Mamá, ¿la nada existe?

“Mamá, ¿la nada existe?”, me preguntó Teo hace unos días. Así, sin anestesia, y mientras íbamos a hacer la compra semanal al Mercadona. Tengo que confesar que, superado el impulso inicial de contestarle a lo Rafael: “Que sabe nadieeeeeeeee”, su interrogante me hizo cavilar un buen rato.

Tuve que esforzarme por aclararme yo primero. No, no me preguntaba por los agujeros negros, ni siquiera por el Bosón de Higgs, lo cual hubiera sido mucho más sencillo. Mi hijo de 6 años me cuestionaba acerca de un ente de orden ¿físico, metafísico, filosófico? Pero, criatura, ¡si yo soy de letras mixtas!

Vamos, que no tengo nada que ver ni con Parménides, ni con Kant  ni con Hegel. Me temo que soy mucho más mundana y que mis dudas existencialistas, si es que han aparecido alguna vez, no han trascendido más allá del común de los mortales: “La vida es una porquería, etc., etc.”. Lo que se entiende como un típico bajón que se resuelve con una llamada de teléfono a una amiga.

Y con respecto a mi santo, aunque no solemos ir por esos derroteros en las conversaciones de sobremesa (“cariño, estás muy pensativo”, “sí, es que reflexionaba acerca del nuevo ente gnoseológico”, “ay, qué cosas más bonitas me dices…”), puedo aventurar que ha tenido cuatro décadas para planteárselo y no lo ha hecho… todavía.

Pero nunca es tarde. Los hijos están aquí para ponernos en aprietos, para hacer que nos salga humo del cerebro, para enseñarnos el arte del carraspeo y del soplido. En definitiva, para reactivar nuestra vida y nuestra mente.

Hasta que mi niño, mi pequeñín, mi “bebé” me taladró con su pregunta, para mí “la nada” era otra cosa.

 La Nada: sentimiento que te acecha cuando en mitad de una cena tu suegra dice que tus hijos son de constitución delgada como…¡¡Su padre!! ¿Me está llamando gorda? Pero si a mí sólo me sobran unos kilillos de “nada”.

La Nada: sensación que te invade cuando tu hija te dice que prefiere jugar un rato con su papá. “Pero os quiero a los dos igual”. “Gracias, hija”. “De nada”.

La Nada: estado que te posee cuando a las once y media de la noche descubres que aún te quedan unas cuantas tareas por hacer antes de irte a la cama. “Pero si sólo es tender una lavadora, preparar los uniformes y hacer la comida de mañana; son tres cosillas de nada”.

Pues, eso, naderías, menudencias, fruslerías en comparación con los pensamientos de mi hijo. Porque sí, la charla siguió y tuve que argumentarle que por la nada se entendía cuando todo desaparecía. A lo que él respondió sin despeinarse: “Pues entonces si queda la nada ya hay algo” (sic). Y entonces no supe si abrazarlo, parar a la gente por la calle para contárselo, echarme a reír o hartarme de llorar. “Sí, pues entonces será que la nada no existe; mira, mira, qué coche más chulo”, regateé intentando parar la conversación.

Pero sé que la semilla de la duda ha quedado en su interior. Así que estoy pensando muy seriamente matricularme en un curso de alguna ciencia con el suficiente grado de sesudez: Teología, Filosofía, Arte Abstracto, Entrenadora de Fútbol… Yo qué sé. Lo que tengo claro es que no estoy a la altura.

Después de preguntarme por el Pecado Original y por La Nada, ¿cuál será su siguiente entelequia? ¿Veis? Si es que todo se pega; a ver, si no fuera por mi hijo, de qué iba yo a soltar semejante palabra: en-te-le-quia. Y me quedo tan ancha. Por cierto, una cosilla en confianza: ¿pero la nada existe o no?

Terry Gragera

@terrygragera

4 Comments to “Mamá, ¿la nada existe?”

  1. Ana dice:

    Que bueno Terry, me ha encantado y me he reído un montón. Sofía también me está empezando a preguntar algunas cosillas “peliagudas” y me pone en unos aprietos. Si es que tienen unas cosas…

    • Terry dice:

      Sí, Ana, estos niños vienen con mucho aprendido. Y eso que no suelen ver los documentales de La 2. ¿Sabremos estar a la altura? ¡¡Espero que sí!! Un fuerte abrazo.

  2. MARTA dice:

    ¡Pues entonces será que la nada existe!
    Grandioso Teo.

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