Playas con encanto

Una es imperfecta, como ha quedado acreditado en anteriores post. Y ahora que llega el verano, un año más tengo la tentación de dar rienda suelta a mis defectos, a mi egoísmo, a mi ambición… Y lo que es peor: en contra de mis propios hijos… ¡Lo que yo quiero es veranear en una playa sin gente! Vamos, lo contrario de lo que esperarían dos niños de 6 y 9 años en sus vacaciones.

Reconozco que la muchedumbre (entendiendo ésta por más de cuatro personas) me aturulla y me atormenta. Por eso me gustaría disfrutar de una de esas playas con encanto que glosan las guías de viajes. Un sitio sin ruido ni música, sin pelotas ni palas, sin canoas ni patinetes a pedales… Justo lo que están deseando mis hijos.

Y ahí sale mi yo angelical, ése que dice: “Vas a ser muy feliz viendo disfrutar a tus pequeños. Tú tranquila, que no pasa nada por estar en séptima línea de playa y tener que sortear a más de cien personas para llegar a la orilla”. Pero entonces responde mi yo diablillo: “Pues vaya, después de todo el año trabajando, no vas a tener derecho ni a unos días a tu gusto. Esto es la dictadura de los niños. Que se entretengan como puedan, que están sobreestimulados”.

Y en medio estoy yo, que me quedaré un año más sin esa playa con encanto a favor de un resort de vacaciones donde hay animación de 9 de la mañana a 12 de la noche. Y mis niños encantados, junto a  mi santo, que como dice que servidora es la que manda en casa, asiente a todo lo que yo proponga.

Recuerdo nuestras primeras vacaciones de casados en Menorca. Tras una caminata de una hora llegamos a una cala estupenda, a no ser por la familia que ¡oh, cielos! había conseguido llegar también a ese recóndito lugar. ¿Pero no se suponía que era un duro camino? Pues no, allí estaban la madre, el padre, la abuela, la fiambrera, la sandía, el tinto de verano, la radio (puesta), el niño y la niña. Y ¡ay que niña! No tuvimos más opción que marcharnos al poco rato ante el soniquete machacón de la criaturita, que no dejaba de repetir: “Playa, playa, merde playa”. “Pues, eso, bonita, di que sí, a la piscina del hotel”. Pero no, ahí siguieron con su dinámica de familia mientras nosotros recogíamos espantados nuestras toallas y nuestra diminuta sombrilla dando por terminado el “relajante” día marítimo.

Me imagino que en estos años en alguna ocasión habremos sido nosotros los “espantadores”. Y es que donde hay niños hay gritos, arena, pisada de toallas, salpicaduras de agua… vamos, un plan infernal para toda parejita  que se precie.

Así que, pensándolo bien, y por la salud mental de los que aún no tienen hijos, lo mejor es que las familias nos juntemos entre nosotras en determinados parajes. Que hay que ir a Marina d’Or, pues se va con alegría, que ya lo dice su eslogan: “Ciudad de Vacaciones”. Que hay que ir a Benidorm, pues se va (si no es por no ir) y se bailan Los Pajaritos con Mª Jesús y su Acordeón.

Si es que en el fondo, lo mío es una pose; si ya se me mueven solos los pies pensando en la mini disco de todas las noches: “Boooomba, para bailar esto es una bomba”. Me quejo de vicio; ya tendré tiempo de ir a mi playa con encanto con mis amigos del Imserso.

Terry Gragera

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