Encerrados entre pompas y cancelas (¡Feliz vuelta al cole!)

Mi santo se queja poco (o nada). Pero hay una cita obligada en el año en la que nuestra casa se convierte en el muro de las lamentaciones. Ni la subida del IVA, ni la rebaja de sueldo a los funcionarios, ni los virus, ni los vecinos ruidosos. A este virtuoso varón con el que comparto mi vida sólo lo sufro alterado cada comienzo de curso cuando nos toca, oh, cielos… ¡¡¡forrar los libros!!! Ya días antes se hace el remolón: “¿Pero hay que forrarlos obligatoriamente?”. “Sí, lo han dicho en la reunión”. “¿Pero todos?”, “Sí, todos y cada uno de ellos”. “Pues, vaya, si no sirve para nada, si al final los libros no se utilizan nunca más, si es que no lo entiendo…”.

Y el pobre es que se aflige de verdad. Anoche su desasosiego llegó a tal extremo que al lado del rollo de papel autoadhesivo (ése que carga el diablo) lo vi trasteando con el móvil. Había puesto en marcha el cronómetro de su teléfono y estaba contabilizando lo que le llevaba llenar de pompas cada libro. No sé si su intención era pedir daños y perjuicios al colegio por el tiempo malgastado de su vida o competir consigo mismo para ganarle la partida al dichoso encargo. “4 minutos y 30 segundos”, “3 minutos y 16 segundos; je, je “.

Pero lo importante es que nuestros niños han empezado sus clases con los libros (bien) forrados y con una mochila llena de ese pecadillo venial que son las mentiras piadosas: pero-si-te-lo-vas-a-pasar-genial-ya-verás-qué-bonita-tu-nueva-clase-y-seguro-que-no-te-ponen-tantos-deberes-que-no-que-la-falda-de-lana-no-pica-y-en-el-recreo-no-hace-calor-si-ya-estabas-deseando-ver-a-tus-amigos-y-a-tus-profes-qué-bien-qué-bien-volver-al-cole-qué-bien.

Porque tenemos a nuestros niños medianamente bien educados, que si no era para que nos mandaran a tomar Fanta, como dice el anuncio. Y más con un verano como el que han pasado. Ha habido de todo, incluso un intento institucional de secuestro. Lo desarrollo. La jornada prometía. Mi amigo David nos había convocado a la tarde de las 3 “P”: piraguas, panceta y pacharán.

Allí que nos dirigimos cuatro familias con 10 niños; la mayor, Ada, de 9 años y de ahí para abajo, de todas las edades. El plato fuerte era dar un paseo en piragua por un pantano de Madrid. Confirmé con júbilo que Dios existía cuando nos ofrecieron piraguas de tres ocupantes. Porque una es muy madraza y todo lo que quieras, pero lo de ponerme a remar… Así que mi nunca bien ponderado marido y mis dos hijos, amén de los otros padres, se perdieron en lontananza cual pececillos. Volvieron del safari exprés acuático y, como hacía muy buena tarde, decidimos darnos un baño. Estábamos en una zona recreativa gestionada por la Administración. Como relata la voz en off de los documentales: nada hacía presagiar lo que pasaría después. Una hora más tarde, cuando nos disponíamos, por fin, a dar buena cuenta de la segunda P: esa panceta churruscadita, vino la gran aventura.

¿Quién ha dicho que no se pueden poner puertas al campo? Ese campo las tenía: una verja bien cerrada y candada y ninguna forma de salir de allí, al menos en coche. ¿Y bien? Petición oficial telefónica de rescate y “en una hora se pasará una patrulla por allí”.

Durante esos 60 minutos sucedieron muchas cosas. Conatos de llanto en algún peque, una discoteca móvil improvisada con la radio del coche (que ya quisiera Pocholo M. Bordiú), búsqueda incesante de la llave escondida en algún dintel que en las novelas de aventuras abre, por fin, la puerta… Y muchas, pero que muchas imprecaciones (algunas de ellas con la letra homenajeada en cuestión) a costa de las simpares empleadas que decidieron dejar nuestros coches (y a nosotros y nuestros niños) dentro del recinto sin avisar.

En un momento dado, mi santo y Pedro, otro de los retenidos, plantearon la opción de tumbar la puerta, cual Jackie Chan. Y ahí sí que arreciaron los llantos. “No, que a mi papá lo van a meter en la cárcel por tirar la verja abajo”. “No, papááááááá”. Y, claro, cómo le explicas a unos niños que los malos son los otros aunque seas tú el que comete la fechoría. Para tranquilidad de todos, la patrulla llegó antes de que pudiera consumarse la fuga de Alcatraz y nadie tuvo que entrar en presidio (con p).

Debo decir que, tras el incidente, la panceta ya no nos supo tan bien… Por eso decidimos darnos a la morcilla. ¡Y qué morcilla! Porque eso sí, si una cosa conviene enseñar a los niños, es que nada les debe quitar el apetito, que bastantes penurias trae ya la vida.

Mirad mi santo, que no deja de comer ni cuando llega la temporada del libro (forrado). “Con patatitas”, dice que se traga la delicada tarea de encuadernar la esencia del conocimiento de sus hijos.

Y mientras, Teo, que a sus 6 años no para de darle vueltas a la cabeza, va y nos suelta la primera del curso: “Mamá, ¿qué es el pecado original?”. ¡Ay! voy a por el antiácido, que mi santo me lo agradecerá.

Terry Gragera

@terrygragera

2 Comments to “Encerrados entre pompas y cancelas (¡Feliz vuelta al cole!)”

  1. amaya dice:

    Terry, me identifico con cada una de las letras escritas sobre tu santo y el forramiento de libros. Empecé con dos y me he estancado, me dan terror las burbujitas, sé apoderan de mí. Pero bueno, si él ha podido, yo también. Lo prometo. Con el resto del post, confieso qué me he reído mucho y bien. Gracias por otra gran historia.

    • Terry dice:

      Amaya, muchas gracias por tu comentario. Seguro que acabas haciéndote con las dichosas burbujitas, con o sin la ayuda de tu santo. Me alegra mucho haberte hecho reír. Un fuerte abrazo.

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