Brigada antivicio

Mis hijos reaccionan rápida y ferozmente ante varias circunstancias. Una de ellas son las demostraciones de amor entre su padre y yo. No es que nos dediquemos a la pasión y al frenesí delante de los niños, pero cuando nos abrazamos o simplemente nos damos un casto beso en los labios, surge de inmediato la “brigada antivicio”, como yo la llamo.

Teo y Ada acuden entonces con toda prisa a separarnos, la mayoría de las veces diciendo: “No, no”, entre risas forzadas que quieren disimular lo mucho que les molesta la situación. Y eso que no somos empalagosos ni zalameros; porque a ciertas alturas del camino me temo que los arrumacos en exceso han pasado a mejor vida. Pero, a pesar de ello, ante la mínima expresión de acercamiento surge la alianza de las civilizaciones (entre hermanos) para separarnos cuanto antes, mejor.

Si lo pienso bien, es de las pocas veces en que ambos están de acuerdo de entrada, sin pararse a discutir sobre quién secunda a quién. El objetivo es claro: impedir que papá y mamá se traten “como novios”.

Hace muy poco vivimos una escena de este tipo. Intenté razonar con ellos diciéndoles que era mucho mejor que sus papás se manifestaran amor. “Además, gracias a que nos queremos, estáis vosotros aquí”. “Sí”, contestó Ada, “pero como ya hemos nacido, se acabó el problema”. Lo que se traduce en: el objetivo fundacional de vuestro baboseo ha perdido su razón de ser. Así que, a otra cosa, mariposa.

Desde muy pequeños, recuerdo que han reaccionado de esta forma; ay, esos celillos marca de la casa. Y la verdad es que no sé cómo interpretarlos. Ni se me ocurre consultarlo con un experto, ya que de un complejo de Edipo sumado a otro de Electra en grados severos no me libra nadie. Así que prefiero pensar que, como las sillas o las mesas, ellos se sienten más seguros cuando las cuatro patas de la familia están al mismo nivel. Sin apartes por nuestro lado.

En estos días se cumplen 20 años desde que mi nunca suficientemente ponderado esposo y yo nos conocimos (sí, nos encontramos muy jóvenes…) y es inevitable hacer balance. ¿Puede una mujer con las neurosis a flor de piel haber hecho feliz a un bendito como él? Espero que sí. Dos décadas, dos hijos y no diré cuántos kilos de más en mi báscula (no por nada, si no son tantos…). En la felicidad de Ada y de Teo él tiene muchísimo que ver, así que le devuelvo con todos los honores y para siempre la condición de santo, a la que añado la de mártir por aguantarme todo este tiempo.

Para los próximos 20 años, y si Corega Ultra y otros gadget seniles que están por llegar nos lo permiten, tendremos que inventar otra forma de achucharnos en público. Porque, entonces, y con los antecedentes que tenemos, serán nuestros nietos los que acudan, raudes y veloces, a ponernos tierra de por medio.

Terry Gragera

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