Mi masoquismo y yo

Sé que alguien dirá que soy masoquista, que no me conformo con lo que tengo, que siempre estoy buscándole la vuelta a las cosas. Y con toda razón.

Este fin de semana estuve ejerciendo de tía y madrina; vamos, de canguro, con mis dos sobrinos de 2 y 5 años. Era la primera vez que la pequeña dormía fuera de casa sin su mami, así que los augurios por parte de mi madre (a la sazón, abuela de Alba) eran implacables.

“Es que no tenéis cabeza ni tu hermana ni tú. Dile que no vaya a la boda, que la niña se va a llevar un sofocón tremendo. Pero qué necesidad hay de hacerla sufrir… Que se puede traumatizar si piensa que su madre la ha abandonado”… Vamos que menos coger la zapatilla y darnos en el culo, no le faltó de nada.

Pero los niños tienen esa innata capacidad para sorprendernos siempre. Y Alba concilió el sueño perfectamente sin su madre y sin su “teta”. Yo, que me imaginaba sin poder dormir en toda la noche con sus gritos ahogados en lágrimas e hipidos, me quedé profundamente traspuesta a su lado a las 9 de la noche, ¡todo un lujo!

Me despertó unas horas más tarde el sonido de un mensaje de mi madre (que, afortunadamente, aún no conoce el WhatsApp ni su gratuidad) que decía: “No le des agua si está llorando, que se puede atragantar”.

A mí si hay una cosa que me gusta de mi madre es su positividad, su confianza en que todo puede salir bien, su despreocupación…

SMS aparte, la noche fue buena y Alba solo tuvo tres despertares leves algo llorosos que resolví acunándola en brazos. Y aquí enlazo con el principio: por qué digo que soy masoquista.

Eran la 1, las 3 y las 6 de la madrugada, y sí, tuve que interrumpir mi sueño, salir de la cama, taparme con una rebeca para el frío, ponerme de pie y cogerla en brazos, pero volví a revivir la increíble sensación que es tener tan cerquita a un bebé en la soledad de la noche.

Sé que algunos dirán que estoy loca, sobre todo si padecen madrugadas y madrugadas de maldormir. Pero esos momentos en que la casa está en silencio total, en que todo está oscuro y sólo se oye la respiración de tu peque me parecen un regalo.

No negaré que tengo esta impresión ahora, que duermo de un tirón toda la noche desde hace mucho tiempo. Porque cuando Ada, que ha sido una maldormidora crónica, era pequeña el cansancio me podía de tal manera que un día me descubrí en el escaparate de una tienda de muebles mirando con auténtico deseo un sillón como si estuviera delante de una pastelería.

Y es que lo de Ada y el sueño no tenía nombre. Claro, que tampoco lo tenía nuestra inexperiencia de primerizos a la hora de intentar dormirla. Recuerdo a mi santo, que ya entonces hacía un curso acelerado de beatitud en CCC, balanceando la “maxi-cossi” (con la niña dentro, por supuesto) en el aire a medianoche. Ahora que lo pienso, la pobre criatura estaría mascullando: “Pero qué hacéis, si yo lo que quiero es que me dejéis dormir tranquila; mira que os denuncio al Defensor del Menor…”.

Con el tiempo fuimos aprendiendo a base de horas de sueño… perdidas. Porque íbamos como zombis por la vida, intentando recuperar el cansancio acumulado una noche tras otra. Pero es que por el día era igual. No se dormía si no era en el carrito. Pero en el carrito fuera de casa. Así que lloviera o cayeran “chuzos de punta”, como decía mi abuela, había que sacarla a pasear para que cediera en entornar los ojillos.

Daba igual que estuviera cansada o derrotada, no quería dormir y la mayoría de las veces no consentía en reclinarse, hasta que el sueño la vencía erguida y tumbada… hacia delante. Un número, pues había que quedarse fuera para que la siesta se prolongara un poco. Porque era poner una rueda en el portal de casa y abrir el ojo como un resorte. Un misterio que pienso plantear un día a Iker Jiménez para “Cuarto Milenio”.

Pero los niños van creciendo, llega un día en que ya no se despiertan de noche, en que ya no te reclaman, en que ya no los acunas, pues no te caben entre los brazos… Por eso he disfrutado tanto de este fin de semana de no dormir.

A todo esto, mi madre nos sigue llamando por si hemos encontrado algún síntoma raro en mi sobrina. Por ahora parece que no, pero, claro, lo mismo el trauma aflora a los 18 años y hay un psicoanalista argentino que se va a hacer rico a nuestra costa. Pues muy bien, que tal como está el mundo, hay que dar trabajo a mucha gente. ¡A llorar se ha dicho!

Terry Gragera

@terrygragera

Mamá, ¿la nada existe?

“Mamá, ¿la nada existe?”, me preguntó Teo hace unos días. Así, sin anestesia, y mientras íbamos a hacer la compra semanal al Mercadona. Tengo que confesar que, superado el impulso inicial de contestarle a lo Rafael: “Que sabe nadieeeeeeeee”, su interrogante me hizo cavilar un buen rato.

Tuve que esforzarme por aclararme yo primero. No, no me preguntaba por los agujeros negros, ni siquiera por el Bosón de Higgs, lo cual hubiera sido mucho más sencillo. Mi hijo de 6 años me cuestionaba acerca de un ente de orden ¿físico, metafísico, filosófico? Pero, criatura, ¡si yo soy de letras mixtas!

Vamos, que no tengo nada que ver ni con Parménides, ni con Kant  ni con Hegel. Me temo que soy mucho más mundana y que mis dudas existencialistas, si es que han aparecido alguna vez, no han trascendido más allá del común de los mortales: “La vida es una porquería, etc., etc.”. Lo que se entiende como un típico bajón que se resuelve con una llamada de teléfono a una amiga.

Y con respecto a mi santo, aunque no solemos ir por esos derroteros en las conversaciones de sobremesa (“cariño, estás muy pensativo”, “sí, es que reflexionaba acerca del nuevo ente gnoseológico”, “ay, qué cosas más bonitas me dices…”), puedo aventurar que ha tenido cuatro décadas para planteárselo y no lo ha hecho… todavía.

Pero nunca es tarde. Los hijos están aquí para ponernos en aprietos, para hacer que nos salga humo del cerebro, para enseñarnos el arte del carraspeo y del soplido. En definitiva, para reactivar nuestra vida y nuestra mente.

Hasta que mi niño, mi pequeñín, mi “bebé” me taladró con su pregunta, para mí “la nada” era otra cosa.

 La Nada: sentimiento que te acecha cuando en mitad de una cena tu suegra dice que tus hijos son de constitución delgada como…¡¡Su padre!! ¿Me está llamando gorda? Pero si a mí sólo me sobran unos kilillos de “nada”.

La Nada: sensación que te invade cuando tu hija te dice que prefiere jugar un rato con su papá. “Pero os quiero a los dos igual”. “Gracias, hija”. “De nada”.

La Nada: estado que te posee cuando a las once y media de la noche descubres que aún te quedan unas cuantas tareas por hacer antes de irte a la cama. “Pero si sólo es tender una lavadora, preparar los uniformes y hacer la comida de mañana; son tres cosillas de nada”.

Pues, eso, naderías, menudencias, fruslerías en comparación con los pensamientos de mi hijo. Porque sí, la charla siguió y tuve que argumentarle que por la nada se entendía cuando todo desaparecía. A lo que él respondió sin despeinarse: “Pues entonces si queda la nada ya hay algo” (sic). Y entonces no supe si abrazarlo, parar a la gente por la calle para contárselo, echarme a reír o hartarme de llorar. “Sí, pues entonces será que la nada no existe; mira, mira, qué coche más chulo”, regateé intentando parar la conversación.

Pero sé que la semilla de la duda ha quedado en su interior. Así que estoy pensando muy seriamente matricularme en un curso de alguna ciencia con el suficiente grado de sesudez: Teología, Filosofía, Arte Abstracto, Entrenadora de Fútbol… Yo qué sé. Lo que tengo claro es que no estoy a la altura.

Después de preguntarme por el Pecado Original y por La Nada, ¿cuál será su siguiente entelequia? ¿Veis? Si es que todo se pega; a ver, si no fuera por mi hijo, de qué iba yo a soltar semejante palabra: en-te-le-quia. Y me quedo tan ancha. Por cierto, una cosilla en confianza: ¿pero la nada existe o no?

Terry Gragera

@terrygragera

Yo quiero ser Vicky Beckham

Yo quiero ser Vicky Beckham, la Spice pija, la posh, esa muñeca de cera reconvertida en humana que nunca pestañea, que no se despeina, que no tuerce el gesto jamás de los jamases. Y no es por el maromo que tiene al lado, que David está bien, no lo niego, pero, después de confesar que sufre manía por el orden, no lo quiero yo en casa dedicándose a organizar las cebollas por capas. Definitivamente, no es cosa de hombres, que con mi santo me basta y, a veces, hasta me sobra. Es cuestión de niños.

Yo quiero tener esa indolencia delante de mis hijos, que no son cuatro como en su caso, sino la mitad. Anhelo poder regañarles sin que se me note; no perder nunca la compostura aun cuando me hayan sacado de quicio; poder decirles: “No” o “estate quieto” o “ven aquí” sin que se me mueva un músculo, sin contraer el rictus, sin contar “a la una, a las dos y a las tres”.

Y es que estoy harta de hacer de ventrílocua a lo José Luis Moreno. Porque odio los numeritos en la calle, pero los niños tienen la costumbre, el vicio o la virtud de mostrar sus habilidades para la desobediencia civil, militar y parental cuando hay público delante. Vamos, que los del 25S, unos aprendices a su lado. Y, claro, luego tú no te puedes poner a explicar a todo el que te vea: “No, si esto en casa no sucede; si a mí me obedecen”, “si los tengo controlados”, “si yo leo sobre psicología infantil”, “si esto no es lo que parece…”.

No es lo que parece, pero mis hijos tienen el don de abochornarme en público de vez en cuando. Y entonces es cuando me transmuto en Rockefeller o en Macario: “Omo uelvas a olestar a u herano, e astigo”. Todo intentando disimular y con una sonrisita de medio lado, para no parecer sobrepasada por la situación.

¡Qué fácil lo tiene la Beckham! Seguro que lanza sus: “Shut up!” en “modo látigo” y le quedan hasta bien, como un signo de distinción, a lo Isabel Preysler engullendo de un bocado un Ferrero Rocher (que para eso hay que valer).

Pero para las madres que no vamos subidas en tacones de 15 cm todo el día, la perspectiva es distinta. Regañamos y se nos nota el enfado a la legua, y volvemos a regañar y lo peor de todo es que muchas veces sin ningún resultado. Y entonces, lo confieso, en mi caso, me lanzo a la desesperada al anuncio de un castigo “cruel”.

Me maravillan los padres que nunca castigan a sus hijos. Porque sí, lo del refuerzo positivo está estupendo y tú quieres seguir esa doctrina y decides, tras leer varios libros sobre ello, que nunca jamás actuarás de modo “punitivo” contra tus hijos, pero cuando el niño se planta y dice “aquí estoy yo”, entonces te entran ganas de empezar el castigo (o la “consecuencia”) pertinente haciéndole copiar mil veces los manuales de marras.

Reconozco que muchas veces, según estoy diciendo: “Como vuelvas a hacer eso, te quedas dos semanas sin tele”, me falta tiempo para ponerme a rezar a San Judas Tadeo, patrón de los imposibles, para que el niño no lo haga, con tal de no tener que aplicar el castigo, con tal de no claudicar, una vez más, delante de él. Porque según está proyectándose a través de mis cuerdas vocales eso de: “Como vuelvas a…”, ya sé, sin ninguna duda, quién es el vencedor.

Pero entonces, ¿qué hacer? ¿Castigos sí o castigos no? ¿Corrección o advertencia? ¿Exhortación o sugerencia? ¿Sermón o admonición? ¿Manicura francesa o uñas de gel? (Ay, no que por un momento me he creído la Beckham…).

¡Cuánto me gustaría pasar por delante de las trastadas de mis hijos como quien camina por la alfombra roja directa a un photocall! Pero creo que llego tarde. Tengo que conformarme con lo que soy: una madre a veces chillona, a veces paciente; a veces malhumorada, a veces divertida; a veces estresada, a veces en estado zen, pero, al menos, siempre cerca de ellos. Es lo que tiene no ser famosa. No posar para los fotógrafos. Y no llevar tacones altos. Que se lo digan a Vicky Beckham, que solo se descompone ante sus mundanos juanetes.

Terry Gragera

@terrygragera

Entonces, ¿una noche o dos?

Si fuera visible todo lo que las madres almacenamos en la testa, me temo que luciríamos un peinado a lo Marge Simpson. “Ay, querida, pero eso, ¿es tendencia?, ¿es un must de este otoño?”. Pues no, es mi lista (invisible) de pensamientos. Cada una vamos con nuestra pirámide mental a cuestas y la sufrimos, sí, ésta también, en silencio.

En los últimos días mi cabeza, mi mente, mi cerebro, mi materia gris está a pleno rendimiento en el apartado “soy madre y me siento culpable”. ¿Por qué?

Desde que mi santo y yo cumplimos 10 años de gozoso, armónico, avenido y alborozado matrimonio, tenemos la costumbre de escaparnos un fin de semana al año…¡¡¡¡SOLOS!!! Vamos, sin niños, sin lo que viene siendo: cuándo-llegamos-pero-queda-mucho-me-aburro-no-quiero-andar-más-papá-ada-se-está-riendo-de-mí-mamá-teo-me-ha-puesto-una-cara-fea-esto-no-me-gusta-quiero-irme-a-casa-papáááááá-que-no-quiere-jugar-conmigo-mamááááá-que-no-que-luego-hago-los-deberes… En fin, todas esas historias del día a día por las que no cambiaríamos a nuestros hijos por nada del mundo. (Menos por un viaje en pareja… una vez al año).

Sé que por el rostro de muchos lectores estará corriendo ahora una lagrimilla… de pura envidia insana. Y lo comprendo. Pero que no se lleven a engaño. Esas mismas lágrimas me cuestan a mí los preparativos. A estas alturas en que debería tener más que claros el destino y la fecha, sigo dándole vueltas al tema de si irnos una noche o dos, porque, claro, luego es que “los niños nos echan de menos y lo pasan mal”… Como tan amablemente me expuso de soslayo, como quien no quiere la cosa, mi querida madre. Vamos, que me abrió los ojos de lo que sucedía durante nuestra ausencia (y luego les echó sal, para que fueran sanando).

Como si a mí hubiera que darme motivos para alimentar ese come-come, ese bulle-bulle de si seremos malos padres por el egoísmo de querer darles esquinazo durante 2 o 3 de los 365 días al año. Un 0,9% anual de tiempo “robado”, que para sí quisiera la inflación.

Y no es que durante el viajecito no nos acordemos de nuestros niños. En realidad, parecemos los protagonistas del reality “haga cosas absurdas cuando viaja”. ”Qué bonita la Catedral del Duomo”, “Sí, sí, preciosa, pero que no se te escape ese gato ni el coche deportivo, para luego enseñarles las fotos a los niños”. Nuestros reportajes fotográficos son monotemáticos. Aviso a antropólogos, biólogos e ingenieros: tenemos fotos de absolutamente todos los animalitos, coches y motos que por Europa tienen a bien estar.

Con estos viajes, además, mi concepto de moralidad baja de umbral unos cuentos peldaños. Confieso que compro, soborno y recalifico lo que haga falta a mis hijos para que lo pasen lo mejor posible antes, durante y después.

Nuestras maletas se llenan tanto de cachivaches infantiles y monerías varias a la vuelta, que más de una vez hemos tenido que emular al muñeco de Michelin, poniéndonos un jersey encima de otro, y de otro, para hacer hueco dentro del equipaje.

Hace unos días, y para quitarme el peso de mi (mala) conciencia antes del acontecimiento, le pregunté a Teo: “¿Cómo ves que papá y mamá se vayan un fin de semana solos?”. “Difícil”. Y hasta ahí puedo leer. Y ya me tienes a mí rastreando las cientos de miles de páginas de educación infantil en Internet para interpretar exactamente qué quiere decir un niño de 6 años cuando te ametralla con la palabra “difícil”.

A: Vosotros iros, que ya os lo cobraré yo en psicólogo infantil.

B: Difícil va a ser que veamos en un fin de semana más tele, porque a los abuelos me los meto yo en el bolsillo.

C: Difícil, difícil, ese regate de Ronaldo sí que es difícil.

Sea lo que fuera, este año también me marcharé pensando que estamos escapando vilmente por la puerta de atrás. Eso sí, a un destino antihijos. Y con esto quiero decir que no soporto ir a un sitio en el que intuya o imagine que mis niños hubieran disfrutado lo más mínimo. Porque entonces sí me sentiría como la mala-malísima del cuento. Por eso, en estos viajecillos nos dedicamos a hacer esas cosas que con niños no se puede, como salir del hotel por la mañana y volver por la noche tras 14 horas de intensa pateada por la ciudad. “Uf, qué gusto, qué de ampollas tengo en los pies”. “¿Ves como a estos viajes tenemos que venir solos?”. A esto le llamo yo psicología selfservice.

Pero esto no acaba aquí, porque cuando, ya por fin, mi dedo índice está a punto de darle al botón de “Comprar vuelo”, se me queda paralizada la mano, como una garra de pollo frito. “Pero entonces, ¿una noche o dos?”, vuelvo a preguntarle a mi santo. Y el pobre no dice nada, se rasca la cabeza (¿le estará creciendo tupé interior como a mí?) y suspira mirando al cielo, porque él también me sufre en silencio.

Terry Gragera

@terrygragera

 

Cuestión de esfínteres

Hace muchos años, y para hacerme la novia moderna, le regalé a mi santo un bonito e ilustrativo libro cuyo nombre me permito reproducir aquí anteponiendo mis disculpas. El ejemplar llevaba por título Cómo cagar en el campo, y debo decir que no ganó ningún Premio Planeta (tal vez porque no se presentó).

La obra, nunca mejor dicho lo de obrar, que dice haber sido bestseller en Estados Unidos (lo cual no me sorprende en absoluto), se presenta bajo el subtítulo “Una aproximación ecológicamente sensata a un arte perdido”. ¿Perdido? En sus páginas se desgranan temas tan apasionantes como “por qué es tan importante cavar el agujero y dónde hacerlo”, “qué hacer cuando no podemos cavar el agujero” y “consejos para la mujer: ropa, técnicas y artefactos para facilitar las deposiciones en la naturaleza”.

Mi santo, que ha sido, desde siempre, amante de la ecología y el montañismo, debió de leerse el librito de pé a pá, pero tan de pé a pá como para imprimírselo en su código genético y traspasarlo a la segunda generación; esto es, a nuestros hijos.

Pido perdón a los amables lectores que a estas alturas se pregunten qué hago yo desarrollando un tema tan escatológico, pero no podía resistirme a la tentación de lanzar al espacio digital esa pregunta que me corroe, me carcome, me inquieta, me indispone, me perturba desde hace tanto tiempo: ¿Por qué siempre que estamos fuera de casa a mis hijos les entran ganas de hacer aguas mayores?

Yo, que me tengo por escrupulosamente maniática, que hago malabarismos para no tocar los pomos de las puertas en los servicios públicos, que me aguanto lo indecible porque como en casa de uno, nada de nada, y van y me salen estos niños con el esfínter alegre.

Es que no falla, sea la situación que sea, el momento que surja o el lugar que encarte: mis hijos siempre tienen ganas de evacuar en la calle. Reconozco que mi santo y mártir es el que cumple con el trámite la mayoría de las veces. En ocasiones me toca a mí, y entonces sé que esa semana tendré que visitar al fisio. Porque coger a mis hijos en peso en esas estancias tan limpias y amplias que suelen ser los retretes públicos con tal de que no se sienten en la taza y de que no toquen nada de nada acaba por deslomarme. Pero me da igual. Antes tullida que angustiada.

En el zoo, en el parque de atracciones, cuando estamos bañándonos en la piscina, en mitad de una obra de teatro, en el parque, en el supermercado, siempre acabo escuchando una voz angelical que dice: “Me hago caca”. Y lo peor de todo es que sé que detrás de una viene otra. Porque mis hijos están perfectamente sincronizados en esta noble tarea biológica. Y siempre, y cuando digo siempre quiero decir siempre, al uno le sigue la otra, o a la otra el uno.

Mi santo, que es un hombre con recursos, ha ido perfeccionando la técnica, según el lugar de autos. Porque queda muy bonito y ecológico eso del agujero, pero hay pedregales y/o parques públicos que no dan ni para eso. Así que tenemos el recurso de la bolsita. Sí, sí, a lo perrito, y dejo a la imaginación de cada cual el resto de detalles.

Son mis hijos, los quiero y los adoro, pero reconozco que cuando, en el sitio más inoportuno, los oigo proclamar la sentencia: “Me-hago-caca”, pediría un rescate como el de Rajoy, o un rescatillo, para dimitir en ese momento de todos mis cargos como madre. Sobre todo, porque después del anuncio viene el golpe de gracia: “No me aguanto”.

He revisado minuciosamente el libro de marras para ver si ofrecía alguna solución cuando no se puede o no se debe. Pero nada. Y así nos va. Que luego dicen que consentimos demasiado a los hijos con lo material, pero ¿por qué no se habla de la educación de los esfínteres? Que a mí nadie me dijo que esto podía pasar.

Lo siento por quienes, al leer el título de este post, confiaban en encontrarse algo así como “consejos infalibles para que tu hijo deje el pañal en 34 horas y media”, o “cómo conseguir que el orinal se convierta en su mejor amigo”, o tal vez “vete a las Bahamas con lo que te ahorrarás en pañales”. Pero no, lo mío va por la escatología pura y dura, pero sin estreñimiento, que es lo que le faltaba a mi pobre espalda.

Y todo por regalar el libro que no debía. La próxima vez me lo pienso mucho mejor. Con lo bonitos y rositas que son los libros de Danielle Steel, que sólo con mirarlos parece que te ambientan la casa…

Terry Gragera
@terrygragera

Cuando acueste a los niños me paso

Si alguna vez me decido a invertir en un negocio, pensaré muy seriamente en los gimnasios. Debe de ser el lugar en el que más gente aparece, dona su dinero y no vuelve a poner un pie o un michelín sin reclamar nada. No hay desgaste de material, ni de aparatos, las cintas de correr no consumen energía… Vamos, que una vez que el chiringuito de las “preferentes” se ha venido abajo, me veo a Botín y a Goirigolzarri estudiando muy seriamente poner en marcha una cadena de fitness. Y todo esto ¿a cuenta de qué? Pues justamente a que soy una de esas dadivosas clientes que ha pisado el gimnasio sólo una vez: el día que hice la matrícula y me tocó pagar.

Está feo echarles la culpa a mis hijos, a mi santo y a la vida familiar. Está feo, pero lo voy a hacer. Y es que no soy capaz de organizarme, de sacar media hora para mí, porque cuando no son los deberes, es la compra “que-no-tenemos-nada-en-el-frigo”, y cuando no la plancha y cuando no llevar a uno de los niños a un cumple, y cuando no los baños y cuando no las cenas, y ¡cuándo no!

No me faltan propósitos, pero nunca remato. Lo he intentado por la mañana, antes de ir a trabajar, pero es que estaba tan oscuro que me dio miedito y me volví a la cama con mi santo (sin decirle nada, eso sí, para que no pensara que había perdido el juicio). Y he querido lanzarme por la noche: “¿Que cerráis a las 11 el gimnasio? Estupendo, cuando acueste a los niños me paso”. Pero luego compruebas cómo se te va cerrando la pestaña en mitad del cuento de buenas noches y piensas: “¡Pero dónde voy yo!, si voy a caer inconsciente en el lecho conyugal en menos de cinco minutos”.

Y por la tarde, claro, la vida de una madre es como una gymkhana del tipo “humor amarillo”. Cada jornada, el más difícil todavía. Superponiendo tareas, compromisos, atenciones… En teoría, a estas alturas de mi vida, con dos hijos de 9 y 6 años, me debería sentir con más libertad para esos 30 minutejos de nada unos ¿tres? días a la semana… Pero no.

Pensaba en ello el pasado fin de semana cuando me tocó ejercer de niñera y madrina. Cuidar de mi sobrina Alba, que está a punto de cumplir dos años, me recordó la etapa en que en vez de dos ojos tenía tres. Sí, tres, también el de la nuca. Porque en un segundo que me distraje a un metro de ella, se aventuró por la lona que cubría la piscina. ¡Eso no me pasaba antes! Yo tenía una especie de radar que me permitía oler el peligro cuando mis hijos eran más pequeños. Y me di cuenta de que lo había perdido.

No me pondré melodramática porque el tal incidente también me sirvió para rememorar todas las cosas que hacía con mis hijos y que ya puedo hacer sola. Por ejemplo: ir al baño. Sí, ir al baño, pero no a coger kleenex, no, ir al baño a hacer aguas menores y hasta ¡aguas mayores! Y que levante la mano la madre que no se ha entrenado en el arte de “corto el papel higiénico con la boca porque tengo al bebé en la otra”…

Pues sí, muchas, pero que muchas veces, tenía que dejar a mis niños a la puerta del baño mientras yo hacía lo que podía (perdón por lo escatológico del asunto). Realmente, miccionar cantando por Enrique Iglesias para que Ada o Teo me oyeran y estuvieran tranquilos era toda “una experiencia religiosa”. Y eso cuando no les daba por venir gateando hacia mí: “No hijo, por el suelo del baño, ¡noooooo!”. Y allá que lo cogías con la ropa interior por los tobillos que no te tropezabas y te dabas contra el bidé de puro milagro.

Y luego los médicos te aconsejan kiwi en el posparto por eso del estreñimiento. No nos vamos a estreñir… Y porque no hay una revisión dermatológica, pues apuesto a que a muchas zonas del cuerpo es imposible que llegue el agua en las duchas ultra-expréss que tenemos que darnos con un bebé en casa.

Eso pensaba yo para consolarme. “¡Qué bien, ya puedo ir al baño solita!”. “Y ducharme en más de 30 segundos”. Claro, son lujos que se me ha olvidado valorar con el paso del tiempo. Y están todos fenomenal, pero… ¡¡Yo lo que quiero es ir al gimnasio!!  Si sólo son 30 minutillos de nada, pero no soy capaz.

Mi santo, que es sabio, me dice que me tengo que organizar. Y, como en (casi) todo, tiene razón. ¿Vendrá de serie esto de sentirse culpable siendo madre por dedicarse tiempo a una misma? Mientras me aclaro, voy a probar con una nueva modalidad: el “fitness madrugadero”. Consiste en aprovechar que un niño te pide agua a media noche para quedarte despierta y hacer unas flexiones. Menos es nada, ¿o no?

Terry Gragera
@terrygragera

 

Encerrados entre pompas y cancelas (¡Feliz vuelta al cole!)

Mi santo se queja poco (o nada). Pero hay una cita obligada en el año en la que nuestra casa se convierte en el muro de las lamentaciones. Ni la subida del IVA, ni la rebaja de sueldo a los funcionarios, ni los virus, ni los vecinos ruidosos. A este virtuoso varón con el que comparto mi vida sólo lo sufro alterado cada comienzo de curso cuando nos toca, oh, cielos… ¡¡¡forrar los libros!!! Ya días antes se hace el remolón: “¿Pero hay que forrarlos obligatoriamente?”. “Sí, lo han dicho en la reunión”. “¿Pero todos?”, “Sí, todos y cada uno de ellos”. “Pues, vaya, si no sirve para nada, si al final los libros no se utilizan nunca más, si es que no lo entiendo…”.

Y el pobre es que se aflige de verdad. Anoche su desasosiego llegó a tal extremo que al lado del rollo de papel autoadhesivo (ése que carga el diablo) lo vi trasteando con el móvil. Había puesto en marcha el cronómetro de su teléfono y estaba contabilizando lo que le llevaba llenar de pompas cada libro. No sé si su intención era pedir daños y perjuicios al colegio por el tiempo malgastado de su vida o competir consigo mismo para ganarle la partida al dichoso encargo. “4 minutos y 30 segundos”, “3 minutos y 16 segundos; je, je “.

Pero lo importante es que nuestros niños han empezado sus clases con los libros (bien) forrados y con una mochila llena de ese pecadillo venial que son las mentiras piadosas: pero-si-te-lo-vas-a-pasar-genial-ya-verás-qué-bonita-tu-nueva-clase-y-seguro-que-no-te-ponen-tantos-deberes-que-no-que-la-falda-de-lana-no-pica-y-en-el-recreo-no-hace-calor-si-ya-estabas-deseando-ver-a-tus-amigos-y-a-tus-profes-qué-bien-qué-bien-volver-al-cole-qué-bien.

Porque tenemos a nuestros niños medianamente bien educados, que si no era para que nos mandaran a tomar Fanta, como dice el anuncio. Y más con un verano como el que han pasado. Ha habido de todo, incluso un intento institucional de secuestro. Lo desarrollo. La jornada prometía. Mi amigo David nos había convocado a la tarde de las 3 “P”: piraguas, panceta y pacharán.

Allí que nos dirigimos cuatro familias con 10 niños; la mayor, Ada, de 9 años y de ahí para abajo, de todas las edades. El plato fuerte era dar un paseo en piragua por un pantano de Madrid. Confirmé con júbilo que Dios existía cuando nos ofrecieron piraguas de tres ocupantes. Porque una es muy madraza y todo lo que quieras, pero lo de ponerme a remar… Así que mi nunca bien ponderado marido y mis dos hijos, amén de los otros padres, se perdieron en lontananza cual pececillos. Volvieron del safari exprés acuático y, como hacía muy buena tarde, decidimos darnos un baño. Estábamos en una zona recreativa gestionada por la Administración. Como relata la voz en off de los documentales: nada hacía presagiar lo que pasaría después. Una hora más tarde, cuando nos disponíamos, por fin, a dar buena cuenta de la segunda P: esa panceta churruscadita, vino la gran aventura.

¿Quién ha dicho que no se pueden poner puertas al campo? Ese campo las tenía: una verja bien cerrada y candada y ninguna forma de salir de allí, al menos en coche. ¿Y bien? Petición oficial telefónica de rescate y “en una hora se pasará una patrulla por allí”.

Durante esos 60 minutos sucedieron muchas cosas. Conatos de llanto en algún peque, una discoteca móvil improvisada con la radio del coche (que ya quisiera Pocholo M. Bordiú), búsqueda incesante de la llave escondida en algún dintel que en las novelas de aventuras abre, por fin, la puerta… Y muchas, pero que muchas imprecaciones (algunas de ellas con la letra homenajeada en cuestión) a costa de las simpares empleadas que decidieron dejar nuestros coches (y a nosotros y nuestros niños) dentro del recinto sin avisar.

En un momento dado, mi santo y Pedro, otro de los retenidos, plantearon la opción de tumbar la puerta, cual Jackie Chan. Y ahí sí que arreciaron los llantos. “No, que a mi papá lo van a meter en la cárcel por tirar la verja abajo”. “No, papááááááá”. Y, claro, cómo le explicas a unos niños que los malos son los otros aunque seas tú el que comete la fechoría. Para tranquilidad de todos, la patrulla llegó antes de que pudiera consumarse la fuga de Alcatraz y nadie tuvo que entrar en presidio (con p).

Debo decir que, tras el incidente, la panceta ya no nos supo tan bien… Por eso decidimos darnos a la morcilla. ¡Y qué morcilla! Porque eso sí, si una cosa conviene enseñar a los niños, es que nada les debe quitar el apetito, que bastantes penurias trae ya la vida.

Mirad mi santo, que no deja de comer ni cuando llega la temporada del libro (forrado). “Con patatitas”, dice que se traga la delicada tarea de encuadernar la esencia del conocimiento de sus hijos.

Y mientras, Teo, que a sus 6 años no para de darle vueltas a la cabeza, va y nos suelta la primera del curso: “Mamá, ¿qué es el pecado original?”. ¡Ay! voy a por el antiácido, que mi santo me lo agradecerá.

Terry Gragera

@terrygragera

¿Cómo entretienes a tus hijos en los viajes?

A principio de este mes de agosto lanzamos un concurso en Facebook para recoger las propuestas ANTI CQ. ¿Anti qué?

Puedes ser desesperante cuando te montas en el coche (ni te cuento si vienes de regreso) y antes de que pasen 10 minutos, cuando aún no has cogido ni la carretera, uno de los pequeñajos te pregunta “¿cuánto queda?” No, por favor, aún no!!!! Pues ahí estamos los padres, estrujándonos la cabeza para entretenerles y que vaya pasando el tiempo y los kilómetros.

A través del muro de Facebook de Creciclando o por correo electrónico recogimos propuestas ANTI CQ. Son todas geniales y hemos querido recogerlas y compartirlas. Esperamos que os sirvan y que os animéis aportando otras nuevas.

nuclearesno.gracias.9, por mensaje privado de Facebook

“Nosotros tenemos tres niñas y viajamos mucho y despacio: vamos con caravana a Alemania, Suiza, Austria y un año fuimos a Normandía y la bretaña francesa.
Un juego que les entretiene mucho es jugar ellas contra nosotros. Ellas proponen una palabra y cantan una canción en la que aparezca esa palabra, luego la tenemos que cantar nosotros y así hasta que uno falle; también jugamos a ver quién ve más animales.
Otro que les gusta mucho es que cada uno proponga una canción (luego la cantamos todos) y ¡así hemos llegado a estar cantando hora y media!
O a ver quién sabe más señales de tráfico: Les damos el mapa y les decimos una ciudad, les vamos dando pistas, al norte de Valencia pero al sur de Barcelona, tiene mar…

Julio A., en el muro de Facebook
“Entretener contando algún cuento o historia divertida e inverosímil. Ese es mi recurso que nos suele funcionar.”

Ana A., por email:
Los animales: “Se decide la categoría de animales según la edad o conocimientos de los participantes (de agua, de tierra, de aire, de mar, de río, de selva, reptiles, mamíferos, etc.)
Por turnos, cada uno va diciendo un animal, el que repita, tarde demasiado o se equivoque de grupo de animal, queda eliminado. Aunque lo más divertido del juego es ayudarse unos a otros con pistas, ruiditos o mímica; buscamos entretenernos durante un buen rato no es necesario acabar con un ganador.
Este juego podemos hacerlo con flores, ciudades, etc.”

Isabelle M., en el muro de Facebook.
Mis hijos son expertos en pasar viajes largos a pelo inventando juegos absurdos como memorizar los códigos de barras de la crema de protección solar o el juego de los “mirones“: hay que mirarse fijamente y pierde el que deje de mirar.

Carlos R., en el muro de Facebook.
Nosotros empezamos una historia inventada y por turnos hay tiene que continuarla. Cuanto más surrealista sea la mezcla de ficción y alusiones a la realidad cercana, más divertido. También jugamos a adivinar canciones que tarareamos sin letra, a ver el primer coche de un color concreto, a aguantar más tiempo sin reírse… Una cosa que les encanta es contarle historias de cuando eran muy pequeñas.

Elsa C., en el muro de Facebook.

Viajamos en una furgoneta, son 4, y van enfrentados dos a dos. Juegan a quitarse un calcetín, cuanto más apestoso mejor, y a tirárselo a la cara unos a otros. El que lo recibe grita horrorizado y el resto se parte de risa. Los calcetines van volando por el coche, acaban por cualquier parte.

Elena P., por email:

1) “Ver coches amarillos. Antes había muchos, pero ahora todos son grisesazuladosmetalizados y los amarillos, para nosotros, son piezas codiciadas. El primero que lo ve, se apunta el tanto”.

2) Imagino, Imagino. Es como el “veo,veo” pero con cosas que no tienes porqué estar viendo, y tienes que dar pistas diciendo para qué sirven.

3) Inventar una historia. Hacemos una historia en la que cada uno inventa un trocito.

4) “Piedra, papel y tijera”, pero con otras cosas. Dos jugadores y un juez. Cada uno de los jugadores tiene que pensar una palabra, y a la voz de “uno, dos, tres” tienen que decir cada uno la suya. Por ejemplo, uno dice miedo y el otro champiñón. Entonces, por turnos y con el que hace de juez poniendo mucha atención, cada jugador tiene que justificar porqué su elección gana a la otra. El miedo puede al champiñón porque se apodera de él y el champiñón no se atreve a salir de su casa, y está todo el rato llorando, y no hace más que llamar a su mamá….., contra,…. pues el champiñón puede al miedo porque, como es tan asqueroso, el miedo se va corriendo y no quiere ni olerlo porque huele “a peste”…… Hay un turno de réplica para que cada jugador aclare su postura y el juez, en función de que le gusten más o menos los champiñones, decide quien gana. Y vuelta a empezar.

Raquel S., en el muro de Facebook:
“Respecto a los juegos de viaje a nosotros nos gusta mucho jugar a ¿En qué se parece? o a ¿En qué se diferencia? Sobre todo es muy divertido con animales, en qué se parece una oveja y una vaca (tienen 4 patas, una boca, viven en la granja…) y en qué se diferencian (una hace bee, otra muu, una da lana, otra da leche,etc). Como véis es un juego que da mucho idem, puedes buscar parecidos o diferencias en formas, colores, sonidos, texturas, tamaños, … Espero que lo disfrutéis, a mi hija de 4 años le gusta mucho.

Ana del E., en el muro de Facebook
El socorrido veo-veo va pasando de generación en generación y siempre es divertido y entretenido mis niños ya son mayores y les sigue encantando nos turnamos con las palabras encadenadas uno dice una palabra y el otro comienza la siguiente con el final de esa primera palabra y así sucesivamente, es una forma de que desarrollen su imaginación y aprendan vocabulario.

Raquel B.en el muro de Facebook
Nosotros que solemos ir para el norte de España, aprovechamos la lluvia para hacer “carreras de gotas” por los cristales laterales. Cada uno elige una gota, y a medida que avanza el coche, esta se va desplazando hasta el final de la ventana. Por supuesto, gana el que haya elegido la gota más rápida. Ah, y si en el camino, la gota se “traga” otra y se hace más gorda, tiene un punto extra.

Juan Carlos A., en el muro de Facebook (sin participar en el concurso por estar fuera de plazo)

Pasatiempo “matemático”. Intentad mirar el paisaje y descubrir algún objeto que pueda “contarse”. Por ejemplo, unas vacas, o unos molinos eólicos. Ese primer objeto sirve como excusa para comenzar un itinerario de sumas y restas. “Mirad, hay cinco vacas en el prado. Si tres de ellas se van al pilón a beber agua, ¿cuantas quedan en el prado?;… a la tres vacas que van al pilón se le juntan otras cuatro que venían con el pastor, ¿cuantas vacas hay en el pilón?;… de las que quedaban en el prado, hay una que se va hacia el establo por que la van a ordeñar, ¿cuantas quedan en el prado?;… Así se van sucediendo escenas en las que hay que saber sumar y restar y hay que tener memoria para acordarse de cuantas había en cada escena. Os aseguro que puede acabar siendo un lío divertidísimo. El contador de la historia también puede ser uno de vuestros hijos y os sorprenderá lo mucho que son capaces de complicar la historia los niños para hacer que os confundáis,…

Nos han encantado todas las propuestas, pero había que elegir una. El premio sería para la propuesta más original y la ganadora es: ¡TACHÁN, TACHÁN!

La peculiar versión del “Piedra, papel y tijera”, pero con otras cosas, propuesto por Elena P.

¡Enhorabuena Elena!

El premio es el libro “Crear y reciclar. Manualidades fáciles y creativas para niños”. Un libro que nos encanta, que tiene mucho quie ver con la filosofía de Creciclando y que entretendrá a los peques en origen y destino.

 

Muchas gracias a todos por participar.

¡Que tengáis un buen viaje!

 

Así acabó la historia

Post Creciclando

Como un parque de atracciones. Así es la vida de cualquier familia con hijos, por eso a nadie le extrañará que los “sucedidos” que he venido relatando en este Blog sean totalmente ciertos.

Muchas de las historias se quedaron aquí en un punto y seguido; por eso, y como participo de la tendencia general de hacer balance a final de curso, como si aún estuviera en etapa escolar, repasaré los finales de los momentos que he compartido con vosotros a través de estos post.

Edad recomendada O cómo los padres nos empeñamos en adelantar etapas en nuestros hijos, por supuesto, fastidiando a los demás.

Ya no aguanto más, tras revivir esta experiencia en otras actuaciones infantiles, me planteo seriamente crear una asociación de damnificados. Bueno, seriamente no, es solo en mi fuero interno, pero que sepáis, padres que nos arruináis a los demás los espectáculos, que me he quedado con vuestra cara. Con la de todos.

De virus, escapadas y culpas O por qué siempre los niños se nos ponen malos cuando decidimos salir solos o tenemos citas apetecibles.

Mis hijos han seguido cazando virus, especialmente en fechas señaladas. Que hay una boda o nos juntamos para celebrar dos o tres cumples, ahí que faltamos… Ante tanta ausencia a eventos organizados por amigos, los más osados han empezado a preguntarnos si tenemos algo que esconder e incluso dudan de que haya “terceras personas”… Y están en lo cierto. Yo/mi santo, nuestro hijo y el médico.

Mil padres en uno O cómo los hombres son esos seres encantadores que crían a los hijos “a su manera”, como diría Frank Sinatra.

Sin novedad en el frente. El padre de mis hijos continúa obviando la composición de los tejidos según las estaciones, creando tendencia al combinar colores, dándoles un phoskitos como postre de la cena y riéndose ante sus trastadas cada vez que la ocasión lo merece. ¿Y yo me enfado? Qué mejor valor que la coherencia en los propios ideales.

Arggggg… ¡Piojos! O cómo unos seres tan diminutos son capaces de poner en jaque a toda una casa durante semanas.

Pues no, como era de esperar, este año tampoco nos libramos. Fue escribir el post y no más allá de 10 días después ver a uno de mis hijos rascándose la cabeza con fruición. ¡Oh, cielos!, pero si yo había tocado madera con los dedos de los pies mientras escribía sobre piojos. Pues no fue suficiente. Una vez más volví a plantearme si soy buena madre porque en esta ocasión tampoco se me pegaron. El psicoanálisis me ronda.

La teta  O cómo deshacerte de comentarios inoportunos cuando estás dando el pecho.

“¿Te gustaría tener otro hermanito?”, pregunta mi suegra un día sin más. “Sí. Yo quiero tener un hermano para tomar otra vez teta”, dice Teo. Y su hermana asiente. La pobre mujer, que no es de comunión diaria, pero está pensando seriamente en reconsiderarlo para poder soportar a la indomable de su nuera, se queda perpleja y seguro que piensa que esos más de dos años de lactancia han horadado la razón de sus nietos. Si es que nadie es perfecto.

Los celos: ¿un mal necesario? O cómo hacer que tus hijos entiendan que puedes quererlos a los dos a la vez.

Toda mi esperanza de que con el paso del tiempo los celos entre mis hijos acabarían quedándose atrás fue infundada. Es más, parece que se han recrudecido. Sus métodos para “hacerse rabiar” son cada vez más sofisticados y refinados, vamos, que estoy por preguntar en qué momento han visto CSI a mis espaldas.

Malcriar… ¿o bienamar? O cómo la gente te persigue para que no cojas a tus hijos en brazos.

Indómita, que soy una indómita. Como mis niños ya no tienen edad de que los coja en brazos de día, los mimo de noche. Que alguien que firma best-sellers dice que hay que dejar a los niños solos en su dormitorio, pues yo acompaño a mis hijos hasta que se duermen. Que se despiertan de madrugada, allí que acude su padre (que por algo es santo, ¿no?). Todo por ir contracorriente y a favor del instinto. Y que sea por muchos años.

Por cierto, Pepe abrazó por fin a su mujer y ella lloró de felicidad. España acababa de ganar la Eurocopa.

Amigos O cómo los padres nos empeñamos en elegir algo imposible: las amistades de nuestros hijos.

Tras la publicación de este post en que nombraba a dos amigas del alma: Esther y Estíbaliz, se emocionaron tanto que comenzaron a hablar a todos sus conocidos de Creciclando. La web se desbordó, el negocio se exportó al extranjero y hoy cotiza en Bolsa. Bueno… por una vez se puede soñar, ¿no? No obstante, el buen trabajo del equipo de Creciclando merece un Dow Jones y mucho más.

Caballito: historia de una mascota O cómo los padres podemos convencer a nuestros hijos de que un pez es un animal de compañía.

El pobre Caballito no recibió finalmente sepultura. Es un secreto, pero permanece con nosotros, embalsamado entre servilletas de papel y film transparente, esperando que nuestra hija se acuerde de él o se olvide para siempre. “¿Por qué no lo tiramos ya a la basura?”, he interrogado a mi santo varias veces. Él se limita a decir que no con la cabeza. Y es que un día si Ada pregunta que cuándo vamos a enterrar a su pez y le decimos que no está, me veo a su pobre padre recorriéndose otra vez los acuarios y cometiendo un asesinato para mostrarle el cuerpo incorrupto de Caballito. Y eso sí que no.

Día de la Madre  O qué hacer cuando se pierde el regalo que ha hecho en el cole tu hijo para ti.

La bonita y sin par muñeca-cuchara de palo que hizo mi santo para purgar su descuido luce hoy en mi dormitorio como si hubiera sido elaborada por las inocentes manitas de mi hijo. Y yo me pregunto cada vez que me voy a dormir: “¿qué sentirá mi marido al ver ahí su obra: culpa u orgullo?”.

Generosa O cómo pedirle a tus hijos que sean más solidarios de lo que tú eres.

36 gallinas ponedoras cacarean en Dubbo (Etiopía) gracias a Ada. Su Comunión se celebró en mayo y, tal como había anunciado, destinó el dinero que le regalaron unos cuantos buenos amigos a este propósito. Estaba feliz, casi más que con otros presentes que recibió. En su carta a los niños etíopes sólo les pedía una cosa: que a una la llamaran Cotufa y a otra Ceferina. ¡Esa es mi niña!

Goles y albóndigas de lata O cómo el embarazo altera tan intensamente las hormonas y otros sentidos.

Sigo sin probarlos: ni los berberechos ni las albóndigas en lata. Y creo que será para siempre. Amén.

Adán, Eva y los trogloditas  O cómo explicarle a tus hijos el Génesis y otros episodios religiosos.

Aunque fue la Comunión de Ada, las charlas teológicas entre mis hijos están un poco más calmadas. Han pasado de este tema al de las “partes íntimas” (¡Glup!). San Google, san Google, ruega por nosotros.

¿Y tú que quieres ser de mayor? O cómo nos empeñamos en influir en el futuro de nuestros hijos.

Tras los últimos acontecimientos, estoy replanteándome seriamente la conveniencia de que mis niños se hagan funcionarios, que como sigamos así, cuando les toque a ellos van a tener que pagar por su plaza fija: “Imagínate qué chollo, mamá, nos sale sólo por 100.000 euros”. Y lo de constructor o médico tampoco parecen buenas opciones. ¿Y la vida contemplativa? Anda que no hay conventos en España…

Playas con encanto O cómo por nuestros hijos hacemos sacrificios a los que jamás pensamos llegar.

Pues sí, nos escapamos a una playa con encanto… para mis hijos. Qué patinetes con toboganes (un lujo del modern design), qué paseo marítimo lleno de puestos (“papá, cómprame algo, cómprame, cómprame”), qué olor a fritanguilla desde los chiringuitos. ¡Una maravilla! ¿Quién cambiaría esto por una recóndita cala en la que se pudiera leer un libro tranquilamente y como único sonido se percibieran las olas del mar? Se me caen. Los lagrimones.

Más que un torneo  O cómo los padres perdemos la razón cuando compite nuestro hijo.

“Tú baloncesto, hijo, que eres alto y se te da muy bien”. Una y otra vez, una y otra vez repitiendo este mantra para que llegara la dichosa Eurocopa. Como en casa somos profanos en la materia, Teo empezó hablando de Mister Casillas (sic) y acabó el día de la final pidiendo la equipación de Iker Casillas, el-mejor- portero-del-mundo-que-tiene-una-novia-periodista. Tal cual. Y claro, ahora va vestido como él, que ya se encargó su padre de buscarle el atuendo por cielo y tierra. Y no es que Iker me caiga mal, pero me haría tanta ilusión que preguntara por Pau Gasol…

Ese día llegó O cómo se transfiguran los padres cuando sus niñas se van haciendo mayores.

Ada lleva todo el verano con su parte de arriba del bikini. Pero su padre respiró ¡y de qué manera! cuando interpretó en su fuero interno que era “producto de la presión social”, vamos que, en realidad, su niña no se está haciendo tan mayor, sino que imita al resto de niñas de su edad. La esperanza es un bien tan preciado, querido santo mío.

Darse la vuelta O cómo los padres, también los famosos, disfrutamos de otras cosas.

Tras ver en la celebración de la Eurocopa que más que un equipo de fútbol aquello era un Kindergarten el día de fin de curso, Gerard Piqué y Shakira decidieron contribuir a la causa. Y parece que lo van a conseguir.

¿Bien o en familia? O cómo los términos suegra y vacaciones son totalmente incompatibles.

Tras escribir este post me aseguré de que mis padres se dieran de baja en Internet para que nunca pudieran leerlo. Por la herencia… digo, por el disgusto, más que nada. Con respecto a mi suegra, no sé si lo leyó o no. Y lo peor, no me atrevo a preguntarlo.

Brigada antivicio O cómo los hijos se empeñan en torpedear las muestras de cariño de los padres.

Tiempo de sol, piscina, cuerpos en bikini… Bueno, que ya no estamos en edad, pero mis hijos siguen en sus trece. Son capaces de volverse a meter en el agua, aun habiéndose salido tiritando hace un minuto, con tal de separarnos a su padre y a mí de un casto abrazo. Con lo que se cotiza una pareja bien avenida…

Una “tranquila” jornada playera O cómo las suegras siempre tienen la razón.

Ya no tenemos a Yola Berrocal paseando por casa porque el labio de Teo se ha deshinchado, pero ha costado lo suyo. Cuando Suegra II decía aquello de “a ver quién os atiende por ahí” tenía toda la razón. En Urgencias no vieron otra heridita interna y el labio se infectó. Conclusión: no solo el socorrista estaba dormido en esa playa aquel día.

Tras este repaso, os dejo disfrutando de vuestros hijos el resto del verano. Creciclando y su Blog siguen en marcha, pero yo regresaré con mis post en septiembre. Quién sabe: ¿llegaré a ser la nuera preferida de mi suegra?, ¿entrará mi hijo en los alevines del Real Madrid… de fútbol?, ¿decidirá mi hija que lo de estudiar es un rollo y que quiere prepararse para entrar en Gran Hermano?, ¿seguirá sumando santidad mi santo marido? Todo esto y mucho más, a la vuelta.

Terry Gragera

 

Una “tranquila” jornada playera

Eso me pasa por mala, remala. Y es que parece que una ya no puede disfrutar de un tranquilo día de playa después de haberse metido con Suegra I y Suegra II. No creía yo que mis dotes de bruja, no como lo entienden algunas, sino en el sentido más profético del término, fuesen tan ajustadas. Porque donde hace dos post decía: “Escena 3, en un paseo por la tarde se te ocurre dejar que tus hijos monten en unas camas elásticas del paseo marítimo…”.

Pues sí, se nos ocurrió. Y Teo acabó con el labio partido. “Os veo en Urgencias, y a saber quién os atiende”. Y a Urgencias que nos fuimos para que entre el enfermero y el médico decidieran si la criatura necesitaba puntos de sutura o de aproximación.

Todo esto en una jornada playera de lo más reseñable. “Vamos a la playa”, le dije a mi santo y mártir marido. Y él, que es más de campo, asintió. Con lo bien que estábamos en la piscina y bajo los sauces llorones jugando al monopoly con los niños y no se me ocurre otra cosa que planear un día en el mar. Pues allá que nos fuimos. Y casi acabamos en comisaría.

Bandera verde, ¡estupendo! Pero con lo que no contábamos es con que el socorrista había decidido no herniarse aquella tarde izando otra bandera. “Uy, qué olas”, “pues sí que se está levantando el mar…”. Hasta que, catapún, llegó el olazo, esa ola que es capaz de traumatizar al niño más feliz del mundo y hacer que no vuelva a meterse en agua salada nunca más. Esa ola que, por supuesto, revolcó a mis hijos y a mi querido esposo, una y otra vez, una y otra vez de nuevo, contra las piedras, la orilla, otros bañistas y demás entes sólidos, líquidos y gaseosos del litoral.

El padre salió magullado; los niños, llorando y gritando. Y la congoja les duró no menos de media hora ininterrumpida (no exagero), durante la cual fuimos objeto de penetrantes miradas dispuestas a arrancarnos la patria potestad de cuajo. “Es que hay que tener cuidado con las olas”, nos increpó un señor mayor; “pues dígale a su ayuntamiento que contrate a otro socorrista más espabilado”, me dieron ganas de contestar. Pero no, allí aguantamos impávidos los gritos y las lágrimas de nuestros hijos, mientras sentíamos los comentarios de toda la playa pegados a nuestra chepa.

“Papá, y tú no has hecho nada para sacarme…”, resaltaba Teo mientras su pobre padre se limpiaba la sangre de la rodilla, y a todo esto Ada lloraba: “Ay, si no llego a pasar a 5º de Primaria…”. Vamos, que alumnas tan convencidas como ésta ya quisiera tener el ministro Wert.

Nos fuimos de la playa justamente a los 20 minutos de haber llegado y de sufrir los revolcones de las olitas que el socorrista tuvo a bien obviar. Para distraerlos del disgusto se nos ocurrió montarlos en las atracciones del paseo marítimo con el resultado ya sabido del pobre Teo luciendo unos morros que ni Yola Berrocal.

Qué relajante jornada playera, qué descanso, qué paz… Si es que, en el fondo, nos pirran los deportes de riesgo. Las aventuras. Y a mí me viene de antiguo. Porque cómo recuerdo esos veranos en que, desde nuestra casa de campo, iba a comprar a la tienda de ultramarinos del pueblo más cercano (a “La Bienve”, para más señas) y las madres arengaban a sus niñas: “Llámale guarra” (sic) porque iba en pantalón corto, ¡eso sí que era emoción!

El año que viene, nada de excursiones playeras, o al menos no tras haber hablado de las Suegras. Al pueblo en shorts o en pantalón largo, pero al pueblo. Que luego pasa lo que pasa.

 

Terry Gragera