¿Y tú qué quieres ser de mayor?

Leía haces unos días unas declaraciones de una aristócrata de las del Hola (vamos, de las de “no me he operado todavía, pero lo haré cuando lo necesite”) comentando que le gustaría que uno de sus hijos fuera mago. No me escuchaba nadie, pero no pude reprimir exclamar en alto: “Ya”. Y no es que la profesión de ilusionista desmerezca a otras, pero me temo que, a no ser que te llames David Copperfield y hagas desaparecer a la Estatua de la Libertad, no da para demasiado buen vivir.

De entrada, todos los padres somos los más abiertos y facilitadores del mundo cuando nuestros retoños comienzan a definirse según empiezan a juntar frases. “¿Y tú qué quieres ser de mayor?”, “futbolista” (“eso, eso, a ver si nos retiras”), o “carnicero” (qué gracioso, este niño”), o médico (“si es que de bueno se pasa; ya me lo dicen en la guardería, que le encanta ayudar a los demás”). Decimos a todo que sí y reímos cualquier gracia porque sabemos que la vida (aún) no está en juego de verdad… Pero el tiempo no para.

Desde que tenía unos 3 años, a Teo le dio por decir que quería ser constructor. No tuvo mal olfato el chico, pero me temo que cuando él acabe sus estudios todavía seguiremos intentando poner un parche al pinchazo de la burbuja inmobiliaria. Reconozco que durante todo este tiempo me ha dado cierto pudor que fuera confesando así, a las claras, sus intenciones. Cierto es que no se refería a la parte más crematística del asunto, sino a las construcciones, tal como las entiende un niño: poner pieza sobre pieza, a ser posible de Lego, para crear todo tipo de estructuras.

Pero él iba y soltaba lo de constructor, cuando ser pocero y tener avión privado eran todo uno. Así que yo sonreía de lado y trataba de explicarme, aunque me temo que siempre llegaba tarde. Por muy rápida que fuera, al final acababa observando en la mirada del que tenía enfrente un asombro consternado, como diciendo: “Vaya valores que le transmiten a sus hijos. Eso: dinero, dinero, que es lo único que importa. Y mira, los niños y los borrachos son los únicos que dicen la verdad…”. Sí, mi hijo quiere ser constructor, entre otras cosas para hacerle una piscina al hospital donde va a trabajar su hermana Ada como médico, qué pasa…

Al menos lo de mi hija no requiere explicación… ¡Qué alivio! Desde muy pequeña alterna su deseo de tratar y curar tanto a personas como a animales (la pobre no sabe todavía lo mucho que estas dos especies llegan a parecerse).

Me gratifica pensar que siempre se ha sentido libre para elegir. Y es que aún es posible encontrar en todo un Salón Internacional del Automóvil de Madrid un espacio dedicado exclusivamente a la mujer. ¿Con coches más ergonómicos para ellas, tal vez? ¿Con la posibilidad de diseñar tapicerías más femeninas? ¿Con un foro de debate acerca de la seguridad al volante, ya que las féminas sufren menos accidentes de tráfico? No, no y nuevamente no. El ladies corner, que así se llamaba la “modernez”, fundamentaba su existencia en enseñar a maquillarse y peinarse a las señoras. “Manolo, tú mira y elige coche, que yo tengo que pintarme el ojo. Total para lo que lo voy a conducir…”.

No me gustó nada comprobar que ciertas cosas se perpetúan en el tiempo, pero yo ya estoy “vacunada”. Ahora pienso en mis hijos, en mi hija, especialmente, y confío en que puedan elegir su camino sin interferencias.

Ahora bien, que a mí no me venga con que quiere ser actriz o cantante o Dj, que lo que yo quiero es que tenga un trabajo estable, con buen horario, un suelo “revisable” y con más de un mes de vacaciones. Si es que estoy por apuntarla ya a las próximas oposiciones…

Terry Gragera

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