Nuevo emplazamiento

Hola a todos,

desde hace un par de semanas hemos trasladado nuestro blog a la blogosfera de enfemenino. Creemos que de este modo tendremos mayor presencia y podremos llegar a más personas. Además, nos han elegido como uno de sus blogs, con un acceso directo desde la sección de maternidad, ¡todo un lujo!

 

 

 

Los contenidos serán los mismos que hemos ido haciendo aquí y podréis seguir las aventuras y desventuras de Terry cada semana.

Seguiremos escribiendo en este espacio sobre los temas propios de Creciclando: noticias, novedades, promociones,…

Y vuestra aportación sigue siendo muy valiosa así que ¡no dejéis de escribirnos!

Gracias por todo vuestro apoyo. Os esperamos.

Cuestión de esfínteres

Hace muchos años, y para hacerme la novia moderna, le regalé a mi santo un bonito e ilustrativo libro cuyo nombre me permito reproducir aquí anteponiendo mis disculpas. El ejemplar llevaba por título Cómo cagar en el campo, y debo decir que no ganó ningún Premio Planeta (tal vez porque no se presentó).

La obra, nunca mejor dicho lo de obrar, que dice haber sido bestseller en Estados Unidos (lo cual no me sorprende en absoluto), se presenta bajo el subtítulo “Una aproximación ecológicamente sensata a un arte perdido”. ¿Perdido? En sus páginas se desgranan temas tan apasionantes como “por qué es tan importante cavar el agujero y dónde hacerlo”, “qué hacer cuando no podemos cavar el agujero” y “consejos para la mujer: ropa, técnicas y artefactos para facilitar las deposiciones en la naturaleza”.

Mi santo, que ha sido, desde siempre, amante de la ecología y el montañismo, debió de leerse el librito de pé a pá, pero tan de pé a pá como para imprimírselo en su código genético y traspasarlo a la segunda generación; esto es, a nuestros hijos.

Pido perdón a los amables lectores que a estas alturas se pregunten qué hago yo desarrollando un tema tan escatológico, pero no podía resistirme a la tentación de lanzar al espacio digital esa pregunta que me corroe, me carcome, me inquieta, me indispone, me perturba desde hace tanto tiempo: ¿Por qué siempre que estamos fuera de casa a mis hijos les entran ganas de hacer aguas mayores?

Yo, que me tengo por escrupulosamente maniática, que hago malabarismos para no tocar los pomos de las puertas en los servicios públicos, que me aguanto lo indecible porque como en casa de uno, nada de nada, y van y me salen estos niños con el esfínter alegre.

Es que no falla, sea la situación que sea, el momento que surja o el lugar que encarte: mis hijos siempre tienen ganas de evacuar en la calle. Reconozco que mi santo y mártir es el que cumple con el trámite la mayoría de las veces. En ocasiones me toca a mí, y entonces sé que esa semana tendré que visitar al fisio. Porque coger a mis hijos en peso en esas estancias tan limpias y amplias que suelen ser los retretes públicos con tal de que no se sienten en la taza y de que no toquen nada de nada acaba por deslomarme. Pero me da igual. Antes tullida que angustiada.

En el zoo, en el parque de atracciones, cuando estamos bañándonos en la piscina, en mitad de una obra de teatro, en el parque, en el supermercado, siempre acabo escuchando una voz angelical que dice: “Me hago caca”. Y lo peor de todo es que sé que detrás de una viene otra. Porque mis hijos están perfectamente sincronizados en esta noble tarea biológica. Y siempre, y cuando digo siempre quiero decir siempre, al uno le sigue la otra, o a la otra el uno.

Mi santo, que es un hombre con recursos, ha ido perfeccionando la técnica, según el lugar de autos. Porque queda muy bonito y ecológico eso del agujero, pero hay pedregales y/o parques públicos que no dan ni para eso. Así que tenemos el recurso de la bolsita. Sí, sí, a lo perrito, y dejo a la imaginación de cada cual el resto de detalles.

Son mis hijos, los quiero y los adoro, pero reconozco que cuando, en el sitio más inoportuno, los oigo proclamar la sentencia: “Me-hago-caca”, pediría un rescate como el de Rajoy, o un rescatillo, para dimitir en ese momento de todos mis cargos como madre. Sobre todo, porque después del anuncio viene el golpe de gracia: “No me aguanto”.

He revisado minuciosamente el libro de marras para ver si ofrecía alguna solución cuando no se puede o no se debe. Pero nada. Y así nos va. Que luego dicen que consentimos demasiado a los hijos con lo material, pero ¿por qué no se habla de la educación de los esfínteres? Que a mí nadie me dijo que esto podía pasar.

Lo siento por quienes, al leer el título de este post, confiaban en encontrarse algo así como “consejos infalibles para que tu hijo deje el pañal en 34 horas y media”, o “cómo conseguir que el orinal se convierta en su mejor amigo”, o tal vez “vete a las Bahamas con lo que te ahorrarás en pañales”. Pero no, lo mío va por la escatología pura y dura, pero sin estreñimiento, que es lo que le faltaba a mi pobre espalda.

Y todo por regalar el libro que no debía. La próxima vez me lo pienso mucho mejor. Con lo bonitos y rositas que son los libros de Danielle Steel, que sólo con mirarlos parece que te ambientan la casa…

Terry Gragera
@terrygragera

Una “tranquila” jornada playera

Eso me pasa por mala, remala. Y es que parece que una ya no puede disfrutar de un tranquilo día de playa después de haberse metido con Suegra I y Suegra II. No creía yo que mis dotes de bruja, no como lo entienden algunas, sino en el sentido más profético del término, fuesen tan ajustadas. Porque donde hace dos post decía: “Escena 3, en un paseo por la tarde se te ocurre dejar que tus hijos monten en unas camas elásticas del paseo marítimo…”.

Pues sí, se nos ocurrió. Y Teo acabó con el labio partido. “Os veo en Urgencias, y a saber quién os atiende”. Y a Urgencias que nos fuimos para que entre el enfermero y el médico decidieran si la criatura necesitaba puntos de sutura o de aproximación.

Todo esto en una jornada playera de lo más reseñable. “Vamos a la playa”, le dije a mi santo y mártir marido. Y él, que es más de campo, asintió. Con lo bien que estábamos en la piscina y bajo los sauces llorones jugando al monopoly con los niños y no se me ocurre otra cosa que planear un día en el mar. Pues allá que nos fuimos. Y casi acabamos en comisaría.

Bandera verde, ¡estupendo! Pero con lo que no contábamos es con que el socorrista había decidido no herniarse aquella tarde izando otra bandera. “Uy, qué olas”, “pues sí que se está levantando el mar…”. Hasta que, catapún, llegó el olazo, esa ola que es capaz de traumatizar al niño más feliz del mundo y hacer que no vuelva a meterse en agua salada nunca más. Esa ola que, por supuesto, revolcó a mis hijos y a mi querido esposo, una y otra vez, una y otra vez de nuevo, contra las piedras, la orilla, otros bañistas y demás entes sólidos, líquidos y gaseosos del litoral.

El padre salió magullado; los niños, llorando y gritando. Y la congoja les duró no menos de media hora ininterrumpida (no exagero), durante la cual fuimos objeto de penetrantes miradas dispuestas a arrancarnos la patria potestad de cuajo. “Es que hay que tener cuidado con las olas”, nos increpó un señor mayor; “pues dígale a su ayuntamiento que contrate a otro socorrista más espabilado”, me dieron ganas de contestar. Pero no, allí aguantamos impávidos los gritos y las lágrimas de nuestros hijos, mientras sentíamos los comentarios de toda la playa pegados a nuestra chepa.

“Papá, y tú no has hecho nada para sacarme…”, resaltaba Teo mientras su pobre padre se limpiaba la sangre de la rodilla, y a todo esto Ada lloraba: “Ay, si no llego a pasar a 5º de Primaria…”. Vamos, que alumnas tan convencidas como ésta ya quisiera tener el ministro Wert.

Nos fuimos de la playa justamente a los 20 minutos de haber llegado y de sufrir los revolcones de las olitas que el socorrista tuvo a bien obviar. Para distraerlos del disgusto se nos ocurrió montarlos en las atracciones del paseo marítimo con el resultado ya sabido del pobre Teo luciendo unos morros que ni Yola Berrocal.

Qué relajante jornada playera, qué descanso, qué paz… Si es que, en el fondo, nos pirran los deportes de riesgo. Las aventuras. Y a mí me viene de antiguo. Porque cómo recuerdo esos veranos en que, desde nuestra casa de campo, iba a comprar a la tienda de ultramarinos del pueblo más cercano (a “La Bienve”, para más señas) y las madres arengaban a sus niñas: “Llámale guarra” (sic) porque iba en pantalón corto, ¡eso sí que era emoción!

El año que viene, nada de excursiones playeras, o al menos no tras haber hablado de las Suegras. Al pueblo en shorts o en pantalón largo, pero al pueblo. Que luego pasa lo que pasa.

 

Terry Gragera

Más que un torneo

“Esto merece un post”, me dijo mi amigo David cuando le hablé del Torneo de Baby Basket que acaba de jugar Teo. La escena podría parecer previsible: primera competición de mi niño. Gradas llenas. Asistencia emocionada de la familia. Kleenex en cantidad. Cámara de fotos. Cámara de vídeo. WhatsApp a los ausentes. Una canasta en el último segundo. Dedicada a mí, por supuesto…Gana su equipo. Ovación del público. Se me acerca un cazatalentos con un contrato en la mano… Oigo una música sonando de fondo… Es mi despertador.

 Pues sí, como correspondía a un partido de niños de 5 y 6 años, nada de eso sucedió, sino carreras desordenadas hacia las dos canastas, sin saber muy bien cuál era la propia; el más amplio repertorio de “pasos”, “dobles”, “campo atrás” y demás infracciones de las reglas del basquetbol; y cuatro canastas por cada equipo en un tiempo indeterminado que los sabios organizadores decidieron dar por terminado justo cuando los marcadores se igualaban.

Pero, ¿entonces por qué merecería un post el acontecimiento? Porque a raíz de él he descubierto mi dualidad, mi duplicidad, mi doble personalidad, mi dimorfismo, mi vivo sin vivir en mí, mi otro yo. Y es que cuando comentaba, divertida, mi perplejidad por haber coincidido con madres forofas ya en estos niveles de iniciación, ése que yo llamaba mi santo marido sentenció: “Como tú”. Y entonces vi pasar mi vida frente a mí.

Reconozco que en algún momento aislado del juego animé entusiasmada a mi hijo, e incluso que le dí alguna “tímida” indicación de dónde debía colocarse en la cancha, pero de ahí a otras arengas que escucharon estos oídos creí que mediaba un abismo. Pero parece que no.

En lo de dar directrices (vengan o no al caso) a una madre no hay quien le gane: “Jorgitoooooo, no dejes que te lo quiteeeeee. Tira, tira del balón”. Y el pobre Jorgito aferrándose a la pelota de minibasket, mientras piensa “como la desobedezca, me castiga sin la Wii”, dejándose la rodilla en el cemento y con otros tres jugadores encima, cual melé de rugby, mientras la árbitro, no hace menos de dos minutos, trata de imponer su silbato a los gritos de las madres que (como yo) dirigen a sus vástagos desde la grada. ¡Ay! Y, entretanto, la pobre entrenadora, que sufre en silencio que la llamen monitora o señorita, asiste impávida al espectáculo (nunca mejor dicho) porque si pierde la compostura todavía hay quien podría decir que con esas formas no es digna de entrenar a su niño.

¿Y qué pasa con los padres? Los padres se limitan a meterse con los árbitros, algo muy propio de la psicología masculina. Y es que no hay un seleccionador en cada español; la cuestión va mucho más allá. En cada uno de nosotros hay un trío arbitral. Para qué conformarse con una identidad única pudiendo aspirar a una más compleja.

No seré yo quien niegue que, a todos, nuestro hijo nos parece el mejor (o bien porque meta tres de las cuatro canastas de su equipo, como Teo; ¡uy!, perdón si yo no quería personalizar, y es que nunca he sabido cómo se borra en estos ordenadores de ahora…, o bien por ser simplemente nuestro niño).

No quiero ni pensar en cuando vayan pasando los años y mi hijo y los de las demás madres vayan ascendiendo a categorías superiores de baloncesto. Estoy por tirar de hemeroteca y ver cómo lo ha llevado la madre de los Gasol. Porque los demás no sé, pero mi Teo va a llegar lejos, muy lejos, y ahí estará su madre para decirle en cada partido lo que tiene que hacer.

 

Terry Gragera

¿Y tú qué quieres ser de mayor?

Leía haces unos días unas declaraciones de una aristócrata de las del Hola (vamos, de las de “no me he operado todavía, pero lo haré cuando lo necesite”) comentando que le gustaría que uno de sus hijos fuera mago. No me escuchaba nadie, pero no pude reprimir exclamar en alto: “Ya”. Y no es que la profesión de ilusionista desmerezca a otras, pero me temo que, a no ser que te llames David Copperfield y hagas desaparecer a la Estatua de la Libertad, no da para demasiado buen vivir.

De entrada, todos los padres somos los más abiertos y facilitadores del mundo cuando nuestros retoños comienzan a definirse según empiezan a juntar frases. “¿Y tú qué quieres ser de mayor?”, “futbolista” (“eso, eso, a ver si nos retiras”), o “carnicero” (qué gracioso, este niño”), o médico (“si es que de bueno se pasa; ya me lo dicen en la guardería, que le encanta ayudar a los demás”). Decimos a todo que sí y reímos cualquier gracia porque sabemos que la vida (aún) no está en juego de verdad… Pero el tiempo no para.

Desde que tenía unos 3 años, a Teo le dio por decir que quería ser constructor. No tuvo mal olfato el chico, pero me temo que cuando él acabe sus estudios todavía seguiremos intentando poner un parche al pinchazo de la burbuja inmobiliaria. Reconozco que durante todo este tiempo me ha dado cierto pudor que fuera confesando así, a las claras, sus intenciones. Cierto es que no se refería a la parte más crematística del asunto, sino a las construcciones, tal como las entiende un niño: poner pieza sobre pieza, a ser posible de Lego, para crear todo tipo de estructuras.

Pero él iba y soltaba lo de constructor, cuando ser pocero y tener avión privado eran todo uno. Así que yo sonreía de lado y trataba de explicarme, aunque me temo que siempre llegaba tarde. Por muy rápida que fuera, al final acababa observando en la mirada del que tenía enfrente un asombro consternado, como diciendo: “Vaya valores que le transmiten a sus hijos. Eso: dinero, dinero, que es lo único que importa. Y mira, los niños y los borrachos son los únicos que dicen la verdad…”. Sí, mi hijo quiere ser constructor, entre otras cosas para hacerle una piscina al hospital donde va a trabajar su hermana Ada como médico, qué pasa…

Al menos lo de mi hija no requiere explicación… ¡Qué alivio! Desde muy pequeña alterna su deseo de tratar y curar tanto a personas como a animales (la pobre no sabe todavía lo mucho que estas dos especies llegan a parecerse).

Me gratifica pensar que siempre se ha sentido libre para elegir. Y es que aún es posible encontrar en todo un Salón Internacional del Automóvil de Madrid un espacio dedicado exclusivamente a la mujer. ¿Con coches más ergonómicos para ellas, tal vez? ¿Con la posibilidad de diseñar tapicerías más femeninas? ¿Con un foro de debate acerca de la seguridad al volante, ya que las féminas sufren menos accidentes de tráfico? No, no y nuevamente no. El ladies corner, que así se llamaba la “modernez”, fundamentaba su existencia en enseñar a maquillarse y peinarse a las señoras. “Manolo, tú mira y elige coche, que yo tengo que pintarme el ojo. Total para lo que lo voy a conducir…”.

No me gustó nada comprobar que ciertas cosas se perpetúan en el tiempo, pero yo ya estoy “vacunada”. Ahora pienso en mis hijos, en mi hija, especialmente, y confío en que puedan elegir su camino sin interferencias.

Ahora bien, que a mí no me venga con que quiere ser actriz o cantante o Dj, que lo que yo quiero es que tenga un trabajo estable, con buen horario, un suelo “revisable” y con más de un mes de vacaciones. Si es que estoy por apuntarla ya a las próximas oposiciones…

Terry Gragera

Día de la Madre

Ni una plancha, ni una sartén antiadherente, ni un aspirador (¡sin bolsa, oiga!)… Reconozco que tengo la inmensa suerte de ser de esas madres que no han recibido en su Día alguno de estos prácticos “regalos”. Mi hija Ada me hizo un precioso joyero de papel y una poesía y mi hijo Teo… bueno, lo de mi hijo Teo merece un aparte.

En realidad no sé ni llegaré a saber qué me hizo, porque su padre, es decir, mi santo marido, perdió el obsequio en el camino que va del colegio a casa. Ya sé que para una mujer esto resulta impensable, inimaginable, ininteligible, pero sucede. Nosotras podemos ir cargadas con los abrigos, las mochilas, las bufandas, los paraguas, las meriendas, la bolsa de los plátanos que hemos comprado de camino (mira que tienen potasio los plátanos), el balón del niño, los patines de la niña, nuestro bolso, el pan para la cena, la última circular de la profesora, y todo ello, si se tercia, hablando por el móvil y con un hijo a cada mano. Pero ellos no. Creo que es cuestión de estructura mental. Para una madre, hacer tres cosas a la vez es estar relajada. Para un padre… bueno, cuando se produzca, diré lo que supone para un padre.

No obstante, el drama se solucionó bien, porque mi santo es despistado, pero voluntarioso en la misma medida. Así que cuando se dio cuenta del desastre hizo dos cosas: la primera, comprarle a Teo un juguete para purgar su culpa. La segunda, acudir a un Todo a 100 para fabricar a la carrera una manualidad similar. Tengo que decir que la cuchara de palo con pelo rizado y vestido de flores quedó muy lograda. Por supuesto, Teo dejó a su padre con la tarea y se dedicó a jugar con su arco y sus flechas, tras el impacto de la noticia. Para ser honesta, debo decir que, según me cuenta mi santo, éste le duró un nanosegundo, vamos, el tiempo que tardó en echarle el ojo al premio. Mi reino como madre por unas cuantas flechas con ventosa…

Cuando ya acababa el Día de la Madre, Ada me preguntó que cuánto la quería, a lo que yo respondí: “Todo”. Y es que realmente no se me ocurría ninguna forma de hacerle entender la dimensión de mi amor por ellos. Mi hija, que es una amante de lo preciso, me respondió enseguida: “Mamá, eso no es una respuesta concreta. Podrías decir, por ejemplo: ‘No puedo quererte más”. Chitón.

Tal vez haya una fórmula matemática que dé infinito para definir el amor maternal, pero lo que tengo claro es que es una cuenta personal, donde cada madre aporta sus propios sumandos.

Aunque me reviente, me saque de quicio y me haga marcar los primeros números del Teléfono de la Esperanza, no dudo que cuando mi madre, o sea, la abuela de mis hijos, me dice en invierno que les tape bien la boca con la bufanda “para que respiren su propio aire caliente” (sic); no dudo, decía, que está en su sano juicio y que, por este orden, lo hace por amor. Tampoco dudo de que cuando me implora “no cojas peso, como estás tú de la espalda”, sigue estando en sus cabales y también lo dice por amor, a pesar de que yo, nunca, jamás he tenido problema alguno en las lumbares. Y tampoco me planteo internarla en un frenopático cuando me asegura que le debo hacer a los niños “una analítica completa” ante el menor resfriado o cuando sentencia “¡qué sabe la pediatra!” si ésta me dice que la fiebre está provocada por un virus. Es todo producto del amor. De muuuuucho amor.

Me imagino que, con el paso del tiempo, yo también acabaré queriendo a mis hijos de esa manera. Poniéndoles dos platos más postre, vaso de leche y melocotón en almíbar para cenar (“si es que no comen nada estos niños”). Supongo que cuando tengan 30 años continuaré cerrándoles la chaqueta para que no se resfríen. Y sospecho que, en unas décadas, tendrán que hacerme entender que, a determinadas edades, no está bien visto que una madre vaya a hablar con el jefe para que valore a su hijo como merece. En el fondo, es la historia de la vida, que se repite una y otra vez.

Mientras tanto, yo seguiré gozando con las pequeñas cosas que me reinventan en la tarea más compleja y dulce de mi existencia: la de ser mamá. Y abriré el joyero de Ada y se me escapará una lagrimilla de emoción y miraré la muñeca-cuchara de palo y pensaré en lo mañoso que es mi santo marido… Si es que lo tengo que querer, ¿quién si no él me ha dado a Ada y Teo, lo mejor de mi vida?

 

Terry Gragera

Cuadro:  Mª Teresa Ruiz Morcillo

Reciclar, según la RAE

Reciclar, segun la Real Academia de la Lengua Española:

1. tr. Someter un material usado a un proceso para que se pueda volver a utilizar.

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¡Hola, hola! Estamos aquí…

… y queremos quedarnos.

Hoy es el primer día de este blog y la primera entrada que escribimos.

Este proyecto de la web y del blog lo hacemos entre amigos, buenos amigos, así que no tiene más remedio que salir bien.

Para empezar, que mejor que dar las GRACIAS a todos los que nos habéis ayudado.

A Manuel Gil (Lete) de MGrafico por la imagen corporativa y el diseño de la web y de todas y cada una de las cosillas que le pedimos. Nos encanta tu trabajo y nos entendemos bien.

A Mauro Entrialgo por sus dibujos para la web. Somos seguidores tuyos desde hace mucho tiempo y nunca nos imaginamos que acabaríamos en esta.

A Cecilia Espejo por sus iconos de las secciones de la web, esa chica imagen del blog, el avioncito… y nuestra caja, esa guapa caja de cartón para llenarla de sorpresas.

A los chicos de Avanze por hacerlo todo posible: la web, el blog, la herramienta de administración. Por aguantar nuestros cambios de opinión y los retoques y retoques de todo este proceso. Por tantas cosas que nos han aportado gracias a su experiencia.

Gracias.

¡Ah! Y gracias a nuestros hijos, los culpables de toda esta locura.