Yo quiero ser Vicky Beckham

Yo quiero ser Vicky Beckham, la Spice pija, la posh, esa muñeca de cera reconvertida en humana que nunca pestañea, que no se despeina, que no tuerce el gesto jamás de los jamases. Y no es por el maromo que tiene al lado, que David está bien, no lo niego, pero, después de confesar que sufre manía por el orden, no lo quiero yo en casa dedicándose a organizar las cebollas por capas. Definitivamente, no es cosa de hombres, que con mi santo me basta y, a veces, hasta me sobra. Es cuestión de niños.

Yo quiero tener esa indolencia delante de mis hijos, que no son cuatro como en su caso, sino la mitad. Anhelo poder regañarles sin que se me note; no perder nunca la compostura aun cuando me hayan sacado de quicio; poder decirles: “No” o “estate quieto” o “ven aquí” sin que se me mueva un músculo, sin contraer el rictus, sin contar “a la una, a las dos y a las tres”.

Y es que estoy harta de hacer de ventrílocua a lo José Luis Moreno. Porque odio los numeritos en la calle, pero los niños tienen la costumbre, el vicio o la virtud de mostrar sus habilidades para la desobediencia civil, militar y parental cuando hay público delante. Vamos, que los del 25S, unos aprendices a su lado. Y, claro, luego tú no te puedes poner a explicar a todo el que te vea: “No, si esto en casa no sucede; si a mí me obedecen”, “si los tengo controlados”, “si yo leo sobre psicología infantil”, “si esto no es lo que parece…”.

No es lo que parece, pero mis hijos tienen el don de abochornarme en público de vez en cuando. Y entonces es cuando me transmuto en Rockefeller o en Macario: “Omo uelvas a olestar a u herano, e astigo”. Todo intentando disimular y con una sonrisita de medio lado, para no parecer sobrepasada por la situación.

¡Qué fácil lo tiene la Beckham! Seguro que lanza sus: “Shut up!” en “modo látigo” y le quedan hasta bien, como un signo de distinción, a lo Isabel Preysler engullendo de un bocado un Ferrero Rocher (que para eso hay que valer).

Pero para las madres que no vamos subidas en tacones de 15 cm todo el día, la perspectiva es distinta. Regañamos y se nos nota el enfado a la legua, y volvemos a regañar y lo peor de todo es que muchas veces sin ningún resultado. Y entonces, lo confieso, en mi caso, me lanzo a la desesperada al anuncio de un castigo “cruel”.

Me maravillan los padres que nunca castigan a sus hijos. Porque sí, lo del refuerzo positivo está estupendo y tú quieres seguir esa doctrina y decides, tras leer varios libros sobre ello, que nunca jamás actuarás de modo “punitivo” contra tus hijos, pero cuando el niño se planta y dice “aquí estoy yo”, entonces te entran ganas de empezar el castigo (o la “consecuencia”) pertinente haciéndole copiar mil veces los manuales de marras.

Reconozco que muchas veces, según estoy diciendo: “Como vuelvas a hacer eso, te quedas dos semanas sin tele”, me falta tiempo para ponerme a rezar a San Judas Tadeo, patrón de los imposibles, para que el niño no lo haga, con tal de no tener que aplicar el castigo, con tal de no claudicar, una vez más, delante de él. Porque según está proyectándose a través de mis cuerdas vocales eso de: “Como vuelvas a…”, ya sé, sin ninguna duda, quién es el vencedor.

Pero entonces, ¿qué hacer? ¿Castigos sí o castigos no? ¿Corrección o advertencia? ¿Exhortación o sugerencia? ¿Sermón o admonición? ¿Manicura francesa o uñas de gel? (Ay, no que por un momento me he creído la Beckham…).

¡Cuánto me gustaría pasar por delante de las trastadas de mis hijos como quien camina por la alfombra roja directa a un photocall! Pero creo que llego tarde. Tengo que conformarme con lo que soy: una madre a veces chillona, a veces paciente; a veces malhumorada, a veces divertida; a veces estresada, a veces en estado zen, pero, al menos, siempre cerca de ellos. Es lo que tiene no ser famosa. No posar para los fotógrafos. Y no llevar tacones altos. Que se lo digan a Vicky Beckham, que solo se descompone ante sus mundanos juanetes.

Terry Gragera

@terrygragera

Entonces, ¿una noche o dos?

Si fuera visible todo lo que las madres almacenamos en la testa, me temo que luciríamos un peinado a lo Marge Simpson. “Ay, querida, pero eso, ¿es tendencia?, ¿es un must de este otoño?”. Pues no, es mi lista (invisible) de pensamientos. Cada una vamos con nuestra pirámide mental a cuestas y la sufrimos, sí, ésta también, en silencio.

En los últimos días mi cabeza, mi mente, mi cerebro, mi materia gris está a pleno rendimiento en el apartado “soy madre y me siento culpable”. ¿Por qué?

Desde que mi santo y yo cumplimos 10 años de gozoso, armónico, avenido y alborozado matrimonio, tenemos la costumbre de escaparnos un fin de semana al año…¡¡¡¡SOLOS!!! Vamos, sin niños, sin lo que viene siendo: cuándo-llegamos-pero-queda-mucho-me-aburro-no-quiero-andar-más-papá-ada-se-está-riendo-de-mí-mamá-teo-me-ha-puesto-una-cara-fea-esto-no-me-gusta-quiero-irme-a-casa-papáááááá-que-no-quiere-jugar-conmigo-mamááááá-que-no-que-luego-hago-los-deberes… En fin, todas esas historias del día a día por las que no cambiaríamos a nuestros hijos por nada del mundo. (Menos por un viaje en pareja… una vez al año).

Sé que por el rostro de muchos lectores estará corriendo ahora una lagrimilla… de pura envidia insana. Y lo comprendo. Pero que no se lleven a engaño. Esas mismas lágrimas me cuestan a mí los preparativos. A estas alturas en que debería tener más que claros el destino y la fecha, sigo dándole vueltas al tema de si irnos una noche o dos, porque, claro, luego es que “los niños nos echan de menos y lo pasan mal”… Como tan amablemente me expuso de soslayo, como quien no quiere la cosa, mi querida madre. Vamos, que me abrió los ojos de lo que sucedía durante nuestra ausencia (y luego les echó sal, para que fueran sanando).

Como si a mí hubiera que darme motivos para alimentar ese come-come, ese bulle-bulle de si seremos malos padres por el egoísmo de querer darles esquinazo durante 2 o 3 de los 365 días al año. Un 0,9% anual de tiempo “robado”, que para sí quisiera la inflación.

Y no es que durante el viajecito no nos acordemos de nuestros niños. En realidad, parecemos los protagonistas del reality “haga cosas absurdas cuando viaja”. ”Qué bonita la Catedral del Duomo”, “Sí, sí, preciosa, pero que no se te escape ese gato ni el coche deportivo, para luego enseñarles las fotos a los niños”. Nuestros reportajes fotográficos son monotemáticos. Aviso a antropólogos, biólogos e ingenieros: tenemos fotos de absolutamente todos los animalitos, coches y motos que por Europa tienen a bien estar.

Con estos viajes, además, mi concepto de moralidad baja de umbral unos cuentos peldaños. Confieso que compro, soborno y recalifico lo que haga falta a mis hijos para que lo pasen lo mejor posible antes, durante y después.

Nuestras maletas se llenan tanto de cachivaches infantiles y monerías varias a la vuelta, que más de una vez hemos tenido que emular al muñeco de Michelin, poniéndonos un jersey encima de otro, y de otro, para hacer hueco dentro del equipaje.

Hace unos días, y para quitarme el peso de mi (mala) conciencia antes del acontecimiento, le pregunté a Teo: “¿Cómo ves que papá y mamá se vayan un fin de semana solos?”. “Difícil”. Y hasta ahí puedo leer. Y ya me tienes a mí rastreando las cientos de miles de páginas de educación infantil en Internet para interpretar exactamente qué quiere decir un niño de 6 años cuando te ametralla con la palabra “difícil”.

A: Vosotros iros, que ya os lo cobraré yo en psicólogo infantil.

B: Difícil va a ser que veamos en un fin de semana más tele, porque a los abuelos me los meto yo en el bolsillo.

C: Difícil, difícil, ese regate de Ronaldo sí que es difícil.

Sea lo que fuera, este año también me marcharé pensando que estamos escapando vilmente por la puerta de atrás. Eso sí, a un destino antihijos. Y con esto quiero decir que no soporto ir a un sitio en el que intuya o imagine que mis niños hubieran disfrutado lo más mínimo. Porque entonces sí me sentiría como la mala-malísima del cuento. Por eso, en estos viajecillos nos dedicamos a hacer esas cosas que con niños no se puede, como salir del hotel por la mañana y volver por la noche tras 14 horas de intensa pateada por la ciudad. “Uf, qué gusto, qué de ampollas tengo en los pies”. “¿Ves como a estos viajes tenemos que venir solos?”. A esto le llamo yo psicología selfservice.

Pero esto no acaba aquí, porque cuando, ya por fin, mi dedo índice está a punto de darle al botón de “Comprar vuelo”, se me queda paralizada la mano, como una garra de pollo frito. “Pero entonces, ¿una noche o dos?”, vuelvo a preguntarle a mi santo. Y el pobre no dice nada, se rasca la cabeza (¿le estará creciendo tupé interior como a mí?) y suspira mirando al cielo, porque él también me sufre en silencio.

Terry Gragera

@terrygragera

 

En busca de una presencia verdadera

presencia de los padresHoy, en una reunión en la escuela de mis hijos, su maestra ha sacado un tema que me toca de lleno, tal vez porque soy consciente de su importancia y a la vez porque me siento lejos de conseguirlo. Hablaba de la trascendencia que tiene sobre los niños la PRESENCIA de sus padres, pero la presencia así, con mayúsculas. En muchas ocasiones pasamos la tarde entera con ellos pero en lugar de estar “en eso”, andamos renegando, hartos de estar en el parque, de sus rabietas, peticiones, requerimientos y de atender permanentemente sus necesidades. Estamos con la cabeza puesta en las cien mil cosas que tenemos que hacer hoy, mañana, pasado, en las que hemos dejado de hacer y en las que nunca haremos. Es decir, que hemos estado pero sin ESTAR.

Sus palabras me remueven porque ella, con tantísima experiencia, sabe de lo que habla y porque yo, aprendiz de madre aún, también lo sé. Nuestros hijos no aprenden de lo que les decimos, sino de lo que hacemos y diría más, aprenden lo que somos. Si no somos capaces de conectar con el presente y disfrutarlo o sufrirlo pero VIVIRLO, entonces ¿dónde estamos? ¿qué es lo que percibe el niño?

He de confesar que esta responsabilidad sobre lo que trasmitimos a nuestros hijos me ha llegado a abrumar en muchas ocasiones, porque ya no vale con “poner cara de” o “parecer que”, ellos ven más allá de todo eso. Ahora, sin embargo, me perdono más en este sentido y veo la maternidad como una oportunidad de ser mejor persona a través de ellos, como un aprendizaje mutuo, tan lleno de amor, que todo lo salva.

Al hablar de este tema he recordado un artículo que leí hace poco en el blog de Simplicity Parenting. Lo escribe Rayna St. Pierre, una madre que se considera aún inexperta en la materia pero que se atreve, según sus palabras, a dar algunas recomendaciones basadas en sus más de 10 años de experiencia como profesora de secundaria en diferentes institutos de Nueva York.

“Desde el 2000 he tenido la oportunidad de observar y llegar a conocer a más de mil estudiantes y varios cientos de padres y madres. He hablado con los chicos en clase, después de clase, durante las comidas. He escuchado a los padres contarme, llorar e incluso gritar en una sala, a través del teléfono o del email… Y lo que he descubierto es que, independientemente del nivel económico – urbano, suburbano o rural – los niños a menudo exteriorizan o se inclinan por comportamientos perjudiciales cuando sienten la necesidad de una atención plena por parte de sus padres“.

Es así tanto si tu hijo tiene 7 años como 17” dice Rayna. También se mantiene en cualquier clase social, en los barrios marginales y en las zonas residenciales de casas millonarias. De hecho fue en una de estas zonas de clase alta donde un chaval considerado problemático le dijo algo que realmente se quedó grabado en ella: “Mis padres no me quieren; quieren a sus trabajos”. Rayna habló con los padres aún sabiendo de antemano que tal cosa no era cierta, pero esa es la cuestión: no tiene que ver con si es verdad o no, sino con lo que el hijo percibe, con su realidad.

A través de su propia experiencia ha comprobado una y otra vez la relación directa que existe entre una atención mental plena por su parte y un buen comportamiento por parte de sus hijos. “Cuando me tomo la molestia de sentarme, de mirar a mi hijo a los ojos y escuchar realmente lo que me está diciendo, él actúa después en consecuencia. La frustración de no tener la atención que necesita se expresa en llantos, rabia, y después de muchos intentos en un “oye, ¡escucha! Eres la persona más importante en mi vida y quiero compartir contigo lo que me está pasando”

“Por supuesto que los niños tienen que aprender a esperar o saber entretenerse solos mientras mamá o papá están haciendo algo. Pero tenemos que ser plenamente conscientes de nuestro papel, que somos la mayor influencia en sus vidas, el verdadero sol alrededor del cual se mueve su planeta.

La regla general para una atención plena es: calidad sobre cantidad, pero la cantidad también importa.

Rayna finalmente nos deja unos consejos concretos para facilitar la conexión:

“1- Entra en el mundo de tu hijo mientras te habla. La mayor parte del tiempo nuestros hijos estás escuchándonos a nosotros, nuestras órdenes, nuestras explicaciones, nuestras recomendaciones. Dedica un tiempo cada día a escuchar lo que realmente le interesa a tu hijo, independientemente de si te interesa a ti o no.

2- Hazle preguntas que demuestren que estás interesado. “¿Cómo funciona tu superpoder?, “¿Cómo has sido capaz de hacer esa forma con la arcilla?” o cualquier otra pregunta que se centre en el niño y que le muestren que lo que dice tiene un valor para ti.

3 – Escucha con tus ojos además de con tus oídos. Conecta visualmente. Deja a un lado el libro o la revista. Deja de mirar la pantalla del ordenador. Imagínate, por un momento, que estás hablando con un amigo, un adulto, y trata de otorgarle a tu pequeño la misma cortesía: una verdadera atención.

4 - Termina el día con un momento de escucha. Si el único momento tranquilo que tienes es la hora de ir a la cama, saca provecho de la ocasión. A veces, cuando he tenido un día muy atareado, me gusta sentarme en el borde de la cama de mi hijo y simplemente escuchar. Todo parece que sale a flote por la noche. Los niños no se quieren dormir por nada del mundo. Pero ¡pon un límite!, si no, te convertirás en el mejor modo de retrasar el momento de dormir.

5 – Utiliza los tiempos muertos para convertirlos en tiempos de escucha. Me encanta escuchar la radio mientras conduzco por eso me resulta duro apagarla cuando llevo a los niños en el coche. Aún así, lo he convertido en una regla cuando recojo a mi hijo mayor del colegio. Tiene un montón de novedades que contarme y, en los dos minutos que tardamos en llegar a casa, me pone al corriente de muchas cosas. Cuando estás bañando a tu hijo, esperando en una cola, en un restaurante, aprovecha esos ratos y entabla una conversación de verdad. Siempre merece la pena.”

Lo seguiremos intentando y ¡claro que sí!, merece la pena.

Elsa. Madrid

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El último día de verano

Esta noche, como todas las noches, les he leído un cuento a mis hijos. Más bien no, porque el cuento no tiene texto, así que lo que hemos hecho ha sido verlo en silencio, sentirlo. Los niños van diciendo cosas que las imágenes les sugieren. Me gustan los cuentos sin palabras.

“El último día de verano” de Cristina Pérez Navarro (Ed. Anaya) cayó en mis manos hace tiempo, antes de ser madre.

Hoy lo hemos saboreado todos juntos. Ha sido una buena elección, hoy que todavía estamos reajustando el cuerpo a la vuelta al cole y con muchas experiencias del verano aún sin digerir. Momentos únicos que se recuerdan toda la vida, … encuentros y despedidas, … libertad.

 

Al final del cuento hay unas pocas palabras y termina con una cita que entiendo hoy mejor que nunca:

“Ninguna criatura puede aprender lo que no cabe en la forma de su corazón”.

 

Feliz fin del verano para todos.

Elsa. Madrid 

 

En Creciclando puedes encontrar un montón de libros y cuentos para tus hijos.

Encerrados entre pompas y cancelas (¡Feliz vuelta al cole!)

Mi santo se queja poco (o nada). Pero hay una cita obligada en el año en la que nuestra casa se convierte en el muro de las lamentaciones. Ni la subida del IVA, ni la rebaja de sueldo a los funcionarios, ni los virus, ni los vecinos ruidosos. A este virtuoso varón con el que comparto mi vida sólo lo sufro alterado cada comienzo de curso cuando nos toca, oh, cielos… ¡¡¡forrar los libros!!! Ya días antes se hace el remolón: “¿Pero hay que forrarlos obligatoriamente?”. “Sí, lo han dicho en la reunión”. “¿Pero todos?”, “Sí, todos y cada uno de ellos”. “Pues, vaya, si no sirve para nada, si al final los libros no se utilizan nunca más, si es que no lo entiendo…”.

Y el pobre es que se aflige de verdad. Anoche su desasosiego llegó a tal extremo que al lado del rollo de papel autoadhesivo (ése que carga el diablo) lo vi trasteando con el móvil. Había puesto en marcha el cronómetro de su teléfono y estaba contabilizando lo que le llevaba llenar de pompas cada libro. No sé si su intención era pedir daños y perjuicios al colegio por el tiempo malgastado de su vida o competir consigo mismo para ganarle la partida al dichoso encargo. “4 minutos y 30 segundos”, “3 minutos y 16 segundos; je, je “.

Pero lo importante es que nuestros niños han empezado sus clases con los libros (bien) forrados y con una mochila llena de ese pecadillo venial que son las mentiras piadosas: pero-si-te-lo-vas-a-pasar-genial-ya-verás-qué-bonita-tu-nueva-clase-y-seguro-que-no-te-ponen-tantos-deberes-que-no-que-la-falda-de-lana-no-pica-y-en-el-recreo-no-hace-calor-si-ya-estabas-deseando-ver-a-tus-amigos-y-a-tus-profes-qué-bien-qué-bien-volver-al-cole-qué-bien.

Porque tenemos a nuestros niños medianamente bien educados, que si no era para que nos mandaran a tomar Fanta, como dice el anuncio. Y más con un verano como el que han pasado. Ha habido de todo, incluso un intento institucional de secuestro. Lo desarrollo. La jornada prometía. Mi amigo David nos había convocado a la tarde de las 3 “P”: piraguas, panceta y pacharán.

Allí que nos dirigimos cuatro familias con 10 niños; la mayor, Ada, de 9 años y de ahí para abajo, de todas las edades. El plato fuerte era dar un paseo en piragua por un pantano de Madrid. Confirmé con júbilo que Dios existía cuando nos ofrecieron piraguas de tres ocupantes. Porque una es muy madraza y todo lo que quieras, pero lo de ponerme a remar… Así que mi nunca bien ponderado marido y mis dos hijos, amén de los otros padres, se perdieron en lontananza cual pececillos. Volvieron del safari exprés acuático y, como hacía muy buena tarde, decidimos darnos un baño. Estábamos en una zona recreativa gestionada por la Administración. Como relata la voz en off de los documentales: nada hacía presagiar lo que pasaría después. Una hora más tarde, cuando nos disponíamos, por fin, a dar buena cuenta de la segunda P: esa panceta churruscadita, vino la gran aventura.

¿Quién ha dicho que no se pueden poner puertas al campo? Ese campo las tenía: una verja bien cerrada y candada y ninguna forma de salir de allí, al menos en coche. ¿Y bien? Petición oficial telefónica de rescate y “en una hora se pasará una patrulla por allí”.

Durante esos 60 minutos sucedieron muchas cosas. Conatos de llanto en algún peque, una discoteca móvil improvisada con la radio del coche (que ya quisiera Pocholo M. Bordiú), búsqueda incesante de la llave escondida en algún dintel que en las novelas de aventuras abre, por fin, la puerta… Y muchas, pero que muchas imprecaciones (algunas de ellas con la letra homenajeada en cuestión) a costa de las simpares empleadas que decidieron dejar nuestros coches (y a nosotros y nuestros niños) dentro del recinto sin avisar.

En un momento dado, mi santo y Pedro, otro de los retenidos, plantearon la opción de tumbar la puerta, cual Jackie Chan. Y ahí sí que arreciaron los llantos. “No, que a mi papá lo van a meter en la cárcel por tirar la verja abajo”. “No, papááááááá”. Y, claro, cómo le explicas a unos niños que los malos son los otros aunque seas tú el que comete la fechoría. Para tranquilidad de todos, la patrulla llegó antes de que pudiera consumarse la fuga de Alcatraz y nadie tuvo que entrar en presidio (con p).

Debo decir que, tras el incidente, la panceta ya no nos supo tan bien… Por eso decidimos darnos a la morcilla. ¡Y qué morcilla! Porque eso sí, si una cosa conviene enseñar a los niños, es que nada les debe quitar el apetito, que bastantes penurias trae ya la vida.

Mirad mi santo, que no deja de comer ni cuando llega la temporada del libro (forrado). “Con patatitas”, dice que se traga la delicada tarea de encuadernar la esencia del conocimiento de sus hijos.

Y mientras, Teo, que a sus 6 años no para de darle vueltas a la cabeza, va y nos suelta la primera del curso: “Mamá, ¿qué es el pecado original?”. ¡Ay! voy a por el antiácido, que mi santo me lo agradecerá.

Terry Gragera

@terrygragera

Darse la vuelta

Supe que esto de ser padre era como una operación integral de estética cuando en la Feria del Libro de Madrid sorprendí a Ray Loriga hablando de sus hijos. Él, un escritor “maldito” a una cerveza pegado, descreído de todo y de todos, comentaba con alguien que se mudaba a una casa en las afueras porque “era mejor para los niños”. Después de aquello, me di cuenta de que no encontraría en el mundo otro motor con más fuerza que la paternidad.

Me ha sucedido igual contemplando cómo celebraban los tricampeones de La Roja su último triunfo. Ni la Copa, ni las autoridades, ni un estadio enloquecido, Fernando Torres y compañía con lo que disfrutaban era con el confeti y la serpentina plateada que sus niños aventaban en el césped. Tengo que confesar que me enterneció la estampa de esos millonarios jugando a las piñatas como si no hubiera pasado nada más. A sus hijos, como a los nuestros, lo que de verdad les emociona son los papelitos, los colores, el envoltorio del regalo…

En carne propia también he vivido lo que supone darse la vuelta ante los deseos de un hijo. Mi encantador marido que, para más señas, pertenece a la Liga Anticorbata, no dudó ni un segundo en preguntarle a nuestra hija si quería que llevase tal “diabólica prenda” el día de su Comunión. (Dejo dicho aquí que en nuestra boda fue sin corbata por expreso deseo suyo, aunque seré honesta y reconoceré que para mí ese detalle era lo de menos, a pesar de que para otros tomara rango de sacrilegio). Pero a lo que iba, que dispuesto estaba el hombre a complacer a su hija, de no ser porque al probarse la corbata ella decidió que estaba mejor con su cara de siempre, y es que es ponerse una y transfigurársele el rostro… Pero eso es algo que tendrán que investigar avezados científicos.

Igualmente, mi santo decidió por sus hijos pasar por alto la promesa de no pisar jamás un centro comercial en periodo crítico. Aunque, en parte, se puede decir, que la cumplió. Porque adentrarse en Navidad en Cortilandia no es pisarlo, exactamente, sino ser pisoteado, arrollado, empujado, y si no hay suerte, hasta desplumado. Pero, ¡qué bonitos que son los muñecos, qué danzas, qué polifonía! Y esa cancioncilla machacona: “Cortilandia, Cortilandia, vamos todos a cantar”… que ya no te abandona en todas las fiestas.

Pues sí, lo hizo, y aunque juró no volver a caer, la pasada Navidad, sin ir más lejos, ahí que incumplió de nuevo. Eso es un padre, sí señor. Que para ser consecuentes con los propios “yo nunca haré…” ya se han tenido unos cuantos años antes. Y es que no hay hombre que se resista a la sonrisa de un hijo.

De las madres no hablo hoy. Y no hablo porque es obvio y evidente que, salvo flagrante desnaturalización, todas le damos la vuelta a la piel según notamos la primera patadita en la tripa. No es que tengamos demasiado mérito, o tal vez sí, pero me temo que estamos programadas para ello. Que no podemos hacer otra cosa que querer y proteger, proteger y querer aún más a nuestros retoños. Por eso somos capaces de pasar por encima de cuatro filas de asientos con tal de que sea nuestro niño el que suba al escenario con su personaje favorito. Y no nos duele mentir si la ocasión lo requiere: “No, si me ha dicho la directora, vamos, ella per-so-nal-men-te, que podía acompañarlo a clase”. O nos dejamos los ojos con tal de que no se frustre, “pues claro que podemos hacer la Torre Eiffel con granos de arroz. ¿Para mañana? Está bien, la empezamos juntos y luego por la noche sigo yo”.

Pero estos excesos son más propios de nosotras. Porque ellos, los padres, se limitan a traicionarse sin alharacas, casi de puntillas, como para pasar inadvertidos. Pero no, que ya está bien de ir a Cortilandia con gorra para que no se os reconozca. Que os tengo fichados a todos. Y, para vuestra tranquilidad, sois más de los que creéis.

 

Terry Gragera

Más que un torneo

“Esto merece un post”, me dijo mi amigo David cuando le hablé del Torneo de Baby Basket que acaba de jugar Teo. La escena podría parecer previsible: primera competición de mi niño. Gradas llenas. Asistencia emocionada de la familia. Kleenex en cantidad. Cámara de fotos. Cámara de vídeo. WhatsApp a los ausentes. Una canasta en el último segundo. Dedicada a mí, por supuesto…Gana su equipo. Ovación del público. Se me acerca un cazatalentos con un contrato en la mano… Oigo una música sonando de fondo… Es mi despertador.

 Pues sí, como correspondía a un partido de niños de 5 y 6 años, nada de eso sucedió, sino carreras desordenadas hacia las dos canastas, sin saber muy bien cuál era la propia; el más amplio repertorio de “pasos”, “dobles”, “campo atrás” y demás infracciones de las reglas del basquetbol; y cuatro canastas por cada equipo en un tiempo indeterminado que los sabios organizadores decidieron dar por terminado justo cuando los marcadores se igualaban.

Pero, ¿entonces por qué merecería un post el acontecimiento? Porque a raíz de él he descubierto mi dualidad, mi duplicidad, mi doble personalidad, mi dimorfismo, mi vivo sin vivir en mí, mi otro yo. Y es que cuando comentaba, divertida, mi perplejidad por haber coincidido con madres forofas ya en estos niveles de iniciación, ése que yo llamaba mi santo marido sentenció: “Como tú”. Y entonces vi pasar mi vida frente a mí.

Reconozco que en algún momento aislado del juego animé entusiasmada a mi hijo, e incluso que le dí alguna “tímida” indicación de dónde debía colocarse en la cancha, pero de ahí a otras arengas que escucharon estos oídos creí que mediaba un abismo. Pero parece que no.

En lo de dar directrices (vengan o no al caso) a una madre no hay quien le gane: “Jorgitoooooo, no dejes que te lo quiteeeeee. Tira, tira del balón”. Y el pobre Jorgito aferrándose a la pelota de minibasket, mientras piensa “como la desobedezca, me castiga sin la Wii”, dejándose la rodilla en el cemento y con otros tres jugadores encima, cual melé de rugby, mientras la árbitro, no hace menos de dos minutos, trata de imponer su silbato a los gritos de las madres que (como yo) dirigen a sus vástagos desde la grada. ¡Ay! Y, entretanto, la pobre entrenadora, que sufre en silencio que la llamen monitora o señorita, asiste impávida al espectáculo (nunca mejor dicho) porque si pierde la compostura todavía hay quien podría decir que con esas formas no es digna de entrenar a su niño.

¿Y qué pasa con los padres? Los padres se limitan a meterse con los árbitros, algo muy propio de la psicología masculina. Y es que no hay un seleccionador en cada español; la cuestión va mucho más allá. En cada uno de nosotros hay un trío arbitral. Para qué conformarse con una identidad única pudiendo aspirar a una más compleja.

No seré yo quien niegue que, a todos, nuestro hijo nos parece el mejor (o bien porque meta tres de las cuatro canastas de su equipo, como Teo; ¡uy!, perdón si yo no quería personalizar, y es que nunca he sabido cómo se borra en estos ordenadores de ahora…, o bien por ser simplemente nuestro niño).

No quiero ni pensar en cuando vayan pasando los años y mi hijo y los de las demás madres vayan ascendiendo a categorías superiores de baloncesto. Estoy por tirar de hemeroteca y ver cómo lo ha llevado la madre de los Gasol. Porque los demás no sé, pero mi Teo va a llegar lejos, muy lejos, y ahí estará su madre para decirle en cada partido lo que tiene que hacer.

 

Terry Gragera

Adán, Eva y los trogloditas

Mis hijos tienen una afición singular: les encanta mantener conversaciones teológicas. No es que mi santo marido y yo nos prodiguemos en este tipo de temas, al menos públicamente, pero ellos sí, ellos van por libre y se plantean sus propias disquisiciones.

Confieso que hace un tiempo, cuando aún compartían dormitorio, disfrutaba de lo lindo escuchando por la noche tras la puerta unos diálogos tan elevados, aunque sólo fuera en la intención. Sí, lo reconozco, soy de las madres que se esconden para oírlos, pero en mi descargo diré que es un comportamiento totalmente heredado; vamos, que está grabado en mis genes. Mi santa madre es la reina de las escuchas. Era una maestra en fingir coser, tender, ordenar o cualquier otra actividad prescindible en la habitación contigua a la del teléfono. Y, yo, sin quererlo (por supuesto) he salido así…

Teo y Ada son especialmente recurrentes en el tema de la religión; tienen muchas preguntas, inquietudes, reflexiones… que a su padre y a mí (casi) siempre nos ponen en un apuro. Y es que la ecuación niño-dogma de fe es realmente complicada. Recuerdo un día glorioso en que Ada se cuestionaba por qué  San José no era el padre de Jesús. “Pero si están casados, Mamá”. “Ya, hija, pero no es el padre”, “pues no lo entiendo”, “bueno, pero es así. Por cierto… ¿dónde quieres celebrar tu cumple este año?”, “pero, Mamá, ¡si quedan 11 meses!”, “pero en esta vida hay que ser previsores…”, “vale, lo pensamos más adelante, pero explícame lo de San José”… Sinceramente, no sé si habrá podido perdonarme, o estará todavía lamentándose por haberse dedicado a la enseñanza en lugar de ser cajera del Mercadona, pero tuve que acabar la conversación con Ada, diciéndole: “Pregúntaselo a tu catequista”. Los expertos llaman a esto “dejación de funciones de padre”, pero ya me gustaría a mí verlos en mi tesitura…

Está claro que en el mundo infantil las creencias adquieren su propio matiz.   Cuando su hermano tenía 4 años a Ada se le ocurrió hacerle la siguiente pregunta: “Teo, ¿tú crees en Dios?”, a lo que él respondió: “¿Dios qué es?” (sic). Teólogos, agnósticos, ateos y filósofos formulándose la gran cuestión en millones de tratados y mi niño la condensa en tres palabras. A eso le llamo yo economía de medios. Estuvieron hablando un rato sobre el particular hasta que otro asunto, que bien podría ser el helado que se iban a comer al día siguiente, se les cruzó y cambiaron de tercio como si tal cosa. Y es que somos los adultos los que “nos ponemos demasiado trascendentes”, como dice sabiamente mi santo.

Pero, sin lugar a dudas, es el Génesis el episodio bíblico que más concita su sorpresa (la de ambos). Teo repasa: “Entonces, Adán nació del barro y Eva de una costilla suya”, a lo que yo contesto: “Bueno, Teo, es una forma de contarlo”, “Que no, Mamá, que fue así”, “Claro, hijo”, “Pero entonces, ¿nació del barro?” Y tú ya no sabes si decirle que sí, que no o que todo lo contrario… Ada también lo ha examinado al detalle para llegar a la siguiente conclusión: “Mamá, si Adán y Eva fueron los primeros humanos, ¿por qué sabían hablar y no lo hacían cómo los trogloditas, diciendo uh, uh?”. Transpiración abundante por mi parte: “Bueno, hija…”. “Y, además, Mamá, ¿por qué en todos los cuadros del Paraíso salen conejitos y pajaritos? ¿Dónde estaban los dinosaurios, si era la Prehistoria?”. Más transpiración. “Esto, hija, que el otro día no me dijiste donde querías celebrar tu cumpleaños el año que viene”. “¡¡MAMÁ!!”.

Sé que en este aspecto no soy la madre eficiente que me esfuerzo por ser, y encima no cuento con san Google para “soplarme” lo que desconozco y quedar como una reina, pero es que estos hijos míos piensan demasiado. Con lo fácil que sería hablar de Cristiano (Ronaldo) y van y le dan a la teología. Tengo que consultarlo porque algo estamos haciendo mal. Amén.

Terry Gragera

Paradigma del sistema educativo (Ken Robinson)

Ya es la segunda vez que dedicamos una entrada a Ken Robinson en el blog y no será la última.

Tal vez muchos de vosotros ya conozcáis este video pero no podíamos dejar de publicarlo para aquellos que aún no lo conozcan.

Porque este video hay que verlo. 

Además de lo que cuenta (que pone los pelos de punta), los dibujos son impresionantes.

Espero vuestros comentarios.

Generosa

Ada hará su Primera Comunión en unos días. Reconozco que me está dando una lección de tranquilidad. Tiene presente el acontecimiento, pero no más que cualquier cita importante con la familia. No le ha salido a su madre, oséase a mí, que metamorfoseo en un ser nervioso y agitado cual Whoopi Goldberg en “Sister Act” cada vez que el estrés por un acontecimiento venidero se apodera de mí. Sí, soy claramente mejorable (para desesperación de mi santo marido) qué le vamos a hacer…

El caso es que estamos inmersos en los preparativos y entre las cosas que nos planteábamos estaba el aluvión de regalos que una criaturita así puede recibir aunque tu lista de invitados se circunscriba a los más íntimos, es decir, a 50 personas. No queremos que pase como en Navidad, donde, además de la visita de los Reyes Magos, está su cumpleaños y el de Teo. Año tras año pedimos, rogamos e imploramos cierta mesura en los presentes que recibirán… sin ningún resultado. Hay quien incluso se molesta porque le “sugieres” que no se rasque el bolsillo, pero esa es otra historia…

En nuestro deseo por dotar de cordura la celebración, le planteamos a Ada si le “apetecía” recibir una parte de los regalos, no en especie sino en dinero, en cash, con el objeto de donarlo a gente que lo pudiera necesitar más. “Esto…, Ada, que Papá y yo habíamos pensado si te apetecería que, en vez de regalos, te dieran dinero para donarlo a Etiopía”. “No, yo quiero la casita de los Littlest Pet Shops y una cámara de fotos y unos patines y…”. Normal, y, hasta cierto punto, un alivio. Que una niña de 9 años no muestre, de entrada, las maneras de la Madre Teresa de Calcuta es un consuelo para una madre (semi) paranoica como yo. Ya me veo visualizando su futuro si hubiera dicho que sí a la primera (“mi hija…, en esos parajes de África, tan inhóspitos, porque esta no acaba ni la ESO y ya nos está diciendo que quiere irse a las misiones”).

No queríamos obligarla de ninguna manera, pero unos días después retomamos el tema: “Ada, ¿has pensado lo que comentamos de donar dinero en tu Comunión? Seguro que recibes muchos regalos y te sentirás bien haciendo algo por gente que lo necesita”. Confieso que durante la conversación ese diablillo que llevo dentro me hostigaba con un monólogo paralelo: (“Pues haberlo hecho tú en tu cumpleaños, que bien que te gustó que te agasajaran…, o en tu boda, o en el próximo aniversario: ¿por qué no le dices a tu santo que en vez de un detallito deis ese dinero a los pobres? Que es muy fácil cuando no te toca a ti”). “Calla, bicho, que estoy educando”… (me) le dije.

Fue una alegría cuando Ada contestó que sí, que le parecía bien. Y es que es adorable, igual que Teo, (y no porque sean mis hijos, o sí, qué más da, que para eso está el amor de madre). Así que hemos pedido a una parte de los invitados que le den dinero, y ella está convencida y contenta con la decisión.

Reconozco que estoy muyyyyyyy orgullosa de ella. Nuestra hija está madurando y, por ahora, se muestra generosa. Dudo mucho que haya influido en esta vena de altruismo el soniquete machacón con el que todos los padres torturamos a nuestros hijos nada más se asoman al increíble mundo de los parques. “Hay que compartir, Pedrito”, “Hay que compartir, que el nene no se va a llevar tu pala ni tu cubo, que sólo quiere jugar un ratito”. Y todo eso aunque el nene haya hecho ya los 100 metros lisos en categoría bebé con la pala en la mano y una sonrisa maliciosa como diciendo “tas cagao”. Si pudieran, no dudo de que nuestros peques nos dirían, “pues déjale tú las llaves de tu coche a ese papá, que no se lo va a llevar, que sólo quiere apretar el acelerador un ratito”.

Pero esa es una de las contradicciones más flagrantes de la paternidad: te digo que hagas lo que yo no estoy dispuesto a hacer. Aunque, bien pensado, ¡¡culpas fuera!!; todo es por mejorar la especie, ¿qué si no es educar? Tratar de hacer personitas mejores que nos den lecciones, como nos la ha dado a nosotros Ada. A ver si en el fondo voy a ser buena madre y todo.

Terry Gragera