Entonces, ¿una noche o dos?

Si fuera visible todo lo que las madres almacenamos en la testa, me temo que luciríamos un peinado a lo Marge Simpson. “Ay, querida, pero eso, ¿es tendencia?, ¿es un must de este otoño?”. Pues no, es mi lista (invisible) de pensamientos. Cada una vamos con nuestra pirámide mental a cuestas y la sufrimos, sí, ésta también, en silencio.

En los últimos días mi cabeza, mi mente, mi cerebro, mi materia gris está a pleno rendimiento en el apartado “soy madre y me siento culpable”. ¿Por qué?

Desde que mi santo y yo cumplimos 10 años de gozoso, armónico, avenido y alborozado matrimonio, tenemos la costumbre de escaparnos un fin de semana al año…¡¡¡¡SOLOS!!! Vamos, sin niños, sin lo que viene siendo: cuándo-llegamos-pero-queda-mucho-me-aburro-no-quiero-andar-más-papá-ada-se-está-riendo-de-mí-mamá-teo-me-ha-puesto-una-cara-fea-esto-no-me-gusta-quiero-irme-a-casa-papáááááá-que-no-quiere-jugar-conmigo-mamááááá-que-no-que-luego-hago-los-deberes… En fin, todas esas historias del día a día por las que no cambiaríamos a nuestros hijos por nada del mundo. (Menos por un viaje en pareja… una vez al año).

Sé que por el rostro de muchos lectores estará corriendo ahora una lagrimilla… de pura envidia insana. Y lo comprendo. Pero que no se lleven a engaño. Esas mismas lágrimas me cuestan a mí los preparativos. A estas alturas en que debería tener más que claros el destino y la fecha, sigo dándole vueltas al tema de si irnos una noche o dos, porque, claro, luego es que “los niños nos echan de menos y lo pasan mal”… Como tan amablemente me expuso de soslayo, como quien no quiere la cosa, mi querida madre. Vamos, que me abrió los ojos de lo que sucedía durante nuestra ausencia (y luego les echó sal, para que fueran sanando).

Como si a mí hubiera que darme motivos para alimentar ese come-come, ese bulle-bulle de si seremos malos padres por el egoísmo de querer darles esquinazo durante 2 o 3 de los 365 días al año. Un 0,9% anual de tiempo “robado”, que para sí quisiera la inflación.

Y no es que durante el viajecito no nos acordemos de nuestros niños. En realidad, parecemos los protagonistas del reality “haga cosas absurdas cuando viaja”. ”Qué bonita la Catedral del Duomo”, “Sí, sí, preciosa, pero que no se te escape ese gato ni el coche deportivo, para luego enseñarles las fotos a los niños”. Nuestros reportajes fotográficos son monotemáticos. Aviso a antropólogos, biólogos e ingenieros: tenemos fotos de absolutamente todos los animalitos, coches y motos que por Europa tienen a bien estar.

Con estos viajes, además, mi concepto de moralidad baja de umbral unos cuentos peldaños. Confieso que compro, soborno y recalifico lo que haga falta a mis hijos para que lo pasen lo mejor posible antes, durante y después.

Nuestras maletas se llenan tanto de cachivaches infantiles y monerías varias a la vuelta, que más de una vez hemos tenido que emular al muñeco de Michelin, poniéndonos un jersey encima de otro, y de otro, para hacer hueco dentro del equipaje.

Hace unos días, y para quitarme el peso de mi (mala) conciencia antes del acontecimiento, le pregunté a Teo: “¿Cómo ves que papá y mamá se vayan un fin de semana solos?”. “Difícil”. Y hasta ahí puedo leer. Y ya me tienes a mí rastreando las cientos de miles de páginas de educación infantil en Internet para interpretar exactamente qué quiere decir un niño de 6 años cuando te ametralla con la palabra “difícil”.

A: Vosotros iros, que ya os lo cobraré yo en psicólogo infantil.

B: Difícil va a ser que veamos en un fin de semana más tele, porque a los abuelos me los meto yo en el bolsillo.

C: Difícil, difícil, ese regate de Ronaldo sí que es difícil.

Sea lo que fuera, este año también me marcharé pensando que estamos escapando vilmente por la puerta de atrás. Eso sí, a un destino antihijos. Y con esto quiero decir que no soporto ir a un sitio en el que intuya o imagine que mis niños hubieran disfrutado lo más mínimo. Porque entonces sí me sentiría como la mala-malísima del cuento. Por eso, en estos viajecillos nos dedicamos a hacer esas cosas que con niños no se puede, como salir del hotel por la mañana y volver por la noche tras 14 horas de intensa pateada por la ciudad. “Uf, qué gusto, qué de ampollas tengo en los pies”. “¿Ves como a estos viajes tenemos que venir solos?”. A esto le llamo yo psicología selfservice.

Pero esto no acaba aquí, porque cuando, ya por fin, mi dedo índice está a punto de darle al botón de “Comprar vuelo”, se me queda paralizada la mano, como una garra de pollo frito. “Pero entonces, ¿una noche o dos?”, vuelvo a preguntarle a mi santo. Y el pobre no dice nada, se rasca la cabeza (¿le estará creciendo tupé interior como a mí?) y suspira mirando al cielo, porque él también me sufre en silencio.

Terry Gragera

@terrygragera

 

8 Comments to “Entonces, ¿una noche o dos?”

  1. Estíbaliz dice:

    ¡Dos noches!, ¡aprieta el botón de dos noches!, Terry Gragera.

    • Terry dice:

      Pues para mí que va a ser una al final, queridísima Estíbaliz. Pero, tranquila, aún puedo cambiar de opinión varias decenas de veces… (¡bendita paciencia que tiene mi santo!).

  2. amaya dice:

    ¡¡¡Dooooooos!!!

    • Terry dice:

      Amaya, muchas gracias por tus ánimos. Si te cuento que hoy he estado pensando en cancelar nuestro tradicional viaje en pareja por otro en familia a Disneyland París. ¡No tengo arreglo!

  3. laura dice:

    Terry,no,cambiarlo x disney no!
    Yo digo otra opción,dos días y una noche.
    ya nos contarás.
    besos!

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