Brigada antivicio

Mis hijos reaccionan rápida y ferozmente ante varias circunstancias. Una de ellas son las demostraciones de amor entre su padre y yo. No es que nos dediquemos a la pasión y al frenesí delante de los niños, pero cuando nos abrazamos o simplemente nos damos un casto beso en los labios, surge de inmediato la “brigada antivicio”, como yo la llamo.

Teo y Ada acuden entonces con toda prisa a separarnos, la mayoría de las veces diciendo: “No, no”, entre risas forzadas que quieren disimular lo mucho que les molesta la situación. Y eso que no somos empalagosos ni zalameros; porque a ciertas alturas del camino me temo que los arrumacos en exceso han pasado a mejor vida. Pero, a pesar de ello, ante la mínima expresión de acercamiento surge la alianza de las civilizaciones (entre hermanos) para separarnos cuanto antes, mejor.

Si lo pienso bien, es de las pocas veces en que ambos están de acuerdo de entrada, sin pararse a discutir sobre quién secunda a quién. El objetivo es claro: impedir que papá y mamá se traten “como novios”.

Hace muy poco vivimos una escena de este tipo. Intenté razonar con ellos diciéndoles que era mucho mejor que sus papás se manifestaran amor. “Además, gracias a que nos queremos, estáis vosotros aquí”. “Sí”, contestó Ada, “pero como ya hemos nacido, se acabó el problema”. Lo que se traduce en: el objetivo fundacional de vuestro baboseo ha perdido su razón de ser. Así que, a otra cosa, mariposa.

Desde muy pequeños, recuerdo que han reaccionado de esta forma; ay, esos celillos marca de la casa. Y la verdad es que no sé cómo interpretarlos. Ni se me ocurre consultarlo con un experto, ya que de un complejo de Edipo sumado a otro de Electra en grados severos no me libra nadie. Así que prefiero pensar que, como las sillas o las mesas, ellos se sienten más seguros cuando las cuatro patas de la familia están al mismo nivel. Sin apartes por nuestro lado.

En estos días se cumplen 20 años desde que mi nunca suficientemente ponderado esposo y yo nos conocimos (sí, nos encontramos muy jóvenes…) y es inevitable hacer balance. ¿Puede una mujer con las neurosis a flor de piel haber hecho feliz a un bendito como él? Espero que sí. Dos décadas, dos hijos y no diré cuántos kilos de más en mi báscula (no por nada, si no son tantos…). En la felicidad de Ada y de Teo él tiene muchísimo que ver, así que le devuelvo con todos los honores y para siempre la condición de santo, a la que añado la de mártir por aguantarme todo este tiempo.

Para los próximos 20 años, y si Corega Ultra y otros gadget seniles que están por llegar nos lo permiten, tendremos que inventar otra forma de achucharnos en público. Porque, entonces, y con los antecedentes que tenemos, serán nuestros nietos los que acudan, raudes y veloces, a ponernos tierra de por medio.

Terry Gragera

¿Bien o en familia?

 Diccionario de la Real Academia Española, definición de “suegra”:

  1. Madre del marido respecto de la mujer, o de la mujer respecto del marido. // 2. Parte en la rosca del pan, que corresponde a los extremos del rollo de masa y suele ser lo más delgado y cocido. // 3. Rodete para llevar peso sobre la cabeza.

Sí, lo de extremo, rollo y peso sobre la cabeza es realmente atinado, pero leo y releo, y a mí me falta algo. ¿Dónde está la acepción que recoge: “Señora que fastidia las vacaciones, si va porque va y si no va porque no va”?

Y es que la imagen de la suegra metida a presión en el coche no ha perdido actualidad. Y cuando digo presión, me refiero a presión mental, claro está. Porque ¿puede alguien en su sano juicio mantener que irse de veraneo con la suegra es descansar, desconectar, desagobiar, desestresar, desangustiar y todos los demás des- que llevamos ansiando un año?

No aspiro a ganarme el cielo, o al menos no de este modo tan gravoso, así que reconozco que huyo, cual prima de riesgo hacia adelante, cada vez que llega junio y hay que plantear las vacaciones familiares. “¿Unos días con quién?, pero si sólo tengo 3 semanas de vacaciones, cariño”. Y nótese que digo “cariño” para no revelar la identidad del causante del pecado.

Así que seguiré siendo prudente y hablaré de mi experiencia con Suegra I y Suegra II (pues o de mi santo esposo o de mi santa paciencia son suegras las dos abuelas de mis hijos). Y con ambas puedes apostar 100 a 1 a que te encontrarás situaciones como éstas:

Escena 1

En la playa se te ocurre ponerle a tu hijo, no al niño de la toalla de al lado, sino a ése que llevas criando unos cuantos años, una camiseta blanca en las horas de más sol.

Suegra I: “Desde luego, vaya tonterías; en mi época no se usaba nada de eso y nos hemos criado fenomenal. Es que los protegéis demasiado”.

Suegra II: “Pero si eso no sirve para nada, que no paran de avisar en la tele de los peligros del sol, inconscientes, que sois unos inconscientes, que esa camiseta de mercadillo no vale si no tiene filtros para los rayos UVA, gamma, fluorescentes y electromagnéticos. Lo veo en Urgencias con quemaduras de primer grado, y a saber quién os atiende aquí”.

Escena 2

A la hora de la comida, se te ocurre darle un helado de postre a tu hija, y no un polo flash ni uno de hielo, sino uno de los caros, a 6 euros la tarrina.

Suegra I: “Desde luego, cómo los consentís. Todo el día con caprichitos. En mi época sólo se tomaba helado los domingos y nos hemos criado mucho mejor”.

Suegra II: “Pero un helado, con lo frío que está. Esa niña se va a poner mala de la garganta, y mañana estará con fiebre y llegará a 40 y con lo peligrosas que son las convulsiones febriles… La veo en Urgencias, y a saber quién os atiende aquí”.

Escena 3

En un paseo por la tarde, se te ocurre dejar que tus hijos monten en unas camas elásticas del paseo marítimo.

Suegra I: “Desde luego, estos niños no paran de pedir dinero, cómo se nota que no le dan valor a nada, si es que los habéis acostumbrado a que siempre sea fiesta”.

Suegra II: “Pero estáis locos, a ver si se van a doblar el cuello al caer. Que el nieto de una amiga mía se resbaló en un columpio justo, justo como éste y estuvo fatal. Qué inconscientes sois. Os veo en Urgencias, y a saber quién os atiende aquí”.

Escena 4

Tu niño (o tu niña, que para este caso da igual) se coge una rabieta de las que hacen época. Patalea, da un portazo, te dice que tú no mandas sobre él y se pone a gritar, cual Belén Esteban en sus mejores tiempos, cuando lo mandas a su dormitorio a “pensar”.

Suegra I: “Ven aquí, tú, que tus padres no te entienden. Malos, malos. Anda, hijo, ven con la abuela, que te perdona todo”.

Suegra II: “Ay, mi niño, qué le han hecho sus papás… Venga, ¿a qué te vas a portar mejor? Ya está, ya se pasó, que no se han dado cuenta. (“Qué poca cabeza tenéis; no le deis disgustos al niño, que como siga gritando así, se va a hacer daño en las cuerdas vocales y os veo en Urgencias)”.

 

Bueno, al menos se ponen de acuerdo en algo… además de en desheredarme.

Y es que por esto, y por muchas otras cosas que (hoy) no desvelaré, reivindico las vacaciones sin suegras. Que sólo haya que pelearse con los hijos y con la pareja es una auténtica bendición.

 

Terry Gragera

Darse la vuelta

Supe que esto de ser padre era como una operación integral de estética cuando en la Feria del Libro de Madrid sorprendí a Ray Loriga hablando de sus hijos. Él, un escritor “maldito” a una cerveza pegado, descreído de todo y de todos, comentaba con alguien que se mudaba a una casa en las afueras porque “era mejor para los niños”. Después de aquello, me di cuenta de que no encontraría en el mundo otro motor con más fuerza que la paternidad.

Me ha sucedido igual contemplando cómo celebraban los tricampeones de La Roja su último triunfo. Ni la Copa, ni las autoridades, ni un estadio enloquecido, Fernando Torres y compañía con lo que disfrutaban era con el confeti y la serpentina plateada que sus niños aventaban en el césped. Tengo que confesar que me enterneció la estampa de esos millonarios jugando a las piñatas como si no hubiera pasado nada más. A sus hijos, como a los nuestros, lo que de verdad les emociona son los papelitos, los colores, el envoltorio del regalo…

En carne propia también he vivido lo que supone darse la vuelta ante los deseos de un hijo. Mi encantador marido que, para más señas, pertenece a la Liga Anticorbata, no dudó ni un segundo en preguntarle a nuestra hija si quería que llevase tal “diabólica prenda” el día de su Comunión. (Dejo dicho aquí que en nuestra boda fue sin corbata por expreso deseo suyo, aunque seré honesta y reconoceré que para mí ese detalle era lo de menos, a pesar de que para otros tomara rango de sacrilegio). Pero a lo que iba, que dispuesto estaba el hombre a complacer a su hija, de no ser porque al probarse la corbata ella decidió que estaba mejor con su cara de siempre, y es que es ponerse una y transfigurársele el rostro… Pero eso es algo que tendrán que investigar avezados científicos.

Igualmente, mi santo decidió por sus hijos pasar por alto la promesa de no pisar jamás un centro comercial en periodo crítico. Aunque, en parte, se puede decir, que la cumplió. Porque adentrarse en Navidad en Cortilandia no es pisarlo, exactamente, sino ser pisoteado, arrollado, empujado, y si no hay suerte, hasta desplumado. Pero, ¡qué bonitos que son los muñecos, qué danzas, qué polifonía! Y esa cancioncilla machacona: “Cortilandia, Cortilandia, vamos todos a cantar”… que ya no te abandona en todas las fiestas.

Pues sí, lo hizo, y aunque juró no volver a caer, la pasada Navidad, sin ir más lejos, ahí que incumplió de nuevo. Eso es un padre, sí señor. Que para ser consecuentes con los propios “yo nunca haré…” ya se han tenido unos cuantos años antes. Y es que no hay hombre que se resista a la sonrisa de un hijo.

De las madres no hablo hoy. Y no hablo porque es obvio y evidente que, salvo flagrante desnaturalización, todas le damos la vuelta a la piel según notamos la primera patadita en la tripa. No es que tengamos demasiado mérito, o tal vez sí, pero me temo que estamos programadas para ello. Que no podemos hacer otra cosa que querer y proteger, proteger y querer aún más a nuestros retoños. Por eso somos capaces de pasar por encima de cuatro filas de asientos con tal de que sea nuestro niño el que suba al escenario con su personaje favorito. Y no nos duele mentir si la ocasión lo requiere: “No, si me ha dicho la directora, vamos, ella per-so-nal-men-te, que podía acompañarlo a clase”. O nos dejamos los ojos con tal de que no se frustre, “pues claro que podemos hacer la Torre Eiffel con granos de arroz. ¿Para mañana? Está bien, la empezamos juntos y luego por la noche sigo yo”.

Pero estos excesos son más propios de nosotras. Porque ellos, los padres, se limitan a traicionarse sin alharacas, casi de puntillas, como para pasar inadvertidos. Pero no, que ya está bien de ir a Cortilandia con gorra para que no se os reconozca. Que os tengo fichados a todos. Y, para vuestra tranquilidad, sois más de los que creéis.

 

Terry Gragera

Ese día llegó

 

Y ese día llegó. El momento terrible, temido, inquietante, sobrecogedor en que la niña de los ojos de su padre le dice: “Papá, este verano ya me voy a poner la parte de arriba del bikini”. ¡Ay!, qué puñalada, qué golpe: la peque se hace mayor. Y eso es justamente lo que le está pasando a Ada. A sus 9 años (y medio), el pudor ha venido a visitarla, y ha decidido cubrir “sus partes privadas”, como las llama ella. Y ahí está, innecesariamente, con sus dos piezas, mientras nos parece que fue ayer cuando comenzaba a gatear por el césped de la piscina…

Pero el verdadero protagonista de la historia es su pobre padre, que asiste enmudecido a esta metamorfosis del gusano de seda en mariposa. Ada se encamina a pasos firmes hacia la adolescencia. Por eso a ratos dice que se encuentra rara, o que quiere estar bien y no puede. “Las hormonas”, le digo, “que están cambiando tu cuerpo poco a poco”. Y entonces mi (ex santo) marido resopla. Resopla porque no puede ni imaginar lo que será nuestra casa cuando las corrientes hormonales de madre e hija hagan fuerza contra los demás habitantes de la casa, para más datos, dos hombres, que suelen dejarse la tapa del WC levantada, lo que en determinados días del mes puede convertirse en un asunto de Estado.

Y resopla, también, ante el inevitable paso del tiempo imaginando que su niña empezará a cumplir con esas etapas que todos hemos vivido, pero que a él ahora le hacen sudar. “Tú hazte monjita, hija; tú monjita”, masculla de vez en cuando intentando hacer creer que es una broma. Pero no, yo sé que no. Que daría lo que fuera por parar el tiempo y, sobre todo, y aunque suene taaaan antiguo y taaaan machista, porque nadie del sexo opuesto se acercase a su hija con las mismas intenciones que tenía él a esa edad.

Y es tanto su desasosiego que si viviéramos en Estados Unidos tal vez se haría socio de la Liga de Amigos de las Armas de Charlton Heston (eso sí, versión fogeo), al menos para asustar a más de un moscón.

Dicen que los que fueron muy ligones en su juventud se convierten en sufridores padres con sus hijas. Yo, por supuesto, no quiero ni pensarlo, y mantengo que ésta es la excepción, porque entonces la que le daría al fogeo sería yo. Que eso de pensar, que aún cuando no me conocía, mi (ex santo) marido miró a otras, puede conmigo. Pasional (que no exagerada-celosa-excesiva-neurótica) que es una…

Así que nuestra pequeña ya usa parte de arriba del bikini por decisión propia. Y si miro atrás, estos 9 años (y medio) han pasado tan rápido que podría comprimirlos en solo unos pocos segundos. A partir de ahora comienza una nueva etapa y, por ello, a mí me toca renovar el botiquín casero: antiácidos, relajantes, ansiolíticos y, lo más importante, antiespasmódicos para mi ex santo y ex ligón marido. Porque le van a hacer mucha falta para soportar cada ocasión en que un pretendiente (bueno, malo, regular o superior) se acerque a su amada niña.

 

Terry Gragera

Más que un torneo

“Esto merece un post”, me dijo mi amigo David cuando le hablé del Torneo de Baby Basket que acaba de jugar Teo. La escena podría parecer previsible: primera competición de mi niño. Gradas llenas. Asistencia emocionada de la familia. Kleenex en cantidad. Cámara de fotos. Cámara de vídeo. WhatsApp a los ausentes. Una canasta en el último segundo. Dedicada a mí, por supuesto…Gana su equipo. Ovación del público. Se me acerca un cazatalentos con un contrato en la mano… Oigo una música sonando de fondo… Es mi despertador.

 Pues sí, como correspondía a un partido de niños de 5 y 6 años, nada de eso sucedió, sino carreras desordenadas hacia las dos canastas, sin saber muy bien cuál era la propia; el más amplio repertorio de “pasos”, “dobles”, “campo atrás” y demás infracciones de las reglas del basquetbol; y cuatro canastas por cada equipo en un tiempo indeterminado que los sabios organizadores decidieron dar por terminado justo cuando los marcadores se igualaban.

Pero, ¿entonces por qué merecería un post el acontecimiento? Porque a raíz de él he descubierto mi dualidad, mi duplicidad, mi doble personalidad, mi dimorfismo, mi vivo sin vivir en mí, mi otro yo. Y es que cuando comentaba, divertida, mi perplejidad por haber coincidido con madres forofas ya en estos niveles de iniciación, ése que yo llamaba mi santo marido sentenció: “Como tú”. Y entonces vi pasar mi vida frente a mí.

Reconozco que en algún momento aislado del juego animé entusiasmada a mi hijo, e incluso que le dí alguna “tímida” indicación de dónde debía colocarse en la cancha, pero de ahí a otras arengas que escucharon estos oídos creí que mediaba un abismo. Pero parece que no.

En lo de dar directrices (vengan o no al caso) a una madre no hay quien le gane: “Jorgitoooooo, no dejes que te lo quiteeeeee. Tira, tira del balón”. Y el pobre Jorgito aferrándose a la pelota de minibasket, mientras piensa “como la desobedezca, me castiga sin la Wii”, dejándose la rodilla en el cemento y con otros tres jugadores encima, cual melé de rugby, mientras la árbitro, no hace menos de dos minutos, trata de imponer su silbato a los gritos de las madres que (como yo) dirigen a sus vástagos desde la grada. ¡Ay! Y, entretanto, la pobre entrenadora, que sufre en silencio que la llamen monitora o señorita, asiste impávida al espectáculo (nunca mejor dicho) porque si pierde la compostura todavía hay quien podría decir que con esas formas no es digna de entrenar a su niño.

¿Y qué pasa con los padres? Los padres se limitan a meterse con los árbitros, algo muy propio de la psicología masculina. Y es que no hay un seleccionador en cada español; la cuestión va mucho más allá. En cada uno de nosotros hay un trío arbitral. Para qué conformarse con una identidad única pudiendo aspirar a una más compleja.

No seré yo quien niegue que, a todos, nuestro hijo nos parece el mejor (o bien porque meta tres de las cuatro canastas de su equipo, como Teo; ¡uy!, perdón si yo no quería personalizar, y es que nunca he sabido cómo se borra en estos ordenadores de ahora…, o bien por ser simplemente nuestro niño).

No quiero ni pensar en cuando vayan pasando los años y mi hijo y los de las demás madres vayan ascendiendo a categorías superiores de baloncesto. Estoy por tirar de hemeroteca y ver cómo lo ha llevado la madre de los Gasol. Porque los demás no sé, pero mi Teo va a llegar lejos, muy lejos, y ahí estará su madre para decirle en cada partido lo que tiene que hacer.

 

Terry Gragera

Playas con encanto

Una es imperfecta, como ha quedado acreditado en anteriores post. Y ahora que llega el verano, un año más tengo la tentación de dar rienda suelta a mis defectos, a mi egoísmo, a mi ambición… Y lo que es peor: en contra de mis propios hijos… ¡Lo que yo quiero es veranear en una playa sin gente! Vamos, lo contrario de lo que esperarían dos niños de 6 y 9 años en sus vacaciones.

Reconozco que la muchedumbre (entendiendo ésta por más de cuatro personas) me aturulla y me atormenta. Por eso me gustaría disfrutar de una de esas playas con encanto que glosan las guías de viajes. Un sitio sin ruido ni música, sin pelotas ni palas, sin canoas ni patinetes a pedales… Justo lo que están deseando mis hijos.

Y ahí sale mi yo angelical, ése que dice: “Vas a ser muy feliz viendo disfrutar a tus pequeños. Tú tranquila, que no pasa nada por estar en séptima línea de playa y tener que sortear a más de cien personas para llegar a la orilla”. Pero entonces responde mi yo diablillo: “Pues vaya, después de todo el año trabajando, no vas a tener derecho ni a unos días a tu gusto. Esto es la dictadura de los niños. Que se entretengan como puedan, que están sobreestimulados”.

Y en medio estoy yo, que me quedaré un año más sin esa playa con encanto a favor de un resort de vacaciones donde hay animación de 9 de la mañana a 12 de la noche. Y mis niños encantados, junto a  mi santo, que como dice que servidora es la que manda en casa, asiente a todo lo que yo proponga.

Recuerdo nuestras primeras vacaciones de casados en Menorca. Tras una caminata de una hora llegamos a una cala estupenda, a no ser por la familia que ¡oh, cielos! había conseguido llegar también a ese recóndito lugar. ¿Pero no se suponía que era un duro camino? Pues no, allí estaban la madre, el padre, la abuela, la fiambrera, la sandía, el tinto de verano, la radio (puesta), el niño y la niña. Y ¡ay que niña! No tuvimos más opción que marcharnos al poco rato ante el soniquete machacón de la criaturita, que no dejaba de repetir: “Playa, playa, merde playa”. “Pues, eso, bonita, di que sí, a la piscina del hotel”. Pero no, ahí siguieron con su dinámica de familia mientras nosotros recogíamos espantados nuestras toallas y nuestra diminuta sombrilla dando por terminado el “relajante” día marítimo.

Me imagino que en estos años en alguna ocasión habremos sido nosotros los “espantadores”. Y es que donde hay niños hay gritos, arena, pisada de toallas, salpicaduras de agua… vamos, un plan infernal para toda parejita  que se precie.

Así que, pensándolo bien, y por la salud mental de los que aún no tienen hijos, lo mejor es que las familias nos juntemos entre nosotras en determinados parajes. Que hay que ir a Marina d’Or, pues se va con alegría, que ya lo dice su eslogan: “Ciudad de Vacaciones”. Que hay que ir a Benidorm, pues se va (si no es por no ir) y se bailan Los Pajaritos con Mª Jesús y su Acordeón.

Si es que en el fondo, lo mío es una pose; si ya se me mueven solos los pies pensando en la mini disco de todas las noches: “Boooomba, para bailar esto es una bomba”. Me quejo de vicio; ya tendré tiempo de ir a mi playa con encanto con mis amigos del Imserso.

Terry Gragera

Adán, Eva y los trogloditas

Mis hijos tienen una afición singular: les encanta mantener conversaciones teológicas. No es que mi santo marido y yo nos prodiguemos en este tipo de temas, al menos públicamente, pero ellos sí, ellos van por libre y se plantean sus propias disquisiciones.

Confieso que hace un tiempo, cuando aún compartían dormitorio, disfrutaba de lo lindo escuchando por la noche tras la puerta unos diálogos tan elevados, aunque sólo fuera en la intención. Sí, lo reconozco, soy de las madres que se esconden para oírlos, pero en mi descargo diré que es un comportamiento totalmente heredado; vamos, que está grabado en mis genes. Mi santa madre es la reina de las escuchas. Era una maestra en fingir coser, tender, ordenar o cualquier otra actividad prescindible en la habitación contigua a la del teléfono. Y, yo, sin quererlo (por supuesto) he salido así…

Teo y Ada son especialmente recurrentes en el tema de la religión; tienen muchas preguntas, inquietudes, reflexiones… que a su padre y a mí (casi) siempre nos ponen en un apuro. Y es que la ecuación niño-dogma de fe es realmente complicada. Recuerdo un día glorioso en que Ada se cuestionaba por qué  San José no era el padre de Jesús. “Pero si están casados, Mamá”. “Ya, hija, pero no es el padre”, “pues no lo entiendo”, “bueno, pero es así. Por cierto… ¿dónde quieres celebrar tu cumple este año?”, “pero, Mamá, ¡si quedan 11 meses!”, “pero en esta vida hay que ser previsores…”, “vale, lo pensamos más adelante, pero explícame lo de San José”… Sinceramente, no sé si habrá podido perdonarme, o estará todavía lamentándose por haberse dedicado a la enseñanza en lugar de ser cajera del Mercadona, pero tuve que acabar la conversación con Ada, diciéndole: “Pregúntaselo a tu catequista”. Los expertos llaman a esto “dejación de funciones de padre”, pero ya me gustaría a mí verlos en mi tesitura…

Está claro que en el mundo infantil las creencias adquieren su propio matiz.   Cuando su hermano tenía 4 años a Ada se le ocurrió hacerle la siguiente pregunta: “Teo, ¿tú crees en Dios?”, a lo que él respondió: “¿Dios qué es?” (sic). Teólogos, agnósticos, ateos y filósofos formulándose la gran cuestión en millones de tratados y mi niño la condensa en tres palabras. A eso le llamo yo economía de medios. Estuvieron hablando un rato sobre el particular hasta que otro asunto, que bien podría ser el helado que se iban a comer al día siguiente, se les cruzó y cambiaron de tercio como si tal cosa. Y es que somos los adultos los que “nos ponemos demasiado trascendentes”, como dice sabiamente mi santo.

Pero, sin lugar a dudas, es el Génesis el episodio bíblico que más concita su sorpresa (la de ambos). Teo repasa: “Entonces, Adán nació del barro y Eva de una costilla suya”, a lo que yo contesto: “Bueno, Teo, es una forma de contarlo”, “Que no, Mamá, que fue así”, “Claro, hijo”, “Pero entonces, ¿nació del barro?” Y tú ya no sabes si decirle que sí, que no o que todo lo contrario… Ada también lo ha examinado al detalle para llegar a la siguiente conclusión: “Mamá, si Adán y Eva fueron los primeros humanos, ¿por qué sabían hablar y no lo hacían cómo los trogloditas, diciendo uh, uh?”. Transpiración abundante por mi parte: “Bueno, hija…”. “Y, además, Mamá, ¿por qué en todos los cuadros del Paraíso salen conejitos y pajaritos? ¿Dónde estaban los dinosaurios, si era la Prehistoria?”. Más transpiración. “Esto, hija, que el otro día no me dijiste donde querías celebrar tu cumpleaños el año que viene”. “¡¡MAMÁ!!”.

Sé que en este aspecto no soy la madre eficiente que me esfuerzo por ser, y encima no cuento con san Google para “soplarme” lo que desconozco y quedar como una reina, pero es que estos hijos míos piensan demasiado. Con lo fácil que sería hablar de Cristiano (Ronaldo) y van y le dan a la teología. Tengo que consultarlo porque algo estamos haciendo mal. Amén.

Terry Gragera

Goles y albóndigas de lata

Las tiendas se van llenando de camisetas rojas y amarillas, e incluso en la farmacia he visto un pintacaras (supongo que hipoalergénico) con los colores de la selección española. ¿Y todo esto adónde me lleva? A recordar mis embarazos. Y no precisamente porque se tratara de penaltis ni de goles fuera de juego…

No soy en absoluto futbolera, pero en cuanto las hormonas del embarazo empiezan a adueñarse de mi torrente sanguíneo, me convierto en otra persona, en una poseída que vive nueve meses entre náuseas, mareos, cefaleas, un reposo obligado y, cómo no, la sensibilidad a flor de piel. Esa misma que me hizo vivir los Mundiales de 2002, cuando estaba esperando a Ada, con más pasión que Manolo el del Bombo (¡nunca mejor dicho!).

Me recuerdo delante de la tele viviendo cada gol, cada remate, cada parada, cada regate… como si me fuera la vida en ello, y, lo peor de todo, con lágrimas en los ojos. Sí, yo, la que no sabe (apenas) de qué se acusa a Mourinho, LLORABA con los goles de España y, tengo que confesar algo muy grave, incluso cuando eran de penalti.

No fue éste el único incidente a borrar de mi (ejem) intachable biografía. Estos días también he podido recordar cómo me pasé una noche entera insomne e hipando del llanto después de ver en televisión la gala de un reality denominado “Popstar” (Popstaaaaaar, todo por un sueñoooo… decía la canción). Algún dramón debió de acontecer para dejarme casi deshidratada. Pero, además, ni corta ni perezosa, a la mañana siguiente le reproché a mi santo marido que no se hubiera percatado de mi estado (¡¡y eso que había visto el programa conmigo!!, pero ¿¿¿cómo era tan insensible???). Y él todavía me consolaba…

Mi santo puede dar fe de cómo variaban mis gustos culinarios durante esos nueve meses. Tenía dos platos estrella. Uno eran los huevos fritos con patatas (y aviso de que esto puede herir la sensibilidad: siempre después de vomitar). Agarrarme a la tapa del WC y pedir a la vez huevos fritos era todo uno: “Quiero, arggggg, huevos, argggg, fritos, arggg, con patatas”. Debía de ser una estampa para imprimir a sangre y fuego en la retina. Y ese hombre sigue conmigo…

Pero tal vez mi otra comida favorita era más impactante aún. Durante el embarazo de Teo me dio por comer albóndigas… ¡¡¡de lata!!! Sí, cuanto más perrunas eran, más las disfrutaba, y suplicaba (bueno, exigía): “Yo quiero albóndigas de lata, quiero albóndigas de lata”, mientras que ese imponderado hombre corría a la gasolinera más cercana en busca del envase con aspecto más horripilante.

Debo decir en mi descarga, que no las he vuelto a probar (al igual que los berberechos, con los que me indigesté también en pleno embarazo), pero sigo siendo amante de los huevos fritos (a ser posible con puntillitas).

Imagino que después de este relato a nadie se le escapa por qué nos hemos quedado sin ser familia numerosa. Creo que ni a mi santo ni a mí nos apetece volver a convivir con ese alien en el que me convierto. Menos mal que mis niños son lo más amoroso de este mundo, y que cuando nacieron no se llevaba eso de denunciar a los padres, que si no, seguro que me hubieran caído varias demandas por maltrato gastronómico.

Terry Gragera

 

Generosa

Ada hará su Primera Comunión en unos días. Reconozco que me está dando una lección de tranquilidad. Tiene presente el acontecimiento, pero no más que cualquier cita importante con la familia. No le ha salido a su madre, oséase a mí, que metamorfoseo en un ser nervioso y agitado cual Whoopi Goldberg en “Sister Act” cada vez que el estrés por un acontecimiento venidero se apodera de mí. Sí, soy claramente mejorable (para desesperación de mi santo marido) qué le vamos a hacer…

El caso es que estamos inmersos en los preparativos y entre las cosas que nos planteábamos estaba el aluvión de regalos que una criaturita así puede recibir aunque tu lista de invitados se circunscriba a los más íntimos, es decir, a 50 personas. No queremos que pase como en Navidad, donde, además de la visita de los Reyes Magos, está su cumpleaños y el de Teo. Año tras año pedimos, rogamos e imploramos cierta mesura en los presentes que recibirán… sin ningún resultado. Hay quien incluso se molesta porque le “sugieres” que no se rasque el bolsillo, pero esa es otra historia…

En nuestro deseo por dotar de cordura la celebración, le planteamos a Ada si le “apetecía” recibir una parte de los regalos, no en especie sino en dinero, en cash, con el objeto de donarlo a gente que lo pudiera necesitar más. “Esto…, Ada, que Papá y yo habíamos pensado si te apetecería que, en vez de regalos, te dieran dinero para donarlo a Etiopía”. “No, yo quiero la casita de los Littlest Pet Shops y una cámara de fotos y unos patines y…”. Normal, y, hasta cierto punto, un alivio. Que una niña de 9 años no muestre, de entrada, las maneras de la Madre Teresa de Calcuta es un consuelo para una madre (semi) paranoica como yo. Ya me veo visualizando su futuro si hubiera dicho que sí a la primera (“mi hija…, en esos parajes de África, tan inhóspitos, porque esta no acaba ni la ESO y ya nos está diciendo que quiere irse a las misiones”).

No queríamos obligarla de ninguna manera, pero unos días después retomamos el tema: “Ada, ¿has pensado lo que comentamos de donar dinero en tu Comunión? Seguro que recibes muchos regalos y te sentirás bien haciendo algo por gente que lo necesita”. Confieso que durante la conversación ese diablillo que llevo dentro me hostigaba con un monólogo paralelo: (“Pues haberlo hecho tú en tu cumpleaños, que bien que te gustó que te agasajaran…, o en tu boda, o en el próximo aniversario: ¿por qué no le dices a tu santo que en vez de un detallito deis ese dinero a los pobres? Que es muy fácil cuando no te toca a ti”). “Calla, bicho, que estoy educando”… (me) le dije.

Fue una alegría cuando Ada contestó que sí, que le parecía bien. Y es que es adorable, igual que Teo, (y no porque sean mis hijos, o sí, qué más da, que para eso está el amor de madre). Así que hemos pedido a una parte de los invitados que le den dinero, y ella está convencida y contenta con la decisión.

Reconozco que estoy muyyyyyyy orgullosa de ella. Nuestra hija está madurando y, por ahora, se muestra generosa. Dudo mucho que haya influido en esta vena de altruismo el soniquete machacón con el que todos los padres torturamos a nuestros hijos nada más se asoman al increíble mundo de los parques. “Hay que compartir, Pedrito”, “Hay que compartir, que el nene no se va a llevar tu pala ni tu cubo, que sólo quiere jugar un ratito”. Y todo eso aunque el nene haya hecho ya los 100 metros lisos en categoría bebé con la pala en la mano y una sonrisa maliciosa como diciendo “tas cagao”. Si pudieran, no dudo de que nuestros peques nos dirían, “pues déjale tú las llaves de tu coche a ese papá, que no se lo va a llevar, que sólo quiere apretar el acelerador un ratito”.

Pero esa es una de las contradicciones más flagrantes de la paternidad: te digo que hagas lo que yo no estoy dispuesto a hacer. Aunque, bien pensado, ¡¡culpas fuera!!; todo es por mejorar la especie, ¿qué si no es educar? Tratar de hacer personitas mejores que nos den lecciones, como nos la ha dado a nosotros Ada. A ver si en el fondo voy a ser buena madre y todo.

Terry Gragera

Día de la Madre

Ni una plancha, ni una sartén antiadherente, ni un aspirador (¡sin bolsa, oiga!)… Reconozco que tengo la inmensa suerte de ser de esas madres que no han recibido en su Día alguno de estos prácticos “regalos”. Mi hija Ada me hizo un precioso joyero de papel y una poesía y mi hijo Teo… bueno, lo de mi hijo Teo merece un aparte.

En realidad no sé ni llegaré a saber qué me hizo, porque su padre, es decir, mi santo marido, perdió el obsequio en el camino que va del colegio a casa. Ya sé que para una mujer esto resulta impensable, inimaginable, ininteligible, pero sucede. Nosotras podemos ir cargadas con los abrigos, las mochilas, las bufandas, los paraguas, las meriendas, la bolsa de los plátanos que hemos comprado de camino (mira que tienen potasio los plátanos), el balón del niño, los patines de la niña, nuestro bolso, el pan para la cena, la última circular de la profesora, y todo ello, si se tercia, hablando por el móvil y con un hijo a cada mano. Pero ellos no. Creo que es cuestión de estructura mental. Para una madre, hacer tres cosas a la vez es estar relajada. Para un padre… bueno, cuando se produzca, diré lo que supone para un padre.

No obstante, el drama se solucionó bien, porque mi santo es despistado, pero voluntarioso en la misma medida. Así que cuando se dio cuenta del desastre hizo dos cosas: la primera, comprarle a Teo un juguete para purgar su culpa. La segunda, acudir a un Todo a 100 para fabricar a la carrera una manualidad similar. Tengo que decir que la cuchara de palo con pelo rizado y vestido de flores quedó muy lograda. Por supuesto, Teo dejó a su padre con la tarea y se dedicó a jugar con su arco y sus flechas, tras el impacto de la noticia. Para ser honesta, debo decir que, según me cuenta mi santo, éste le duró un nanosegundo, vamos, el tiempo que tardó en echarle el ojo al premio. Mi reino como madre por unas cuantas flechas con ventosa…

Cuando ya acababa el Día de la Madre, Ada me preguntó que cuánto la quería, a lo que yo respondí: “Todo”. Y es que realmente no se me ocurría ninguna forma de hacerle entender la dimensión de mi amor por ellos. Mi hija, que es una amante de lo preciso, me respondió enseguida: “Mamá, eso no es una respuesta concreta. Podrías decir, por ejemplo: ‘No puedo quererte más”. Chitón.

Tal vez haya una fórmula matemática que dé infinito para definir el amor maternal, pero lo que tengo claro es que es una cuenta personal, donde cada madre aporta sus propios sumandos.

Aunque me reviente, me saque de quicio y me haga marcar los primeros números del Teléfono de la Esperanza, no dudo que cuando mi madre, o sea, la abuela de mis hijos, me dice en invierno que les tape bien la boca con la bufanda “para que respiren su propio aire caliente” (sic); no dudo, decía, que está en su sano juicio y que, por este orden, lo hace por amor. Tampoco dudo de que cuando me implora “no cojas peso, como estás tú de la espalda”, sigue estando en sus cabales y también lo dice por amor, a pesar de que yo, nunca, jamás he tenido problema alguno en las lumbares. Y tampoco me planteo internarla en un frenopático cuando me asegura que le debo hacer a los niños “una analítica completa” ante el menor resfriado o cuando sentencia “¡qué sabe la pediatra!” si ésta me dice que la fiebre está provocada por un virus. Es todo producto del amor. De muuuuucho amor.

Me imagino que, con el paso del tiempo, yo también acabaré queriendo a mis hijos de esa manera. Poniéndoles dos platos más postre, vaso de leche y melocotón en almíbar para cenar (“si es que no comen nada estos niños”). Supongo que cuando tengan 30 años continuaré cerrándoles la chaqueta para que no se resfríen. Y sospecho que, en unas décadas, tendrán que hacerme entender que, a determinadas edades, no está bien visto que una madre vaya a hablar con el jefe para que valore a su hijo como merece. En el fondo, es la historia de la vida, que se repite una y otra vez.

Mientras tanto, yo seguiré gozando con las pequeñas cosas que me reinventan en la tarea más compleja y dulce de mi existencia: la de ser mamá. Y abriré el joyero de Ada y se me escapará una lagrimilla de emoción y miraré la muñeca-cuchara de palo y pensaré en lo mañoso que es mi santo marido… Si es que lo tengo que querer, ¿quién si no él me ha dado a Ada y Teo, lo mejor de mi vida?

 

Terry Gragera

Cuadro:  Mª Teresa Ruiz Morcillo