo variaban mis gustos culinarios durante esos nueve meses. Tenía dos platos estrella. Uno eran los huevos fritos con patatas (y aviso de que esto puede herir la sensibilidad: siempre después de vomitar). Agarrarme a la tapa del WC y pedir a la vez huevos fritos era todo uno: “Quiero, arggggg, huevos, argggg, fritos, arggg, con patatas”. Debía de ser una estampa para imprimir a sangre y fuego en la retina. Y ese hombre sigue conmigo…

Pero tal vez mi otra comida favorita era más impactante aún. Durante el embarazo de Teo me dio por comer albóndigas… ¡¡¡de lata!!! Sí, cuanto más perrunas eran, más las disfrutaba, y suplicaba (bueno, exigía): “Yo quiero albóndigas de lata, quiero albóndigas de lata”, mientras que ese imponderado hombre corría a la gasolinera más cercana en busca del envase con aspecto más horripilante.

Debo decir en mi descarga, que no las he vuelto a probar (al igual que los berberechos, con los que me indigesté también en pleno embarazo), pero sigo siendo amante de los huevos fritos (a ser posible con puntillitas).

Imagino que después de este relato a nadie se le escapa por qué nos hemos quedado sin ser familia numerosa. Creo que ni a mi santo ni a mí nos apetece volver a convivir con ese alien en el que me convierto. Menos mal que mis niños son lo más amoroso de este mundo, y que cuando nacieron no se llevaba eso de denunciar a los padres, que si no, seguro que me hubieran caído varias demandas por maltrato gastronómico.

Terry Gragera

 

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