Ese día llegó

 

Y ese día llegó. El momento terrible, temido, inquietante, sobrecogedor en que la niña de los ojos de su padre le dice: “Papá, este verano ya me voy a poner la parte de arriba del bikini”. ¡Ay!, qué puñalada, qué golpe: la peque se hace mayor. Y eso es justamente lo que le está pasando a Ada. A sus 9 años (y medio), el pudor ha venido a visitarla, y ha decidido cubrir “sus partes privadas”, como las llama ella. Y ahí está, innecesariamente, con sus dos piezas, mientras nos parece que fue ayer cuando comenzaba a gatear por el césped de la piscina…

Pero el verdadero protagonista de la historia es su pobre padre, que asiste enmudecido a esta metamorfosis del gusano de seda en mariposa. Ada se encamina a pasos firmes hacia la adolescencia. Por eso a ratos dice que se encuentra rara, o que quiere estar bien y no puede. “Las hormonas”, le digo, “que están cambiando tu cuerpo poco a poco”. Y entonces mi (ex santo) marido resopla. Resopla porque no puede ni imaginar lo que será nuestra casa cuando las corrientes hormonales de madre e hija hagan fuerza contra los demás habitantes de la casa, para más datos, dos hombres, que suelen dejarse la tapa del WC levantada, lo que en determinados días del mes puede convertirse en un asunto de Estado.

Y resopla, también, ante el inevitable paso del tiempo imaginando que su niña empezará a cumplir con esas etapas que todos hemos vivido, pero que a él ahora le hacen sudar. “Tú hazte monjita, hija; tú monjita”, masculla de vez en cuando intentando hacer creer que es una broma. Pero no, yo sé que no. Que daría lo que fuera por parar el tiempo y, sobre todo, y aunque suene taaaan antiguo y taaaan machista, porque nadie del sexo opuesto se acercase a su hija con las mismas intenciones que tenía él a esa edad.

Y es tanto su desasosiego que si viviéramos en Estados Unidos tal vez se haría socio de la Liga de Amigos de las Armas de Charlton Heston (eso sí, versión fogeo), al menos para asustar a más de un moscón.

Dicen que los que fueron muy ligones en su juventud se convierten en sufridores padres con sus hijas. Yo, por supuesto, no quiero ni pensarlo, y mantengo que ésta es la excepción, porque entonces la que le daría al fogeo sería yo. Que eso de pensar, que aún cuando no me conocía, mi (ex santo) marido miró a otras, puede conmigo. Pasional (que no exagerada-celosa-excesiva-neurótica) que es una…

Así que nuestra pequeña ya usa parte de arriba del bikini por decisión propia. Y si miro atrás, estos 9 años (y medio) han pasado tan rápido que podría comprimirlos en solo unos pocos segundos. A partir de ahora comienza una nueva etapa y, por ello, a mí me toca renovar el botiquín casero: antiácidos, relajantes, ansiolíticos y, lo más importante, antiespasmódicos para mi ex santo y ex ligón marido. Porque le van a hacer mucha falta para soportar cada ocasión en que un pretendiente (bueno, malo, regular o superior) se acerque a su amada niña.

 

Terry Gragera

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