Darse la vuelta

Supe que esto de ser padre era como una operación integral de estética cuando en la Feria del Libro de Madrid sorprendí a Ray Loriga hablando de sus hijos. Él, un escritor “maldito” a una cerveza pegado, descreído de todo y de todos, comentaba con alguien que se mudaba a una casa en las afueras porque “era mejor para los niños”. Después de aquello, me di cuenta de que no encontraría en el mundo otro motor con más fuerza que la paternidad.

Me ha sucedido igual contemplando cómo celebraban los tricampeones de La Roja su último triunfo. Ni la Copa, ni las autoridades, ni un estadio enloquecido, Fernando Torres y compañía con lo que disfrutaban era con el confeti y la serpentina plateada que sus niños aventaban en el césped. Tengo que confesar que me enterneció la estampa de esos millonarios jugando a las piñatas como si no hubiera pasado nada más. A sus hijos, como a los nuestros, lo que de verdad les emociona son los papelitos, los colores, el envoltorio del regalo…

En carne propia también he vivido lo que supone darse la vuelta ante los deseos de un hijo. Mi encantador marido que, para más señas, pertenece a la Liga Anticorbata, no dudó ni un segundo en preguntarle a nuestra hija si quería que llevase tal “diabólica prenda” el día de su Comunión. (Dejo dicho aquí que en nuestra boda fue sin corbata por expreso deseo suyo, aunque seré honesta y reconoceré que para mí ese detalle era lo de menos, a pesar de que para otros tomara rango de sacrilegio). Pero a lo que iba, que dispuesto estaba el hombre a complacer a su hija, de no ser porque al probarse la corbata ella decidió que estaba mejor con su cara de siempre, y es que es ponerse una y transfigurársele el rostro… Pero eso es algo que tendrán que investigar avezados científicos.

Igualmente, mi santo decidió por sus hijos pasar por alto la promesa de no pisar jamás un centro comercial en periodo crítico. Aunque, en parte, se puede decir, que la cumplió. Porque adentrarse en Navidad en Cortilandia no es pisarlo, exactamente, sino ser pisoteado, arrollado, empujado, y si no hay suerte, hasta desplumado. Pero, ¡qué bonitos que son los muñecos, qué danzas, qué polifonía! Y esa cancioncilla machacona: “Cortilandia, Cortilandia, vamos todos a cantar”… que ya no te abandona en todas las fiestas.

Pues sí, lo hizo, y aunque juró no volver a caer, la pasada Navidad, sin ir más lejos, ahí que incumplió de nuevo. Eso es un padre, sí señor. Que para ser consecuentes con los propios “yo nunca haré…” ya se han tenido unos cuantos años antes. Y es que no hay hombre que se resista a la sonrisa de un hijo.

De las madres no hablo hoy. Y no hablo porque es obvio y evidente que, salvo flagrante desnaturalización, todas le damos la vuelta a la piel según notamos la primera patadita en la tripa. No es que tengamos demasiado mérito, o tal vez sí, pero me temo que estamos programadas para ello. Que no podemos hacer otra cosa que querer y proteger, proteger y querer aún más a nuestros retoños. Por eso somos capaces de pasar por encima de cuatro filas de asientos con tal de que sea nuestro niño el que suba al escenario con su personaje favorito. Y no nos duele mentir si la ocasión lo requiere: “No, si me ha dicho la directora, vamos, ella per-so-nal-men-te, que podía acompañarlo a clase”. O nos dejamos los ojos con tal de que no se frustre, “pues claro que podemos hacer la Torre Eiffel con granos de arroz. ¿Para mañana? Está bien, la empezamos juntos y luego por la noche sigo yo”.

Pero estos excesos son más propios de nosotras. Porque ellos, los padres, se limitan a traicionarse sin alharacas, casi de puntillas, como para pasar inadvertidos. Pero no, que ya está bien de ir a Cortilandia con gorra para que no se os reconozca. Que os tengo fichados a todos. Y, para vuestra tranquilidad, sois más de los que creéis.

 

Terry Gragera

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