Día de la Madre

Ni una plancha, ni una sartén antiadherente, ni un aspirador (¡sin bolsa, oiga!)… Reconozco que tengo la inmensa suerte de ser de esas madres que no han recibido en su Día alguno de estos prácticos “regalos”. Mi hija Ada me hizo un precioso joyero de papel y una poesía y mi hijo Teo… bueno, lo de mi hijo Teo merece un aparte.

En realidad no sé ni llegaré a saber qué me hizo, porque su padre, es decir, mi santo marido, perdió el obsequio en el camino que va del colegio a casa. Ya sé que para una mujer esto resulta impensable, inimaginable, ininteligible, pero sucede. Nosotras podemos ir cargadas con los abrigos, las mochilas, las bufandas, los paraguas, las meriendas, la bolsa de los plátanos que hemos comprado de camino (mira que tienen potasio los plátanos), el balón del niño, los patines de la niña, nuestro bolso, el pan para la cena, la última circular de la profesora, y todo ello, si se tercia, hablando por el móvil y con un hijo a cada mano. Pero ellos no. Creo que es cuestión de estructura mental. Para una madre, hacer tres cosas a la vez es estar relajada. Para un padre… bueno, cuando se produzca, diré lo que supone para un padre.

No obstante, el drama se solucionó bien, porque mi santo es despistado, pero voluntarioso en la misma medida. Así que cuando se dio cuenta del desastre hizo dos cosas: la primera, comprarle a Teo un juguete para purgar su culpa. La segunda, acudir a un Todo a 100 para fabricar a la carrera una manualidad similar. Tengo que decir que la cuchara de palo con pelo rizado y vestido de flores quedó muy lograda. Por supuesto, Teo dejó a su padre con la tarea y se dedicó a jugar con su arco y sus flechas, tras el impacto de la noticia. Para ser honesta, debo decir que, según me cuenta mi santo, éste le duró un nanosegundo, vamos, el tiempo que tardó en echarle el ojo al premio. Mi reino como madre por unas cuantas flechas con ventosa…

Cuando ya acababa el Día de la Madre, Ada me preguntó que cuánto la quería, a lo que yo respondí: “Todo”. Y es que realmente no se me ocurría ninguna forma de hacerle entender la dimensión de mi amor por ellos. Mi hija, que es una amante de lo preciso, me respondió enseguida: “Mamá, eso no es una respuesta concreta. Podrías decir, por ejemplo: ‘No puedo quererte más”. Chitón.

Tal vez haya una fórmula matemática que dé infinito para definir el amor maternal, pero lo que tengo claro es que es una cuenta personal, donde cada madre aporta sus propios sumandos.

Aunque me reviente, me saque de quicio y me haga marcar los primeros números del Teléfono de la Esperanza, no dudo que cuando mi madre, o sea, la abuela de mis hijos, me dice en invierno que les tape bien la boca con la bufanda “para que respiren su propio aire caliente” (sic); no dudo, decía, que está en su sano juicio y que, por este orden, lo hace por amor. Tampoco dudo de que cuando me implora “no cojas peso, como estás tú de la espalda”, sigue estando en sus cabales y también lo dice por amor, a pesar de que yo, nunca, jamás he tenido problema alguno en las lumbares. Y tampoco me planteo internarla en un frenopático cuando me asegura que le debo hacer a los niños “una analítica completa” ante el menor resfriado o cuando sentencia “¡qué sabe la pediatra!” si ésta me dice que la fiebre está provocada por un virus. Es todo producto del amor. De muuuuucho amor.

Me imagino que, con el paso del tiempo, yo también acabaré queriendo a mis hijos de esa manera. Poniéndoles dos platos más postre, vaso de leche y melocotón en almíbar para cenar (“si es que no comen nada estos niños”). Supongo que cuando tengan 30 años continuaré cerrándoles la chaqueta para que no se resfríen. Y sospecho que, en unas décadas, tendrán que hacerme entender que, a determinadas edades, no está bien visto que una madre vaya a hablar con el jefe para que valore a su hijo como merece. En el fondo, es la historia de la vida, que se repite una y otra vez.

Mientras tanto, yo seguiré gozando con las pequeñas cosas que me reinventan en la tarea más compleja y dulce de mi existencia: la de ser mamá. Y abriré el joyero de Ada y se me escapará una lagrimilla de emoción y miraré la muñeca-cuchara de palo y pensaré en lo mañoso que es mi santo marido… Si es que lo tengo que querer, ¿quién si no él me ha dado a Ada y Teo, lo mejor de mi vida?

 

Terry Gragera

Cuadro:  Mª Teresa Ruiz Morcillo

Caballito: historia de una mascota

A mi hija le encantan los animales, así que desde que tiene uso de razón nos viene pidiendo insistentemente una mascota. La pobre ha renunciado a perros, gatos, conejos y demás especies con pelo porque su padre es muy alérgico a ellos. Y se ha convencido de que tampoco podemos criar a hamster, ratones y otros “fascinantes” roedores porque a su madre, o sea, a la que suscribe, le dan pánico, lo que ella toma también como un impedimento biológico.

Pero, a pesar de estas limitaciones, no somos tan crueles como para privarla absolutamente de su deseo. Sólo tuvimos que convencerla de que los peces también eran mascotas, aunque no los pudiera tocar, ni alimentar directamente ni interactuar de ninguna manera con ellos. Y coló. Así que por su séptimo cumpleaños le regalamos una pecera donde aleteaban, absolutamente a lo suyo, varios pececillos. Uno de ellos era Caballito, según fue bautizado después.

Durante estos dos años mantener el acuario en condiciones mínimamente salubres y decentes para sus habitantes ha sido un suplicio para el santo de mi marido que ha comprobado de esta forma que hay cosas mucho peores que aguantarme a mí en “esos días tan especiales” de cada mes en los que me “encanta” ser mujer. Y es que parece que los peces sólo necesitan agua y comida, pero no. Cuando no son las algas, son las bacterias, cuando no está el agua turbia, falla el filtro, cuando el filtro se arregla se estropea el sistema de oxigenación… En fin, que poco menos hay que estudiar Ciencias del Mar para tenerlo a punto.

Y eso por no hablar de las bajas que se van produciendo casi irremediablemente. Al principio, no nos dio ningún pudor justificarlas alterando el orden natural de la zoología. “¿Dónde está Tiburonazo, mamá?”, preguntaba Teo, “Pues está hibernando, hijo”. Así, sin ruborizarme. Y es que día sí, día también se nos moría alguno. Muchas veces los hemos apuntalado contra algún arbolillo artificial en la pecera para que pareciera que estaban vivos mientras podíamos ir corriendo a una tienda para comprar uno lo más exacto posible. Pero ahí teníamos la implacable mirada de Ada para detectarlo todo: “¡Qué raro!, si Burbujitas tenía dos líneas de 1,7 milímetros en la aleta dorsal y ahora sólo le miden 1,4 milímetros”. “Bueno, hija, será cuestión del agua, o de la luz de la pecera”… Es que nos pasábamos el día sudando entre carreras para reponerlos y explicaciones para justificar los increíbles cambios morfológicos de nuestras especies. Vamos, que el comandante Cousteau, un aficionado a nuestro lado.

Uno de los peces más longevos era Caballito. En realidad Caballito II, pero este es un secreto que Ada desconoce, así que para ella era el original. “Cualquier día, Caballito nos da un susto, mamá”. Y ese día llegó. El pobre Caballito pasó a mejor vida y ha sido todo un drama. Yo, para consolarla, le decía que iba a ir al Cielo con un santo que cuidaba de los animales, aunque afinar me costó un poco: “Con San Antonio (no), con San Andrés (tampoco), con San Martín (uy, no, que este es el del consuelo-refrán ‘a cada cerdo le llega su San Martín’), con San Francisco de Asís, eso, con San Francisco de Asís, que era amigo de los lobos y de todos los animales…”. Pero Caballito (II) se irá con San Francisco después de tener un sepelio como Dios manda, porque nuestra hija le quiere dar honores de jefe de Estado. Pero no nos importa, eso significa que es sensible, aunque espero que nos deje estar, al menos, con “alivio de luto”.

En estas noches pasadas en las que se ha acordado tanto de su amigo Caballito, le conté mi historia con Periquín. Yo también tuve una mascota: un pájaro al que llamé Periquín. Periquín vivía en una jaula colgada en la terraza de casa, aunque cada mediodía lo metíamos dentro para que no se sofocara con el sol. Todos menos uno en que se nos olvidó. El pobre Periquín debió de perecer de un golpe de calor y se quedó como disecado. Yo tenía 4 años, pero recuerdo como si hubiera sido ayer darme cuenta de repente: “¡Mamá, Periquín!”, y salir a la terraza a por él. Lo metimos bajo un chorro de agua fría y le introdujimos una aspirina infantil en el pico (se admiten interjecciones), pero no revivió, y me acuerdo aún de la impresión que me causó el episodio. Debe de ser cosa de familia esto de las reanimaciones singulares, porque me cuenta mi santo marido que él le hizo la resucitación cardiopulmonar a su hámster  cuando estaba a punto de irse al otro mundo (se vuelven a admitir interjecciones). Y House triunfando en televisión…

Espero que Ada no se traumatice con la desaparición de Caballito (II), al que asegura que siempre llevará en su corazón. Y no lo dudo. Seguro que está en el Cielo de los animales con Periquín, el “aporreado” hamster de mi marido y otros muchos. Y con respecto a nosotros, seguimos purgando con el acuario lleno de otros peces que, vete tú a saber hasta cuándo, decidirán seguir aleteando ajenos por completo a nosotros, sus seguros servidores… o ponerse  a hibernar.

 

Terry Gragera

Amigos

Me encanta cuando un niño le pasa el brazo por los hombros a otro para dejar constancia de que es su amigo. Bien es verdad que el elegido suele tener chicles, cromos, gormitis o algo susceptible de ser compartido. Pero, en el fondo, es un gesto muy de chicos, una manera propia de hacer exaltación de la amistad, que, curiosamente, se pierde luego durante un tiempo para volver años después con ocasión de míticas melopeas en las que, lagrimita de por medio, muchos suelen confesar: “Du (tú) eres mi mejor amigo, dronco (tronco). Dunca (nunca) me haz fallado”.

Pero dejando a un lado ejemplos poco recomendables, el hecho es que los niños, desde muy pronto, viven un universo paralelo en el que sólo caben sus amigos, ellos y las historias que crean en común. Y, por más que nos empeñemos los padres en mediar en esa elección, me temo que lo tenemos más que complicado. Te puedes pasar media vida sugiriendo, con la sutileza que caracteriza a las madres (esto es, con ninguna), lo “ideal” que te parece determinada niña o lo bueno que es tal compañero, para que tus hijos acaben haciéndote ningún caso.

En el fondo, es ley de vida. ¿O acaso tuvieron mis padres algo que ver cuando decidí que Esther o Estíbaliz iban a ser mis amigas del alma para siempre? Y menos mal, porque si no, mi santa madre (con todo el error del mundo) algún defecto les hubiera encontrado (cosa que, pasados ¡20 años!, debo decir que aún no ha hecho, y mira que es difícil en ella…). Los adultos tenemos claro que la elección y/o mantenimiento de nuestras amistades es un coto cerrado, pero cuando se trata de nuestros hijos la cosa cambia.

Nos interesa todo, incluso (y tal vez más) lo que no sabemos y no podemos preguntar del pasado, el presente, el árbol genealógico, las creencias y la forma de vida (con todas sus aristas) de aquellos a los que nuestros niños denominan amigos y, por supuesto, de sus familias. Y eso que a ciertas edades el concepto de eternidad y lealtad es muy variable. Del “ya no me ajunto” a “pues me voy a chivar”, pasando por “eres una mandona” y acabando por “no hay quien te aguante”, para en cinco minutos cambiar súbitamente las tornas: “Vente a mi casa a merendar, bueno no, dile a tu madre que te deje quedarte a dormir y así estás hasta mañana y jugamos a la Wii”. “Sí, guay. Mamáááááááá”.

A ciertas edades, la amistad es una montaña rusa que los padres, y siempre dentro de un orden, tal vez debamos observar con cierta distancia. Pero nos cuesta soltar amarras, en esto como en todo. Quizá antes, cuando los niños no estaban tan hipercontrolados y salían a jugar a la calle y acababan a pedradas, todo era más sano desde el punto de vista emocional. Ahora, el roce de un simple guijarro, que por error y sólo por error, ha variado su trayectoria impactando sobre nuestro niño, puede ser motivo de denuncia. Yo denuncio, tú denuncias, él denuncia… y así están los juzgados.

No dejamos que nuestros hijos resuelvan por sí mismos sus problemas (“¿quieres que hable con su mamá?”); no permitimos que sean autónomos para responder (“pues tú dile que tal y cual y pascual”); nos empeñamos en reinterpretar su relación con nuestras décadas de vida a las espaldas (“¿eso te ha dicho?, ¡qué barbaridad!”). Y el que no lo haya hecho, que deje de leer este post.

Bien, compruebo que seguimos todos aquí. Es un alivio no sentirse un bicho raro. La amistad tiene sus códigos, sus secretos, sus pactos… y sería bueno que los niños pudieran explorarlos por sí mismos, y, si es posible, mejorarlos. Ya tendrán tiempo de iniciarse en el cuanto-te-quiero-pero-como-te-miren-a-ti-más-que-a-mí-te-vas-a-enterar-que-ya-no-tienes-edad-para-enseñar-ese-escote-querida-que-los-años-pasan-para-todos-y-ya-nos-vamos-conociendo-que-aprovechas-cada-vez-que-quedamos-todos-juntos-para-llamar-la-atención-y-me-tienes-cansada-exhibicionista-que-lo-que-tú-necesitas-es-un-buen-psicólogo-so-exhibicionista-que-cuando-estás-depre-bien-que-me-llamas-pero-luego-a-reírte-con-otros-si-ya-me-lo-decían-que-eras-una-aprovechada…

Pues, eso, que ya habrá tiempo para todo lo demás. Mientras, que disfruten de sus abrazos interesados, de sus peleas con vuelta atrás, de su facilidad para olvidar… Sí, pero con los amigos que a mí me gusten. He dicho.

Terry Gragera

Malcriar… ¿o bienamar?

Mi hija nació un 29 de diciembre. Como el parto fue muy bien y mi recuperación, sin complicaciones, nos dieron el alta el día 31  para comenzar el nuevo año en casa. Recuerdo que estaba sentada en el sofá ante la tele, esperando a que sonaran las Campanadas, y, como ella estaba despierta, la cogí y la acurruqué contra mi pecho para hacer juntas esa mágica transición. La escena parecería perfecta si no fuera porque mi madre me advirtió como un resorte: “Como la cojas, te pierdes”. Mi santa madre lo visualizó claramente: ese bebé de dos días iba a grabar en sus neuronas a sangre y fuego que podría dominarme a su antojo. Es más, a partir de ese momento yo sería su esclava y la niña, una malcriada llorona y “pataletera” que no me iba a dejar respirar ni un segundo en mi triste existencia de madre primeriza.

Pero lo peor es que, a partir de entonces, he oído a demasiada gente mantener que coger, abrazar, mimar… a los niños es contraproducente y un peligro de dimensiones insospechadas; vamos, que ni esa tercera guerra mundial que dicen que está por llegar. El argumento no se sostiene científicamente. Un bebé es incapaz de manipular. Incapaz por desarrollo neurológico. Sólo pide lo que necesita. Y trata de hacerse entender, como intentamos todos, con los pocos recursos de que dispone: el llanto, el reclamo y la risa.

Hay un monólogo real que me ha torpedeado el cerebro muchas veces. (Niña o niño llorando) “Pero si no le pasa nada, no lo cojas”. (Yo tardo 0,1 décimas de segundo en llevarlo a mis brazos; resultado: el bebé se calla de inmediato) “¿Ves? Si no le pasaba nada…”. Pero, ¡¿cómo que no le pasaba nada?! Claro que le pasaba: que quería estar conmigo.

Si se ha hecho caca, hay que cambiarlo cuanto antes para que no se irrite. Si tiene hambre, hay que apresurarse para darle de comer. Pero si llora por soledad, miedo o porque simplemente le apetece sentirse confortado en los brazos de su madre o de su padre, no hay que atenderlo. O sea, que valgo menos que un pañal sucio o que un cuenco de puré… Es un razonamiento que nunca he comprendido, y mucho menos compartido, y que, por supuesto, siempre me he saltado a la torera.

Mis hijos han estado en mis brazos todo lo que he podido y más; de hecho, siendo bebés descubrí que se puede funcionar con una sola mano, ya que la otra la tenía casi siempre ocupada cargándolos a ellos (y me acabó gustando eso de ser como el Inspector Gadget). Los he cogido antes de que me reclamaran, los he achuchado sin límites. Y no porque “me hayan ganado la partida” ni porque “se hayan hecho los amos de la casa”. Ha sido una elección de crianza.

Pero para la mayoría de la gente, seguir mi opción es malcriar. Aunque si nos trasladamos al mundo adulto, quizá lo interpretaríamos en otros términos. “Pepe, quiero mimos…” (Pepe impertérrito). “Ay, Pepe, pero qué soso eres, hijo” (Pepe fosilizado). “Pero, Pepeeeee. Es que no te enteras; es que ni me escuchas” (Pepe como si se hubiera tragado una escoba). “Tenemos que hablar, Pepe. Es que eres un insensible, si ya me lo decía tu madre que nunca le habías dado un beso, y, claro, eso me pasa por creer que yo te iba a cambiar.  Con lo que yo te quiero, Pepe. Y ni un detalle que tienes conmigo. Pero si ni siquiera te has dado cuenta de que he ido hoy a la peluquería. Pepe, esto no puede seguir así” (“Gooooooool”).

Que vivan los hijos “braceros”: los que elevarán la tasa de delincuencia juvenil por haber recibido de bebés mil besos por segundo; los que serán tan débiles de carácter porque no saben lo que es llorar en una cuna esperando a que te hagan caso; los que no serán aptos para ningún trabajo porque sus padres los tuvieron mucho tiempo en brazos… ¡Que vivan!

Terry Gragera

Los celos: ¿un mal necesario?

 

 

Cuando nació mi hermana yo tenía 5 años. Cuentan que durante el embarazo castigué a mis padres con somatizaciones varias. Me sentaba a la mesa y, en lugar de comer, suspiraba profundamente (“¡Aaaaaay!”) y, cuando la tripa de mi madre se hizo más que evidente, tuve, sin ningún otro síntoma, una fiebre de 40º que el pediatra, en lugar de achacar a un virus sin nombre, atribuyó a los celos.

Unos de mis primeros recuerdos es en la maternidad, yendo a visitar a mi nueva hermanita. Dicen que no dejaba de repetir: “¡Qué suerte hemos tenido!”, para disimular mis sentimientos más profundos. Pero a esa edad una no sabe mantener la guardia siempre alta, y cuando me preguntaron qué nombre le poníamos a la “advenediza”, yo contesté de lo más complaciente: “Pera, manzana”.  Como mis padres no tuvieron a bien devolver a la recién llegada y quedarse solo conmigo, me imagino que mi mente infantil buscó la solución perfecta. Creo que es el sueño más antiguo del que tengo noción y en él, “lamentablemente”, un payaso se llevaba a mi hermana ante el disgusto generalizado y mi secreto alivio. Supongo que a mis padres se les pasaría por la cabeza pensar qué tipo de monstruo estaban criando, pero como me di por vencida y acepté la ocupación, logramos establecer cierto clima de paz familiar.

Con estos antecedentes, no me extraña nada que estos hijos míos sean de lo más celoso. Se llevan exactamente tres años, y los dos han manifestado, manifiestan y, me temo, que manifestarán celos por el otro.

Cuando nació Teo, le “trajo” a su hermana una guitarra y una caja de lenguas de gato. Vamos, para empezar la relación de buen rollo. Pero Ada tardó poco en olvidar el detalle. Descargaba su “bulle-bulle” interior recitando una cancioncilla que se había inventado: “Tariroriro”, que iba acompañada de percusión: naturalmente sobre la cabeza de su hermano. Afortunadamente, las cosas nunca fueron a más y se quedaron en la nueva misión que dio a su existencia: molestar a ése que había venido para quedarse. Con el tiempo, y como las féminas maduramos mucho antes, ha ido adquiriendo el rol de hermana mayor protectora, consejera, reprendedora, corregidora… Pero sigue siendo una niña… y en el fondo celosa, como buena hija de su madre, que soy yo. Así que muy sutilmente todavía hace rabiar a su hermano cuando él consigue algún logro o cuando concita nuestra atención una milésima de segundo más que ella.

Teo, por supuesto, no se queda atrás. Para cruzar la calle, ha de hacerlo de la misma mano que Ada (“es que a mí me gusta más la derecha”); a la hora de recibir un elogio hay que tener en cuenta cada músculo facial (“pon la misma cara que cuando le has dicho a Ada que la querías”); y viendo los dibujos animados, cada fotograma cuenta (“es que si voy al baño, Ada va a ver más tele que yo”)…

Y eso que no es consciente de que su hermana ha disfrutado de tres años de exclusividad.  Ni de que, como pasa con la mayoría de “segundos”, tiene la mitad de la mitad (de la mitad) de fotos de cuando era bebé. Ni de algunas otras cosas que en un adulto justificarían cierto malestar y/o recurrir a técnicas de vudú. Siempre ponemos el mismo ejemplo: “¿Cómo te sentirías si, de repente, apareciera otra persona con la que tuvieras que compartir a tu pareja?”. Pero, a pesar del escalofrío (o del alivio, según qué casos) que nos provoca este pensamiento, en el fondo, creo que no somos conscientes de lo que supone para un niño competir por el amor de sus padres.

No obstante, a veces me pregunto si, por evitarles tragos como éste de los celos, los protegemos demasiado. En casa, cuando es el cumpleaños de Teo, Ada recibe un regalito también como “ayudante de cumpleaños”, y cuando nos ha visitado el Ratón Pérez para llevarse un diente de ella, el pobre roedor viene cargado también para Teo (¡eso es explotación animal!). Vamos, que tenemos más ayudantes sin cargo que en un Ministerio. En mi casa, cuando yo era niña no se actuaba así. El protagonista era sólo uno y no había más contemplaciones para los demás. Pero con esto de que no se nos frustren, tal vez los padres de ahora les impedimos enfrentarse a sus propios sentimientos.

No sé si mis padres mediaron entre mi hermana y yo, pero el asunto se resolvió bien, y no necesité sesiones de electroshock. Mis hijos tampoco las necesitarán, a pesar de que, por ahora, escruten milimétricamente lo que hace el otro para reclamar exactamente la misma dosis de…  lo que sea. Que aquí lo que cuenta es hacerse notar y la simetría más perfecta.

Mientras escribo esto, Ada se me acerca por detrás y me pregunta entre dientes por qué “ahí” pone Teo y no su nombre. Si ya sospechaba yo que los celos eran algo muy, pero que muy pasajero.

Terry Gragera

Buscar la simplicidad en nuestra tarea como padres

Queremos compartir con vosotros este video de Kim John Payne, autor del libro “Simplicity parenting“, en el que da unas pinceladas sobre cómo hoy día estamos sobrecargando a nuestros hijos y de cómo utilizar el extraordinario poder de hacer y ofrecer menos para que nuestros hijos crezcan más tranquilos, felices y seguros.

El vídeo está en inglés. Hemos hecho un resumen en español que adjuntamos.

Simplicity Parenting from Kim Payne on Vimeo.

Cuando un niño nace todas nuestras esperanzas para el futuro se reavivan. En sus primeros días de vida tras el nacimiento, cuando lo tenemos en nuestros brazos, le miramos y vemos ese extraordinario potencial que supone un bebé.

Los buenos padres quieren lo mejor para sus hijos, que tengan éxito, pero la manera de conseguirlo es darles espacio para poder equilibrar lo interior y lo exterior.

¿Por qué desde la cuna empezamos a inundarles de cosas? Rellenamos por completo su horario, les exigimos mucho. Tienen demasiados juguetes, demasiados libros, demasiada tele. Ballet el lunes, fútbol el martes, clases el jueves, la cita del viernes, etc., etc. Es como si ser padres se convirtiera en un deporte de competición.

En la sociedad se ve como algo normal pero algo en nuestro interior nos dice que no está bien.

He llegado a pensar que se trata de una guerra no declarada contra la niñez.

Hay tal cantidad de cosas ahí afuera, tantas distracciones, que queda muy poco tiempo para pasarlo tranquilamente a solas, sin hacer nada. La capacidad para sentarse tranquilamente, enfrentarse a tus propias luchas, buscar tus propias respuestas. Simplemente sentarse y esforzarse con los deberes en vez de ir corriendo a google a buscar la respuesta.

¿Por qué les damos tantas opciones? Solo conseguimos que nuestros hijos se sientan inseguros porque no saben quién está al mando.

¿Por qué no buscamos la forma de controlar esta desmesura? Hoy día nos olvidamos del gran valor del aburrimiento. Dejad a vuestros hijos que se aburran porque a los veinte minutos, después de haberse aburrido lo suficiente, surge el juego creativo.

Aplicar la simplicidad a nuestra tarea como padres es limpiar todo ese barullo de cosas y así, de alguna manera, les damos a los niños herramientas para no caer en la adicción.

Además, lo maravilloso de simplificar y encontrar un equilibrio en la vida familiar, es que redescubrimos la familia, redescubrimos un poco más a nuestros hijos, ellos nos descubren a nosotros. Nos unimos más.

Lo que propongo es ofrecer a nuestros hijos un buen comienzo, dándoles menos para que así puedan ser creativos, sepan adaptarse, sean innovadores,… Con esto no pretendemos que estos niños tengan mejores resultados académicos, sino que algún día sean buenos padres y madres.

Muchos padres después de unas semanas se emocionan diciendo “¿Sabes? ¡Siento como que he recuperado a mi hijo!”, “¡siento que he recuperado a mi hija!”.

Tenemos que hacer que nuestros hijos partan del hecho de que este mundo es hermoso. Con este tipo de semilla es con la que la simplicidad en la crianza de nuestros hijos espera construir el camino al que regresar.

Si empezamos a trabajar con una única cosa, algo asumible y factible, y a partir de ahí realizamos una acción de equilibrio y simplicidad, entonces comenzaremos a construir la paz en nuestros hogares.

Kim John Payne

www.simplicityparenting.com

¿Vivir sin tele?

Cuando nos mudamos a vivir a nuestra nueva casa decidimos no cargar la tele. Ya llevábamos un tiempo dándole vueltas al tema y aprovechamos el cambio para tomar la decisión. Al principio se nos hizo un poco raro porque la tele formaba parte de una rutina, sobre todo por las noches cuando acostábamos a los niños y nos quedábamos tranquilos después de la cena. Esa sensación nos duró poco, la verdad, y enseguida vimos lo agradable que era el silencio y el disfrute de ese rato del día.

No es que piense que la tele es mala en sí misma, ni mucho menos, lo que pasa es que para mí se había convertido en un acto rutinario, sin sentido, un hábito un tanto absurdo. Encender la tele no era un acto consciente: “hoy es martes voy a poner esta serie que me gusta mucho”, sino que lo hacía “porque sí”, porque tocaba.

Además estaba el tema de los niños. Mis hijos no veían casi nunca la tele, en eso éramos muy cuidadosos, y queríamos que siguiera siendo así. Los niños, al contrario que los adultos, no pueden filtrar lo que ven, lo chupan todo sin barreras, sin protección. La visión de un niño viendo la tele absolutamente hipnotizado, estático, con los ojos y la boca abiertos, me pone un poco los pelos de punta. Pero bueno, esa es mi opinión. Lo cierto es que en muchas ocasiones se utiliza la tele para que los niños se queden un rato quietos para poder mientras nosotros hacer cosas en la casa o que nos dejen un rato en paz. Así lo recogía un artículo publicado en El País el pasado mes de enero titulado “Un país de teleniños“, en el que se apuntaba cómo la televisión se ha convertido en una económica guardería en España.

En este artículo se hace hincapié en la necesidad de consumir una “dieta audiovisual” equilibrada y en la importancia de luchar por unas producciones de mayor calidad y específicas para el público infantil. “No hay que satanizar las pantallas” afirma la Defensora del Espectador de RTVE. Creo que en eso estamos todos de acuerdo, pero ¿qué les aporta? Muchas veces nos venden a los padres productos audiovisuales con el sello de “educativo” como si nuestros hijos fueran a aprender gracias a ellos. No nos equivoquemos, los niños aprenden siempre a través de otro ser humano, a través de la experiencia.

Independientemente de la calidad de la oferta televisiva para los niños, el dato que me parece más preocupante es que los menores entre 4 y 14 años pasan más de dos horas y media al día frente a la televisión. Las cuentas no me salen: están un montón de horas en el colegio, al terminar, muchos tienen actividades extraescolares dentro o fuera del centro, otros tienen que hacer deberes, la hora del baño, la cena,… Entonces ¿de dónde sacan dos horas y media para ver la tele? Y lo que me parece más grave de todo ¿cuándo juegan? Si el poquísimo rato que tienen libre lo pasan viendo la televisión les estamos haciendo un flaco favor. El juego es la tarea más importante para un niño, tanto como el comer y dormir, es su herramienta más potente para aprehender el mundo. Lo que pasa es que los niños cuando juegan lo desordenan todo, gritan y corren, incluso puede que rompan alguna cosa o “transformen” algún elemento de la casa. Y claro, siempre está la tentación “¿y si les pongo una peli en el ordenador y así recojo la casa y preparo tranquilamente la cena?”.

Elsa Charcos / Madrid

Entrevista con Marc Monfort. Problemas de lenguaje en los niños

Hoy queremos inaugurar una nueva sección de nuestro blog: se trata de entrevistas breves a profesionales relacionados con la infancia sobre temas que nos pueden interesar a todos los padres.

En este caso entrevistamos a Marc Monfort, logopeda y director del centro Entender y Hablar, y le preguntamos sobre los problemas de lenguaje en los niños: cuando detectarlos y cómo actuar.


¿En qué momento unos padres pueden preocuparse por el lenguaje de su hijo?
Todos los niños no empiezan a hablar al mismo tiempo ni desarrollan el lenguaje expresivo a la misma velocidad. Por eso, en los niños más pequeños (hasta los 2 años), el nivel expresivo no es un buen indicador de dificultades. Sin embargo existen una serie de conductas previas que sí deben aparecer de manera precoz y que son condiciones necesarias, aunque no suficientes, para el desarrollo del lenguaje : por ejemplo conductas comunicativas no verbales como señalar o la comprensión de palabras sin ayuda del contexto (que el niño nos entregue un objeto entre varios al nombrarlo, sin ayuda de gestos). En este sentido se pueden empezar a identificar sospechas de trastornos que afectan a la comunicación y a la comprensión del lenguaje entre los 18 y los 24 meses.

¿Qué pasos debe seguir la familia?
Cuando una familia está preocupada por el lenguaje de su hijo el primer paso debe ser descartar la existencia de alguna causa orgánica (por ejemplo la falta de audición) que provoque ese retraso. Una vez descartada esa posibilidad debe buscar un profesional experto en el lenguaje, normalmente un logopeda, que pueda evaluar de manera específica el nivel del niño. Esa evaluación requiere observación del niño pero también a partir de cierta edad se puede completar con la aplicación de alguna prueba objetiva (test).

¿Qué son los trastornos de lenguaje?
Existe un grupo de niños que, sin presentar evidencias de dificultades físicas ni de retraso intelectual, tiene un desarrollo del lenguaje alterado. Estos niños pueden presentar perfiles distintos en función de los aspectos del lenguaje afectados (fonológicos, gramaticales, semánticos…) y del nivel de gravedad de dichas dificultades.
Esos retrasos o alteraciones se deben a las variaciones de capacidad innata que están presentes en muchos aspectos del desarrollo : no todo el mundo empieza a andar a la misma edad, no todos el mundo tiene habilidad para el dibujo o para cantar ; ocurre lo mismo con la capacidad del cerebro en adquirir el lenguaje ; lo que ocurre es que el lenguaje es una función socialmente mucho más importante, de allí la mayor preocupación por este tipo de problemas.
En los primeros años resulta complicado diferenciar entre retraso y trastorno y en ocasiones solamente será la evolución del niño la que determinará si pertenece a un grupo o al otro. A diferencia del retraso que tendría un pronóstico de “normalidad social del lenguaje”, el trastorno del lenguaje es un cuadro con consecuencias duraderas en los aprendizajes y las relaciones sociales. De todas formas esto no debe en ningún caso retrasar la intervención.

¿Cuáles son las orientaciones escolares en estos casos?
En principio los niños con Trastornos del Lenguaje requieren de un planteamiento educativo como lo pueden requerir las personas con sordera: son niños que, en general, se benefician de contextos ordinarios de escolaridad (colegios “normales”) con los apoyos y adaptaciones necesarias: apoyo de profesionales (A.L: Audición y Lenguaje y P.T: Pedagogía Terapéutica) y adaptaciones metodológicas (más ayudas visuales, exámenes tipo test etc…).

Oímos muchas veces frases como “no se preocupe que ya hablará ” o “el niño no habla porque es muy vago, como los padres se lo dan todo el niño no se esfuerza en hablar” ¿Qué hay de cierto en estas afirmaciones?
Existe la idea generalizada de que los niños que no hablan son vagos, sin embargo nadie se atrevería a decir que los niños que hablan pronto es porque se han esforzado mucho. En realidad un niño que no habla es porque todavía no ha llegado el momento o porque no puede. El hecho de facilitar la comunicación con nuestro hijo (respondiendo a lo que dice aunque no sea correcto, acompañando el lenguaje con gestos …) es una estrategia que, lejos de perjudicar, favorece al desarrollo del lenguaje. De hecho es lo que hace cualquier madre o padre con un bebé que empieza a hablar entre los 18 y los 24 meses y lo hace evidentemente de forma muy imperfecta : hace todo el esfuerzo para entenderlo y eso nunca ha retrasado a nadie. Si el niño cuando quiere decir algo (/aaeo/ cuando quiere un caramelo) lo que consigue es que su madre ponga cara de preocupación y se lo haga repetir tres veces es posible que deje de intentarlo. Sin embargo si el niño dice lo mismo y su madre le entiende y le da el caramelo aumenta la probabilidad de que ese niño vuelva a decirlo dándonos más oportunidades para estimular y mejorar.
Hay que abandonar esa idea de que debemos “forzar” un niño a hablar : además de no ser posible, es una actitud que puede alterar nuestra relación con él.
Ayudar a un niño que se enfrenta con mayores dificultades de las normales consiste en situarnos a su nivel, ajustarnos a su ritmo y aumentar la calidad y la cantidad de nuestra estimulación pero siempre al servicio de una comunicación placentera y útil.

Marc Monfort es Logopeda y director del centro Entender y Hablar de Madrid. Es uno de los profesionales de referencia en diagnóstico e intervención en trastornos de la comunicación y el lenguaje. También es unos de los fundadores del colegio Tres Olivos de Madrid donde sigue trabajando en la actualidad. Marc Monfort también es autor de varios libros y de un gran número de materiales de intervención.

El aprendizaje cooperativo

Todos nos hemos dado cuenta alguna vez que no hay mejor manera de aprender una cosa que tener que explicarla: dar una clase, una conferencia o hacer los deberes con tus hijos. No solamente lo entiendes mejor sino que lo recuerdas con más facilidad. Esta es la base del aprendizaje cooperativo, una forma de trabajar en las aulas de la que nos hablaron el otro día en una charla en el colegio de mis hijos.
Los enfoques tradicionales en el aula tienen como objetivo que el niño aprenda, independientemente de lo que aprendan los demás; en algunos casos, incluso, cuando el modelo es competitivo el objetivo del niño es aprender más que los demás. En el aprendizaje cooperativo, sin embargo, el objetivo del alumno es aprender pero también que aprendan los demás. Se trata de utilizar las interacciones entre el profesor y el alumno y también las interacciones entre los alumnos.
En un enfoque tradicional es muy difícil asegurar que todos los alumnos participan de manera equitativa y dar respuesta a las diferencias individuales. El aprendizaje cooperativo trata de aprovechar esas diferencias y de potenciar la participación de todos.
No se trata simplemente de poner a los alumnos en grupos y que trabajen juntos de vez en cuando. El aprendizaje cooperativo tiene sus dinámicas de trabajo, recursos y metodologías. Cada aprendizaje incluye trabajo individual (en aula y en casa) y trabajo cooperativo. De esta manera el alumno con más capacidades, al explicar, estará reforzando sus aprendizajes y el alumno con menos capacidad recibe un apoyo doble: del profesor y de sus compañeros. La evaluación, por otro lado, no cambia: sigue habiendo notas, exámenes… pero existe la posibilidad de poder evaluar también el trabajo en grupo, como equipo.
El objetivo del colegio ya no puede seguir siendo solamente la trasmisión de información: los niños tendrán que aprender a comunicarse, trabajar en grupo, adaptarse a distintas personas y controlar sus emociones.
Según la experiencia, los colegios que están implantando el aprendizaje cooperativo en sus aulas consiguen mejorar el nivel académico de los alumnos pero también el ambiente en clase y la relación profesor-alumno. Por supuesto no se trata de cambiar todo de un día para otro: los profesores necesitan una formación específica y un plan de cambio progresivo.
Al salir de la charla pensé que esto no era interesante para mí solamente como profesional sino también como madre: ¿Cómo ayudamos a nuestros hijos a estudiar? ¿Por qué en vez de hacerles tantas preguntas cerradas no les pedimos que nos expliquen lo que han entendido? ¿Por qué no les pedimos que nos preparen un examen y luego nos lo corrijan?
Probablemente como todo cambio, sobre todo en educación, implica esfuerzo y un cierto grado de incomodidad inicial pero al final vale la pena.

Isa / Madrid

¿Conocías este método de aprendizaje? ¿Tienes alguna experiencia que contarnos sobre este u otro método? Escríbenos a blog@creciclando.com  y, si publicamos tu post, conseguirás 5 puntos para canjear en creciclando.

¡Tenemos deberes!

Lunes, 5.10 h de la tarde. J asoma por la puerta de su clase mochila a la espalda. Y ante mi feliz “Hola, cariño”, contesta un seco “Hola”. No tengo poderes adivinatorios, pero esa cara torcida me anuncia que hoy tenemos demasiados deberes. “Dos problemas de Mates, terminar un esquema de Cono y una redacción para Lengua”, reconoce al fin. Mientras enumera la lista, yo calculo el rato que va a estar sentado en su mesa. Y el rato que yo voy a estar yendo y viniendo de su habitación, contestando dudas y corrigiendo fallos. Pero ¿sabéis qué? Pues que aún tengo suerte, porque conozco casos de niños que no se tiran ni una ni dos horas en su pupitre de casa, sino tres o más. Y todas las tardes.

J tiene tareas razonables, que no le llevan más de 30 o 40 minutos, y como además es de naturaleza nerviosa, nada más cruzar la puerta, se sienta casi sin quitarse el abrigo ante los deberes. “Es que me los quiero quitar de encima pronto para jugar”, asegura. Y a mí me parece estupendo. Porque los niños de ocho años, como J, tendrán que afianzar lo aprendido, pero también –y sobre todo– tienen derecho a desconectar, como hacemos los adultos cuando salimos de la oficina. Y para ellos, desconectar es jugar.

El problema llega con la semana de los exámenes. Sabemos que en esos cinco días el juego no existe. Ni la desconexión. Ni para él ni para sus padres. Porque lo peor es que él no sabe estudiar, y se cansa, y tiene un tiempo limitado de atención, como todos los niños. Y cuando tú ya recitas de memoria –y totalmente agotada– las partes del oído, él sigue situando la pituitaria en la retina, y las papilas gustativas en la pupila. A ti te parece tan obvias… ¡y a él tan extrañas todas esas palabras! que los gritos no tardan en aparecer. Uff, momento de irte a hacer la cena… y confiar en que el sueño reparador haga milagros en sus neuronas. ¡Ah, no!,  si no me acordaba, aún tengo un último recurso. Le he traído un cuento divertidísimo de los sentidos, con dibujos y juegos para aprender lo mismo que hemos estado recitando aburridos toda la tarde. ¿No será este mejor recurso que repetir y repetir lo que ven en clase?

Pero al final me animo. Porque revisando el libro de Cono, he visto que la semana que viene nos tocan los músculos y los huesos, y yo, que sufro de la espalda, pienso que ahora podré decirle a J que tengo una contractura “en las lumbares o el trapecio” –y no la imperdonable imprecisión de “estoy malita de la espalda”– y cuando él se mire al espejo, ya no me preguntará si tiene “acdominales, como su ídolo Ronaldo”; dirá con exactitud “abdominales”… aunque he de reconocer que echaré de menos ese impronunciable “ac” que me producía tanta ternura.

Marta Castro / Madrid