Encerrados entre pompas y cancelas (¡Feliz vuelta al cole!)

Mi santo se queja poco (o nada). Pero hay una cita obligada en el año en la que nuestra casa se convierte en el muro de las lamentaciones. Ni la subida del IVA, ni la rebaja de sueldo a los funcionarios, ni los virus, ni los vecinos ruidosos. A este virtuoso varón con el que comparto mi vida sólo lo sufro alterado cada comienzo de curso cuando nos toca, oh, cielos… ¡¡¡forrar los libros!!! Ya días antes se hace el remolón: “¿Pero hay que forrarlos obligatoriamente?”. “Sí, lo han dicho en la reunión”. “¿Pero todos?”, “Sí, todos y cada uno de ellos”. “Pues, vaya, si no sirve para nada, si al final los libros no se utilizan nunca más, si es que no lo entiendo…”.

Y el pobre es que se aflige de verdad. Anoche su desasosiego llegó a tal extremo que al lado del rollo de papel autoadhesivo (ése que carga el diablo) lo vi trasteando con el móvil. Había puesto en marcha el cronómetro de su teléfono y estaba contabilizando lo que le llevaba llenar de pompas cada libro. No sé si su intención era pedir daños y perjuicios al colegio por el tiempo malgastado de su vida o competir consigo mismo para ganarle la partida al dichoso encargo. “4 minutos y 30 segundos”, “3 minutos y 16 segundos; je, je “.

Pero lo importante es que nuestros niños han empezado sus clases con los libros (bien) forrados y con una mochila llena de ese pecadillo venial que son las mentiras piadosas: pero-si-te-lo-vas-a-pasar-genial-ya-verás-qué-bonita-tu-nueva-clase-y-seguro-que-no-te-ponen-tantos-deberes-que-no-que-la-falda-de-lana-no-pica-y-en-el-recreo-no-hace-calor-si-ya-estabas-deseando-ver-a-tus-amigos-y-a-tus-profes-qué-bien-qué-bien-volver-al-cole-qué-bien.

Porque tenemos a nuestros niños medianamente bien educados, que si no era para que nos mandaran a tomar Fanta, como dice el anuncio. Y más con un verano como el que han pasado. Ha habido de todo, incluso un intento institucional de secuestro. Lo desarrollo. La jornada prometía. Mi amigo David nos había convocado a la tarde de las 3 “P”: piraguas, panceta y pacharán.

Allí que nos dirigimos cuatro familias con 10 niños; la mayor, Ada, de 9 años y de ahí para abajo, de todas las edades. El plato fuerte era dar un paseo en piragua por un pantano de Madrid. Confirmé con júbilo que Dios existía cuando nos ofrecieron piraguas de tres ocupantes. Porque una es muy madraza y todo lo que quieras, pero lo de ponerme a remar… Así que mi nunca bien ponderado marido y mis dos hijos, amén de los otros padres, se perdieron en lontananza cual pececillos. Volvieron del safari exprés acuático y, como hacía muy buena tarde, decidimos darnos un baño. Estábamos en una zona recreativa gestionada por la Administración. Como relata la voz en off de los documentales: nada hacía presagiar lo que pasaría después. Una hora más tarde, cuando nos disponíamos, por fin, a dar buena cuenta de la segunda P: esa panceta churruscadita, vino la gran aventura.

¿Quién ha dicho que no se pueden poner puertas al campo? Ese campo las tenía: una verja bien cerrada y candada y ninguna forma de salir de allí, al menos en coche. ¿Y bien? Petición oficial telefónica de rescate y “en una hora se pasará una patrulla por allí”.

Durante esos 60 minutos sucedieron muchas cosas. Conatos de llanto en algún peque, una discoteca móvil improvisada con la radio del coche (que ya quisiera Pocholo M. Bordiú), búsqueda incesante de la llave escondida en algún dintel que en las novelas de aventuras abre, por fin, la puerta… Y muchas, pero que muchas imprecaciones (algunas de ellas con la letra homenajeada en cuestión) a costa de las simpares empleadas que decidieron dejar nuestros coches (y a nosotros y nuestros niños) dentro del recinto sin avisar.

En un momento dado, mi santo y Pedro, otro de los retenidos, plantearon la opción de tumbar la puerta, cual Jackie Chan. Y ahí sí que arreciaron los llantos. “No, que a mi papá lo van a meter en la cárcel por tirar la verja abajo”. “No, papááááááá”. Y, claro, cómo le explicas a unos niños que los malos son los otros aunque seas tú el que comete la fechoría. Para tranquilidad de todos, la patrulla llegó antes de que pudiera consumarse la fuga de Alcatraz y nadie tuvo que entrar en presidio (con p).

Debo decir que, tras el incidente, la panceta ya no nos supo tan bien… Por eso decidimos darnos a la morcilla. ¡Y qué morcilla! Porque eso sí, si una cosa conviene enseñar a los niños, es que nada les debe quitar el apetito, que bastantes penurias trae ya la vida.

Mirad mi santo, que no deja de comer ni cuando llega la temporada del libro (forrado). “Con patatitas”, dice que se traga la delicada tarea de encuadernar la esencia del conocimiento de sus hijos.

Y mientras, Teo, que a sus 6 años no para de darle vueltas a la cabeza, va y nos suelta la primera del curso: “Mamá, ¿qué es el pecado original?”. ¡Ay! voy a por el antiácido, que mi santo me lo agradecerá.

Terry Gragera

@terrygragera

¿Cómo entretienes a tus hijos en los viajes?

A principio de este mes de agosto lanzamos un concurso en Facebook para recoger las propuestas ANTI CQ. ¿Anti qué?

Puedes ser desesperante cuando te montas en el coche (ni te cuento si vienes de regreso) y antes de que pasen 10 minutos, cuando aún no has cogido ni la carretera, uno de los pequeñajos te pregunta “¿cuánto queda?” No, por favor, aún no!!!! Pues ahí estamos los padres, estrujándonos la cabeza para entretenerles y que vaya pasando el tiempo y los kilómetros.

A través del muro de Facebook de Creciclando o por correo electrónico recogimos propuestas ANTI CQ. Son todas geniales y hemos querido recogerlas y compartirlas. Esperamos que os sirvan y que os animéis aportando otras nuevas.

nuclearesno.gracias.9, por mensaje privado de Facebook

“Nosotros tenemos tres niñas y viajamos mucho y despacio: vamos con caravana a Alemania, Suiza, Austria y un año fuimos a Normandía y la bretaña francesa.
Un juego que les entretiene mucho es jugar ellas contra nosotros. Ellas proponen una palabra y cantan una canción en la que aparezca esa palabra, luego la tenemos que cantar nosotros y así hasta que uno falle; también jugamos a ver quién ve más animales.
Otro que les gusta mucho es que cada uno proponga una canción (luego la cantamos todos) y ¡así hemos llegado a estar cantando hora y media!
O a ver quién sabe más señales de tráfico: Les damos el mapa y les decimos una ciudad, les vamos dando pistas, al norte de Valencia pero al sur de Barcelona, tiene mar…

Julio A., en el muro de Facebook
“Entretener contando algún cuento o historia divertida e inverosímil. Ese es mi recurso que nos suele funcionar.”

Ana A., por email:
Los animales: “Se decide la categoría de animales según la edad o conocimientos de los participantes (de agua, de tierra, de aire, de mar, de río, de selva, reptiles, mamíferos, etc.)
Por turnos, cada uno va diciendo un animal, el que repita, tarde demasiado o se equivoque de grupo de animal, queda eliminado. Aunque lo más divertido del juego es ayudarse unos a otros con pistas, ruiditos o mímica; buscamos entretenernos durante un buen rato no es necesario acabar con un ganador.
Este juego podemos hacerlo con flores, ciudades, etc.”

Isabelle M., en el muro de Facebook.
Mis hijos son expertos en pasar viajes largos a pelo inventando juegos absurdos como memorizar los códigos de barras de la crema de protección solar o el juego de los “mirones“: hay que mirarse fijamente y pierde el que deje de mirar.

Carlos R., en el muro de Facebook.
Nosotros empezamos una historia inventada y por turnos hay tiene que continuarla. Cuanto más surrealista sea la mezcla de ficción y alusiones a la realidad cercana, más divertido. También jugamos a adivinar canciones que tarareamos sin letra, a ver el primer coche de un color concreto, a aguantar más tiempo sin reírse… Una cosa que les encanta es contarle historias de cuando eran muy pequeñas.

Elsa C., en el muro de Facebook.

Viajamos en una furgoneta, son 4, y van enfrentados dos a dos. Juegan a quitarse un calcetín, cuanto más apestoso mejor, y a tirárselo a la cara unos a otros. El que lo recibe grita horrorizado y el resto se parte de risa. Los calcetines van volando por el coche, acaban por cualquier parte.

Elena P., por email:

1) “Ver coches amarillos. Antes había muchos, pero ahora todos son grisesazuladosmetalizados y los amarillos, para nosotros, son piezas codiciadas. El primero que lo ve, se apunta el tanto”.

2) Imagino, Imagino. Es como el “veo,veo” pero con cosas que no tienes porqué estar viendo, y tienes que dar pistas diciendo para qué sirven.

3) Inventar una historia. Hacemos una historia en la que cada uno inventa un trocito.

4) “Piedra, papel y tijera”, pero con otras cosas. Dos jugadores y un juez. Cada uno de los jugadores tiene que pensar una palabra, y a la voz de “uno, dos, tres” tienen que decir cada uno la suya. Por ejemplo, uno dice miedo y el otro champiñón. Entonces, por turnos y con el que hace de juez poniendo mucha atención, cada jugador tiene que justificar porqué su elección gana a la otra. El miedo puede al champiñón porque se apodera de él y el champiñón no se atreve a salir de su casa, y está todo el rato llorando, y no hace más que llamar a su mamá….., contra,…. pues el champiñón puede al miedo porque, como es tan asqueroso, el miedo se va corriendo y no quiere ni olerlo porque huele “a peste”…… Hay un turno de réplica para que cada jugador aclare su postura y el juez, en función de que le gusten más o menos los champiñones, decide quien gana. Y vuelta a empezar.

Raquel S., en el muro de Facebook:
“Respecto a los juegos de viaje a nosotros nos gusta mucho jugar a ¿En qué se parece? o a ¿En qué se diferencia? Sobre todo es muy divertido con animales, en qué se parece una oveja y una vaca (tienen 4 patas, una boca, viven en la granja…) y en qué se diferencian (una hace bee, otra muu, una da lana, otra da leche,etc). Como véis es un juego que da mucho idem, puedes buscar parecidos o diferencias en formas, colores, sonidos, texturas, tamaños, … Espero que lo disfrutéis, a mi hija de 4 años le gusta mucho.

Ana del E., en el muro de Facebook
El socorrido veo-veo va pasando de generación en generación y siempre es divertido y entretenido mis niños ya son mayores y les sigue encantando nos turnamos con las palabras encadenadas uno dice una palabra y el otro comienza la siguiente con el final de esa primera palabra y así sucesivamente, es una forma de que desarrollen su imaginación y aprendan vocabulario.

Raquel B.en el muro de Facebook
Nosotros que solemos ir para el norte de España, aprovechamos la lluvia para hacer “carreras de gotas” por los cristales laterales. Cada uno elige una gota, y a medida que avanza el coche, esta se va desplazando hasta el final de la ventana. Por supuesto, gana el que haya elegido la gota más rápida. Ah, y si en el camino, la gota se “traga” otra y se hace más gorda, tiene un punto extra.

Juan Carlos A., en el muro de Facebook (sin participar en el concurso por estar fuera de plazo)

Pasatiempo “matemático”. Intentad mirar el paisaje y descubrir algún objeto que pueda “contarse”. Por ejemplo, unas vacas, o unos molinos eólicos. Ese primer objeto sirve como excusa para comenzar un itinerario de sumas y restas. “Mirad, hay cinco vacas en el prado. Si tres de ellas se van al pilón a beber agua, ¿cuantas quedan en el prado?;… a la tres vacas que van al pilón se le juntan otras cuatro que venían con el pastor, ¿cuantas vacas hay en el pilón?;… de las que quedaban en el prado, hay una que se va hacia el establo por que la van a ordeñar, ¿cuantas quedan en el prado?;… Así se van sucediendo escenas en las que hay que saber sumar y restar y hay que tener memoria para acordarse de cuantas había en cada escena. Os aseguro que puede acabar siendo un lío divertidísimo. El contador de la historia también puede ser uno de vuestros hijos y os sorprenderá lo mucho que son capaces de complicar la historia los niños para hacer que os confundáis,…

Nos han encantado todas las propuestas, pero había que elegir una. El premio sería para la propuesta más original y la ganadora es: ¡TACHÁN, TACHÁN!

La peculiar versión del “Piedra, papel y tijera”, pero con otras cosas, propuesto por Elena P.

¡Enhorabuena Elena!

El premio es el libro “Crear y reciclar. Manualidades fáciles y creativas para niños”. Un libro que nos encanta, que tiene mucho quie ver con la filosofía de Creciclando y que entretendrá a los peques en origen y destino.

 

Muchas gracias a todos por participar.

¡Que tengáis un buen viaje!

 

Así acabó la historia

Post Creciclando

Como un parque de atracciones. Así es la vida de cualquier familia con hijos, por eso a nadie le extrañará que los “sucedidos” que he venido relatando en este Blog sean totalmente ciertos.

Muchas de las historias se quedaron aquí en un punto y seguido; por eso, y como participo de la tendencia general de hacer balance a final de curso, como si aún estuviera en etapa escolar, repasaré los finales de los momentos que he compartido con vosotros a través de estos post.

Edad recomendada O cómo los padres nos empeñamos en adelantar etapas en nuestros hijos, por supuesto, fastidiando a los demás.

Ya no aguanto más, tras revivir esta experiencia en otras actuaciones infantiles, me planteo seriamente crear una asociación de damnificados. Bueno, seriamente no, es solo en mi fuero interno, pero que sepáis, padres que nos arruináis a los demás los espectáculos, que me he quedado con vuestra cara. Con la de todos.

De virus, escapadas y culpas O por qué siempre los niños se nos ponen malos cuando decidimos salir solos o tenemos citas apetecibles.

Mis hijos han seguido cazando virus, especialmente en fechas señaladas. Que hay una boda o nos juntamos para celebrar dos o tres cumples, ahí que faltamos… Ante tanta ausencia a eventos organizados por amigos, los más osados han empezado a preguntarnos si tenemos algo que esconder e incluso dudan de que haya “terceras personas”… Y están en lo cierto. Yo/mi santo, nuestro hijo y el médico.

Mil padres en uno O cómo los hombres son esos seres encantadores que crían a los hijos “a su manera”, como diría Frank Sinatra.

Sin novedad en el frente. El padre de mis hijos continúa obviando la composición de los tejidos según las estaciones, creando tendencia al combinar colores, dándoles un phoskitos como postre de la cena y riéndose ante sus trastadas cada vez que la ocasión lo merece. ¿Y yo me enfado? Qué mejor valor que la coherencia en los propios ideales.

Arggggg… ¡Piojos! O cómo unos seres tan diminutos son capaces de poner en jaque a toda una casa durante semanas.

Pues no, como era de esperar, este año tampoco nos libramos. Fue escribir el post y no más allá de 10 días después ver a uno de mis hijos rascándose la cabeza con fruición. ¡Oh, cielos!, pero si yo había tocado madera con los dedos de los pies mientras escribía sobre piojos. Pues no fue suficiente. Una vez más volví a plantearme si soy buena madre porque en esta ocasión tampoco se me pegaron. El psicoanálisis me ronda.

La teta  O cómo deshacerte de comentarios inoportunos cuando estás dando el pecho.

“¿Te gustaría tener otro hermanito?”, pregunta mi suegra un día sin más. “Sí. Yo quiero tener un hermano para tomar otra vez teta”, dice Teo. Y su hermana asiente. La pobre mujer, que no es de comunión diaria, pero está pensando seriamente en reconsiderarlo para poder soportar a la indomable de su nuera, se queda perpleja y seguro que piensa que esos más de dos años de lactancia han horadado la razón de sus nietos. Si es que nadie es perfecto.

Los celos: ¿un mal necesario? O cómo hacer que tus hijos entiendan que puedes quererlos a los dos a la vez.

Toda mi esperanza de que con el paso del tiempo los celos entre mis hijos acabarían quedándose atrás fue infundada. Es más, parece que se han recrudecido. Sus métodos para “hacerse rabiar” son cada vez más sofisticados y refinados, vamos, que estoy por preguntar en qué momento han visto CSI a mis espaldas.

Malcriar… ¿o bienamar? O cómo la gente te persigue para que no cojas a tus hijos en brazos.

Indómita, que soy una indómita. Como mis niños ya no tienen edad de que los coja en brazos de día, los mimo de noche. Que alguien que firma best-sellers dice que hay que dejar a los niños solos en su dormitorio, pues yo acompaño a mis hijos hasta que se duermen. Que se despiertan de madrugada, allí que acude su padre (que por algo es santo, ¿no?). Todo por ir contracorriente y a favor del instinto. Y que sea por muchos años.

Por cierto, Pepe abrazó por fin a su mujer y ella lloró de felicidad. España acababa de ganar la Eurocopa.

Amigos O cómo los padres nos empeñamos en elegir algo imposible: las amistades de nuestros hijos.

Tras la publicación de este post en que nombraba a dos amigas del alma: Esther y Estíbaliz, se emocionaron tanto que comenzaron a hablar a todos sus conocidos de Creciclando. La web se desbordó, el negocio se exportó al extranjero y hoy cotiza en Bolsa. Bueno… por una vez se puede soñar, ¿no? No obstante, el buen trabajo del equipo de Creciclando merece un Dow Jones y mucho más.

Caballito: historia de una mascota O cómo los padres podemos convencer a nuestros hijos de que un pez es un animal de compañía.

El pobre Caballito no recibió finalmente sepultura. Es un secreto, pero permanece con nosotros, embalsamado entre servilletas de papel y film transparente, esperando que nuestra hija se acuerde de él o se olvide para siempre. “¿Por qué no lo tiramos ya a la basura?”, he interrogado a mi santo varias veces. Él se limita a decir que no con la cabeza. Y es que un día si Ada pregunta que cuándo vamos a enterrar a su pez y le decimos que no está, me veo a su pobre padre recorriéndose otra vez los acuarios y cometiendo un asesinato para mostrarle el cuerpo incorrupto de Caballito. Y eso sí que no.

Día de la Madre  O qué hacer cuando se pierde el regalo que ha hecho en el cole tu hijo para ti.

La bonita y sin par muñeca-cuchara de palo que hizo mi santo para purgar su descuido luce hoy en mi dormitorio como si hubiera sido elaborada por las inocentes manitas de mi hijo. Y yo me pregunto cada vez que me voy a dormir: “¿qué sentirá mi marido al ver ahí su obra: culpa u orgullo?”.

Generosa O cómo pedirle a tus hijos que sean más solidarios de lo que tú eres.

36 gallinas ponedoras cacarean en Dubbo (Etiopía) gracias a Ada. Su Comunión se celebró en mayo y, tal como había anunciado, destinó el dinero que le regalaron unos cuantos buenos amigos a este propósito. Estaba feliz, casi más que con otros presentes que recibió. En su carta a los niños etíopes sólo les pedía una cosa: que a una la llamaran Cotufa y a otra Ceferina. ¡Esa es mi niña!

Goles y albóndigas de lata O cómo el embarazo altera tan intensamente las hormonas y otros sentidos.

Sigo sin probarlos: ni los berberechos ni las albóndigas en lata. Y creo que será para siempre. Amén.

Adán, Eva y los trogloditas  O cómo explicarle a tus hijos el Génesis y otros episodios religiosos.

Aunque fue la Comunión de Ada, las charlas teológicas entre mis hijos están un poco más calmadas. Han pasado de este tema al de las “partes íntimas” (¡Glup!). San Google, san Google, ruega por nosotros.

¿Y tú que quieres ser de mayor? O cómo nos empeñamos en influir en el futuro de nuestros hijos.

Tras los últimos acontecimientos, estoy replanteándome seriamente la conveniencia de que mis niños se hagan funcionarios, que como sigamos así, cuando les toque a ellos van a tener que pagar por su plaza fija: “Imagínate qué chollo, mamá, nos sale sólo por 100.000 euros”. Y lo de constructor o médico tampoco parecen buenas opciones. ¿Y la vida contemplativa? Anda que no hay conventos en España…

Playas con encanto O cómo por nuestros hijos hacemos sacrificios a los que jamás pensamos llegar.

Pues sí, nos escapamos a una playa con encanto… para mis hijos. Qué patinetes con toboganes (un lujo del modern design), qué paseo marítimo lleno de puestos (“papá, cómprame algo, cómprame, cómprame”), qué olor a fritanguilla desde los chiringuitos. ¡Una maravilla! ¿Quién cambiaría esto por una recóndita cala en la que se pudiera leer un libro tranquilamente y como único sonido se percibieran las olas del mar? Se me caen. Los lagrimones.

Más que un torneo  O cómo los padres perdemos la razón cuando compite nuestro hijo.

“Tú baloncesto, hijo, que eres alto y se te da muy bien”. Una y otra vez, una y otra vez repitiendo este mantra para que llegara la dichosa Eurocopa. Como en casa somos profanos en la materia, Teo empezó hablando de Mister Casillas (sic) y acabó el día de la final pidiendo la equipación de Iker Casillas, el-mejor- portero-del-mundo-que-tiene-una-novia-periodista. Tal cual. Y claro, ahora va vestido como él, que ya se encargó su padre de buscarle el atuendo por cielo y tierra. Y no es que Iker me caiga mal, pero me haría tanta ilusión que preguntara por Pau Gasol…

Ese día llegó O cómo se transfiguran los padres cuando sus niñas se van haciendo mayores.

Ada lleva todo el verano con su parte de arriba del bikini. Pero su padre respiró ¡y de qué manera! cuando interpretó en su fuero interno que era “producto de la presión social”, vamos que, en realidad, su niña no se está haciendo tan mayor, sino que imita al resto de niñas de su edad. La esperanza es un bien tan preciado, querido santo mío.

Darse la vuelta O cómo los padres, también los famosos, disfrutamos de otras cosas.

Tras ver en la celebración de la Eurocopa que más que un equipo de fútbol aquello era un Kindergarten el día de fin de curso, Gerard Piqué y Shakira decidieron contribuir a la causa. Y parece que lo van a conseguir.

¿Bien o en familia? O cómo los términos suegra y vacaciones son totalmente incompatibles.

Tras escribir este post me aseguré de que mis padres se dieran de baja en Internet para que nunca pudieran leerlo. Por la herencia… digo, por el disgusto, más que nada. Con respecto a mi suegra, no sé si lo leyó o no. Y lo peor, no me atrevo a preguntarlo.

Brigada antivicio O cómo los hijos se empeñan en torpedear las muestras de cariño de los padres.

Tiempo de sol, piscina, cuerpos en bikini… Bueno, que ya no estamos en edad, pero mis hijos siguen en sus trece. Son capaces de volverse a meter en el agua, aun habiéndose salido tiritando hace un minuto, con tal de separarnos a su padre y a mí de un casto abrazo. Con lo que se cotiza una pareja bien avenida…

Una “tranquila” jornada playera O cómo las suegras siempre tienen la razón.

Ya no tenemos a Yola Berrocal paseando por casa porque el labio de Teo se ha deshinchado, pero ha costado lo suyo. Cuando Suegra II decía aquello de “a ver quién os atiende por ahí” tenía toda la razón. En Urgencias no vieron otra heridita interna y el labio se infectó. Conclusión: no solo el socorrista estaba dormido en esa playa aquel día.

Tras este repaso, os dejo disfrutando de vuestros hijos el resto del verano. Creciclando y su Blog siguen en marcha, pero yo regresaré con mis post en septiembre. Quién sabe: ¿llegaré a ser la nuera preferida de mi suegra?, ¿entrará mi hijo en los alevines del Real Madrid… de fútbol?, ¿decidirá mi hija que lo de estudiar es un rollo y que quiere prepararse para entrar en Gran Hermano?, ¿seguirá sumando santidad mi santo marido? Todo esto y mucho más, a la vuelta.

Terry Gragera

 

Una “tranquila” jornada playera

Eso me pasa por mala, remala. Y es que parece que una ya no puede disfrutar de un tranquilo día de playa después de haberse metido con Suegra I y Suegra II. No creía yo que mis dotes de bruja, no como lo entienden algunas, sino en el sentido más profético del término, fuesen tan ajustadas. Porque donde hace dos post decía: “Escena 3, en un paseo por la tarde se te ocurre dejar que tus hijos monten en unas camas elásticas del paseo marítimo…”.

Pues sí, se nos ocurrió. Y Teo acabó con el labio partido. “Os veo en Urgencias, y a saber quién os atiende”. Y a Urgencias que nos fuimos para que entre el enfermero y el médico decidieran si la criatura necesitaba puntos de sutura o de aproximación.

Todo esto en una jornada playera de lo más reseñable. “Vamos a la playa”, le dije a mi santo y mártir marido. Y él, que es más de campo, asintió. Con lo bien que estábamos en la piscina y bajo los sauces llorones jugando al monopoly con los niños y no se me ocurre otra cosa que planear un día en el mar. Pues allá que nos fuimos. Y casi acabamos en comisaría.

Bandera verde, ¡estupendo! Pero con lo que no contábamos es con que el socorrista había decidido no herniarse aquella tarde izando otra bandera. “Uy, qué olas”, “pues sí que se está levantando el mar…”. Hasta que, catapún, llegó el olazo, esa ola que es capaz de traumatizar al niño más feliz del mundo y hacer que no vuelva a meterse en agua salada nunca más. Esa ola que, por supuesto, revolcó a mis hijos y a mi querido esposo, una y otra vez, una y otra vez de nuevo, contra las piedras, la orilla, otros bañistas y demás entes sólidos, líquidos y gaseosos del litoral.

El padre salió magullado; los niños, llorando y gritando. Y la congoja les duró no menos de media hora ininterrumpida (no exagero), durante la cual fuimos objeto de penetrantes miradas dispuestas a arrancarnos la patria potestad de cuajo. “Es que hay que tener cuidado con las olas”, nos increpó un señor mayor; “pues dígale a su ayuntamiento que contrate a otro socorrista más espabilado”, me dieron ganas de contestar. Pero no, allí aguantamos impávidos los gritos y las lágrimas de nuestros hijos, mientras sentíamos los comentarios de toda la playa pegados a nuestra chepa.

“Papá, y tú no has hecho nada para sacarme…”, resaltaba Teo mientras su pobre padre se limpiaba la sangre de la rodilla, y a todo esto Ada lloraba: “Ay, si no llego a pasar a 5º de Primaria…”. Vamos, que alumnas tan convencidas como ésta ya quisiera tener el ministro Wert.

Nos fuimos de la playa justamente a los 20 minutos de haber llegado y de sufrir los revolcones de las olitas que el socorrista tuvo a bien obviar. Para distraerlos del disgusto se nos ocurrió montarlos en las atracciones del paseo marítimo con el resultado ya sabido del pobre Teo luciendo unos morros que ni Yola Berrocal.

Qué relajante jornada playera, qué descanso, qué paz… Si es que, en el fondo, nos pirran los deportes de riesgo. Las aventuras. Y a mí me viene de antiguo. Porque cómo recuerdo esos veranos en que, desde nuestra casa de campo, iba a comprar a la tienda de ultramarinos del pueblo más cercano (a “La Bienve”, para más señas) y las madres arengaban a sus niñas: “Llámale guarra” (sic) porque iba en pantalón corto, ¡eso sí que era emoción!

El año que viene, nada de excursiones playeras, o al menos no tras haber hablado de las Suegras. Al pueblo en shorts o en pantalón largo, pero al pueblo. Que luego pasa lo que pasa.

 

Terry Gragera

Brigada antivicio

Mis hijos reaccionan rápida y ferozmente ante varias circunstancias. Una de ellas son las demostraciones de amor entre su padre y yo. No es que nos dediquemos a la pasión y al frenesí delante de los niños, pero cuando nos abrazamos o simplemente nos damos un casto beso en los labios, surge de inmediato la “brigada antivicio”, como yo la llamo.

Teo y Ada acuden entonces con toda prisa a separarnos, la mayoría de las veces diciendo: “No, no”, entre risas forzadas que quieren disimular lo mucho que les molesta la situación. Y eso que no somos empalagosos ni zalameros; porque a ciertas alturas del camino me temo que los arrumacos en exceso han pasado a mejor vida. Pero, a pesar de ello, ante la mínima expresión de acercamiento surge la alianza de las civilizaciones (entre hermanos) para separarnos cuanto antes, mejor.

Si lo pienso bien, es de las pocas veces en que ambos están de acuerdo de entrada, sin pararse a discutir sobre quién secunda a quién. El objetivo es claro: impedir que papá y mamá se traten “como novios”.

Hace muy poco vivimos una escena de este tipo. Intenté razonar con ellos diciéndoles que era mucho mejor que sus papás se manifestaran amor. “Además, gracias a que nos queremos, estáis vosotros aquí”. “Sí”, contestó Ada, “pero como ya hemos nacido, se acabó el problema”. Lo que se traduce en: el objetivo fundacional de vuestro baboseo ha perdido su razón de ser. Así que, a otra cosa, mariposa.

Desde muy pequeños, recuerdo que han reaccionado de esta forma; ay, esos celillos marca de la casa. Y la verdad es que no sé cómo interpretarlos. Ni se me ocurre consultarlo con un experto, ya que de un complejo de Edipo sumado a otro de Electra en grados severos no me libra nadie. Así que prefiero pensar que, como las sillas o las mesas, ellos se sienten más seguros cuando las cuatro patas de la familia están al mismo nivel. Sin apartes por nuestro lado.

En estos días se cumplen 20 años desde que mi nunca suficientemente ponderado esposo y yo nos conocimos (sí, nos encontramos muy jóvenes…) y es inevitable hacer balance. ¿Puede una mujer con las neurosis a flor de piel haber hecho feliz a un bendito como él? Espero que sí. Dos décadas, dos hijos y no diré cuántos kilos de más en mi báscula (no por nada, si no son tantos…). En la felicidad de Ada y de Teo él tiene muchísimo que ver, así que le devuelvo con todos los honores y para siempre la condición de santo, a la que añado la de mártir por aguantarme todo este tiempo.

Para los próximos 20 años, y si Corega Ultra y otros gadget seniles que están por llegar nos lo permiten, tendremos que inventar otra forma de achucharnos en público. Porque, entonces, y con los antecedentes que tenemos, serán nuestros nietos los que acudan, raudes y veloces, a ponernos tierra de por medio.

Terry Gragera

¿Bien o en familia?

 Diccionario de la Real Academia Española, definición de “suegra”:

  1. Madre del marido respecto de la mujer, o de la mujer respecto del marido. // 2. Parte en la rosca del pan, que corresponde a los extremos del rollo de masa y suele ser lo más delgado y cocido. // 3. Rodete para llevar peso sobre la cabeza.

Sí, lo de extremo, rollo y peso sobre la cabeza es realmente atinado, pero leo y releo, y a mí me falta algo. ¿Dónde está la acepción que recoge: “Señora que fastidia las vacaciones, si va porque va y si no va porque no va”?

Y es que la imagen de la suegra metida a presión en el coche no ha perdido actualidad. Y cuando digo presión, me refiero a presión mental, claro está. Porque ¿puede alguien en su sano juicio mantener que irse de veraneo con la suegra es descansar, desconectar, desagobiar, desestresar, desangustiar y todos los demás des- que llevamos ansiando un año?

No aspiro a ganarme el cielo, o al menos no de este modo tan gravoso, así que reconozco que huyo, cual prima de riesgo hacia adelante, cada vez que llega junio y hay que plantear las vacaciones familiares. “¿Unos días con quién?, pero si sólo tengo 3 semanas de vacaciones, cariño”. Y nótese que digo “cariño” para no revelar la identidad del causante del pecado.

Así que seguiré siendo prudente y hablaré de mi experiencia con Suegra I y Suegra II (pues o de mi santo esposo o de mi santa paciencia son suegras las dos abuelas de mis hijos). Y con ambas puedes apostar 100 a 1 a que te encontrarás situaciones como éstas:

Escena 1

En la playa se te ocurre ponerle a tu hijo, no al niño de la toalla de al lado, sino a ése que llevas criando unos cuantos años, una camiseta blanca en las horas de más sol.

Suegra I: “Desde luego, vaya tonterías; en mi época no se usaba nada de eso y nos hemos criado fenomenal. Es que los protegéis demasiado”.

Suegra II: “Pero si eso no sirve para nada, que no paran de avisar en la tele de los peligros del sol, inconscientes, que sois unos inconscientes, que esa camiseta de mercadillo no vale si no tiene filtros para los rayos UVA, gamma, fluorescentes y electromagnéticos. Lo veo en Urgencias con quemaduras de primer grado, y a saber quién os atiende aquí”.

Escena 2

A la hora de la comida, se te ocurre darle un helado de postre a tu hija, y no un polo flash ni uno de hielo, sino uno de los caros, a 6 euros la tarrina.

Suegra I: “Desde luego, cómo los consentís. Todo el día con caprichitos. En mi época sólo se tomaba helado los domingos y nos hemos criado mucho mejor”.

Suegra II: “Pero un helado, con lo frío que está. Esa niña se va a poner mala de la garganta, y mañana estará con fiebre y llegará a 40 y con lo peligrosas que son las convulsiones febriles… La veo en Urgencias, y a saber quién os atiende aquí”.

Escena 3

En un paseo por la tarde, se te ocurre dejar que tus hijos monten en unas camas elásticas del paseo marítimo.

Suegra I: “Desde luego, estos niños no paran de pedir dinero, cómo se nota que no le dan valor a nada, si es que los habéis acostumbrado a que siempre sea fiesta”.

Suegra II: “Pero estáis locos, a ver si se van a doblar el cuello al caer. Que el nieto de una amiga mía se resbaló en un columpio justo, justo como éste y estuvo fatal. Qué inconscientes sois. Os veo en Urgencias, y a saber quién os atiende aquí”.

Escena 4

Tu niño (o tu niña, que para este caso da igual) se coge una rabieta de las que hacen época. Patalea, da un portazo, te dice que tú no mandas sobre él y se pone a gritar, cual Belén Esteban en sus mejores tiempos, cuando lo mandas a su dormitorio a “pensar”.

Suegra I: “Ven aquí, tú, que tus padres no te entienden. Malos, malos. Anda, hijo, ven con la abuela, que te perdona todo”.

Suegra II: “Ay, mi niño, qué le han hecho sus papás… Venga, ¿a qué te vas a portar mejor? Ya está, ya se pasó, que no se han dado cuenta. (“Qué poca cabeza tenéis; no le deis disgustos al niño, que como siga gritando así, se va a hacer daño en las cuerdas vocales y os veo en Urgencias)”.

 

Bueno, al menos se ponen de acuerdo en algo… además de en desheredarme.

Y es que por esto, y por muchas otras cosas que (hoy) no desvelaré, reivindico las vacaciones sin suegras. Que sólo haya que pelearse con los hijos y con la pareja es una auténtica bendición.

 

Terry Gragera

Darse la vuelta

Supe que esto de ser padre era como una operación integral de estética cuando en la Feria del Libro de Madrid sorprendí a Ray Loriga hablando de sus hijos. Él, un escritor “maldito” a una cerveza pegado, descreído de todo y de todos, comentaba con alguien que se mudaba a una casa en las afueras porque “era mejor para los niños”. Después de aquello, me di cuenta de que no encontraría en el mundo otro motor con más fuerza que la paternidad.

Me ha sucedido igual contemplando cómo celebraban los tricampeones de La Roja su último triunfo. Ni la Copa, ni las autoridades, ni un estadio enloquecido, Fernando Torres y compañía con lo que disfrutaban era con el confeti y la serpentina plateada que sus niños aventaban en el césped. Tengo que confesar que me enterneció la estampa de esos millonarios jugando a las piñatas como si no hubiera pasado nada más. A sus hijos, como a los nuestros, lo que de verdad les emociona son los papelitos, los colores, el envoltorio del regalo…

En carne propia también he vivido lo que supone darse la vuelta ante los deseos de un hijo. Mi encantador marido que, para más señas, pertenece a la Liga Anticorbata, no dudó ni un segundo en preguntarle a nuestra hija si quería que llevase tal “diabólica prenda” el día de su Comunión. (Dejo dicho aquí que en nuestra boda fue sin corbata por expreso deseo suyo, aunque seré honesta y reconoceré que para mí ese detalle era lo de menos, a pesar de que para otros tomara rango de sacrilegio). Pero a lo que iba, que dispuesto estaba el hombre a complacer a su hija, de no ser porque al probarse la corbata ella decidió que estaba mejor con su cara de siempre, y es que es ponerse una y transfigurársele el rostro… Pero eso es algo que tendrán que investigar avezados científicos.

Igualmente, mi santo decidió por sus hijos pasar por alto la promesa de no pisar jamás un centro comercial en periodo crítico. Aunque, en parte, se puede decir, que la cumplió. Porque adentrarse en Navidad en Cortilandia no es pisarlo, exactamente, sino ser pisoteado, arrollado, empujado, y si no hay suerte, hasta desplumado. Pero, ¡qué bonitos que son los muñecos, qué danzas, qué polifonía! Y esa cancioncilla machacona: “Cortilandia, Cortilandia, vamos todos a cantar”… que ya no te abandona en todas las fiestas.

Pues sí, lo hizo, y aunque juró no volver a caer, la pasada Navidad, sin ir más lejos, ahí que incumplió de nuevo. Eso es un padre, sí señor. Que para ser consecuentes con los propios “yo nunca haré…” ya se han tenido unos cuantos años antes. Y es que no hay hombre que se resista a la sonrisa de un hijo.

De las madres no hablo hoy. Y no hablo porque es obvio y evidente que, salvo flagrante desnaturalización, todas le damos la vuelta a la piel según notamos la primera patadita en la tripa. No es que tengamos demasiado mérito, o tal vez sí, pero me temo que estamos programadas para ello. Que no podemos hacer otra cosa que querer y proteger, proteger y querer aún más a nuestros retoños. Por eso somos capaces de pasar por encima de cuatro filas de asientos con tal de que sea nuestro niño el que suba al escenario con su personaje favorito. Y no nos duele mentir si la ocasión lo requiere: “No, si me ha dicho la directora, vamos, ella per-so-nal-men-te, que podía acompañarlo a clase”. O nos dejamos los ojos con tal de que no se frustre, “pues claro que podemos hacer la Torre Eiffel con granos de arroz. ¿Para mañana? Está bien, la empezamos juntos y luego por la noche sigo yo”.

Pero estos excesos son más propios de nosotras. Porque ellos, los padres, se limitan a traicionarse sin alharacas, casi de puntillas, como para pasar inadvertidos. Pero no, que ya está bien de ir a Cortilandia con gorra para que no se os reconozca. Que os tengo fichados a todos. Y, para vuestra tranquilidad, sois más de los que creéis.

 

Terry Gragera

Ese día llegó

 

Y ese día llegó. El momento terrible, temido, inquietante, sobrecogedor en que la niña de los ojos de su padre le dice: “Papá, este verano ya me voy a poner la parte de arriba del bikini”. ¡Ay!, qué puñalada, qué golpe: la peque se hace mayor. Y eso es justamente lo que le está pasando a Ada. A sus 9 años (y medio), el pudor ha venido a visitarla, y ha decidido cubrir “sus partes privadas”, como las llama ella. Y ahí está, innecesariamente, con sus dos piezas, mientras nos parece que fue ayer cuando comenzaba a gatear por el césped de la piscina…

Pero el verdadero protagonista de la historia es su pobre padre, que asiste enmudecido a esta metamorfosis del gusano de seda en mariposa. Ada se encamina a pasos firmes hacia la adolescencia. Por eso a ratos dice que se encuentra rara, o que quiere estar bien y no puede. “Las hormonas”, le digo, “que están cambiando tu cuerpo poco a poco”. Y entonces mi (ex santo) marido resopla. Resopla porque no puede ni imaginar lo que será nuestra casa cuando las corrientes hormonales de madre e hija hagan fuerza contra los demás habitantes de la casa, para más datos, dos hombres, que suelen dejarse la tapa del WC levantada, lo que en determinados días del mes puede convertirse en un asunto de Estado.

Y resopla, también, ante el inevitable paso del tiempo imaginando que su niña empezará a cumplir con esas etapas que todos hemos vivido, pero que a él ahora le hacen sudar. “Tú hazte monjita, hija; tú monjita”, masculla de vez en cuando intentando hacer creer que es una broma. Pero no, yo sé que no. Que daría lo que fuera por parar el tiempo y, sobre todo, y aunque suene taaaan antiguo y taaaan machista, porque nadie del sexo opuesto se acercase a su hija con las mismas intenciones que tenía él a esa edad.

Y es tanto su desasosiego que si viviéramos en Estados Unidos tal vez se haría socio de la Liga de Amigos de las Armas de Charlton Heston (eso sí, versión fogeo), al menos para asustar a más de un moscón.

Dicen que los que fueron muy ligones en su juventud se convierten en sufridores padres con sus hijas. Yo, por supuesto, no quiero ni pensarlo, y mantengo que ésta es la excepción, porque entonces la que le daría al fogeo sería yo. Que eso de pensar, que aún cuando no me conocía, mi (ex santo) marido miró a otras, puede conmigo. Pasional (que no exagerada-celosa-excesiva-neurótica) que es una…

Así que nuestra pequeña ya usa parte de arriba del bikini por decisión propia. Y si miro atrás, estos 9 años (y medio) han pasado tan rápido que podría comprimirlos en solo unos pocos segundos. A partir de ahora comienza una nueva etapa y, por ello, a mí me toca renovar el botiquín casero: antiácidos, relajantes, ansiolíticos y, lo más importante, antiespasmódicos para mi ex santo y ex ligón marido. Porque le van a hacer mucha falta para soportar cada ocasión en que un pretendiente (bueno, malo, regular o superior) se acerque a su amada niña.

 

Terry Gragera

Más que un torneo

“Esto merece un post”, me dijo mi amigo David cuando le hablé del Torneo de Baby Basket que acaba de jugar Teo. La escena podría parecer previsible: primera competición de mi niño. Gradas llenas. Asistencia emocionada de la familia. Kleenex en cantidad. Cámara de fotos. Cámara de vídeo. WhatsApp a los ausentes. Una canasta en el último segundo. Dedicada a mí, por supuesto…Gana su equipo. Ovación del público. Se me acerca un cazatalentos con un contrato en la mano… Oigo una música sonando de fondo… Es mi despertador.

 Pues sí, como correspondía a un partido de niños de 5 y 6 años, nada de eso sucedió, sino carreras desordenadas hacia las dos canastas, sin saber muy bien cuál era la propia; el más amplio repertorio de “pasos”, “dobles”, “campo atrás” y demás infracciones de las reglas del basquetbol; y cuatro canastas por cada equipo en un tiempo indeterminado que los sabios organizadores decidieron dar por terminado justo cuando los marcadores se igualaban.

Pero, ¿entonces por qué merecería un post el acontecimiento? Porque a raíz de él he descubierto mi dualidad, mi duplicidad, mi doble personalidad, mi dimorfismo, mi vivo sin vivir en mí, mi otro yo. Y es que cuando comentaba, divertida, mi perplejidad por haber coincidido con madres forofas ya en estos niveles de iniciación, ése que yo llamaba mi santo marido sentenció: “Como tú”. Y entonces vi pasar mi vida frente a mí.

Reconozco que en algún momento aislado del juego animé entusiasmada a mi hijo, e incluso que le dí alguna “tímida” indicación de dónde debía colocarse en la cancha, pero de ahí a otras arengas que escucharon estos oídos creí que mediaba un abismo. Pero parece que no.

En lo de dar directrices (vengan o no al caso) a una madre no hay quien le gane: “Jorgitoooooo, no dejes que te lo quiteeeeee. Tira, tira del balón”. Y el pobre Jorgito aferrándose a la pelota de minibasket, mientras piensa “como la desobedezca, me castiga sin la Wii”, dejándose la rodilla en el cemento y con otros tres jugadores encima, cual melé de rugby, mientras la árbitro, no hace menos de dos minutos, trata de imponer su silbato a los gritos de las madres que (como yo) dirigen a sus vástagos desde la grada. ¡Ay! Y, entretanto, la pobre entrenadora, que sufre en silencio que la llamen monitora o señorita, asiste impávida al espectáculo (nunca mejor dicho) porque si pierde la compostura todavía hay quien podría decir que con esas formas no es digna de entrenar a su niño.

¿Y qué pasa con los padres? Los padres se limitan a meterse con los árbitros, algo muy propio de la psicología masculina. Y es que no hay un seleccionador en cada español; la cuestión va mucho más allá. En cada uno de nosotros hay un trío arbitral. Para qué conformarse con una identidad única pudiendo aspirar a una más compleja.

No seré yo quien niegue que, a todos, nuestro hijo nos parece el mejor (o bien porque meta tres de las cuatro canastas de su equipo, como Teo; ¡uy!, perdón si yo no quería personalizar, y es que nunca he sabido cómo se borra en estos ordenadores de ahora…, o bien por ser simplemente nuestro niño).

No quiero ni pensar en cuando vayan pasando los años y mi hijo y los de las demás madres vayan ascendiendo a categorías superiores de baloncesto. Estoy por tirar de hemeroteca y ver cómo lo ha llevado la madre de los Gasol. Porque los demás no sé, pero mi Teo va a llegar lejos, muy lejos, y ahí estará su madre para decirle en cada partido lo que tiene que hacer.

 

Terry Gragera

Playas con encanto

Una es imperfecta, como ha quedado acreditado en anteriores post. Y ahora que llega el verano, un año más tengo la tentación de dar rienda suelta a mis defectos, a mi egoísmo, a mi ambición… Y lo que es peor: en contra de mis propios hijos… ¡Lo que yo quiero es veranear en una playa sin gente! Vamos, lo contrario de lo que esperarían dos niños de 6 y 9 años en sus vacaciones.

Reconozco que la muchedumbre (entendiendo ésta por más de cuatro personas) me aturulla y me atormenta. Por eso me gustaría disfrutar de una de esas playas con encanto que glosan las guías de viajes. Un sitio sin ruido ni música, sin pelotas ni palas, sin canoas ni patinetes a pedales… Justo lo que están deseando mis hijos.

Y ahí sale mi yo angelical, ése que dice: “Vas a ser muy feliz viendo disfrutar a tus pequeños. Tú tranquila, que no pasa nada por estar en séptima línea de playa y tener que sortear a más de cien personas para llegar a la orilla”. Pero entonces responde mi yo diablillo: “Pues vaya, después de todo el año trabajando, no vas a tener derecho ni a unos días a tu gusto. Esto es la dictadura de los niños. Que se entretengan como puedan, que están sobreestimulados”.

Y en medio estoy yo, que me quedaré un año más sin esa playa con encanto a favor de un resort de vacaciones donde hay animación de 9 de la mañana a 12 de la noche. Y mis niños encantados, junto a  mi santo, que como dice que servidora es la que manda en casa, asiente a todo lo que yo proponga.

Recuerdo nuestras primeras vacaciones de casados en Menorca. Tras una caminata de una hora llegamos a una cala estupenda, a no ser por la familia que ¡oh, cielos! había conseguido llegar también a ese recóndito lugar. ¿Pero no se suponía que era un duro camino? Pues no, allí estaban la madre, el padre, la abuela, la fiambrera, la sandía, el tinto de verano, la radio (puesta), el niño y la niña. Y ¡ay que niña! No tuvimos más opción que marcharnos al poco rato ante el soniquete machacón de la criaturita, que no dejaba de repetir: “Playa, playa, merde playa”. “Pues, eso, bonita, di que sí, a la piscina del hotel”. Pero no, ahí siguieron con su dinámica de familia mientras nosotros recogíamos espantados nuestras toallas y nuestra diminuta sombrilla dando por terminado el “relajante” día marítimo.

Me imagino que en estos años en alguna ocasión habremos sido nosotros los “espantadores”. Y es que donde hay niños hay gritos, arena, pisada de toallas, salpicaduras de agua… vamos, un plan infernal para toda parejita  que se precie.

Así que, pensándolo bien, y por la salud mental de los que aún no tienen hijos, lo mejor es que las familias nos juntemos entre nosotras en determinados parajes. Que hay que ir a Marina d’Or, pues se va con alegría, que ya lo dice su eslogan: “Ciudad de Vacaciones”. Que hay que ir a Benidorm, pues se va (si no es por no ir) y se bailan Los Pajaritos con Mª Jesús y su Acordeón.

Si es que en el fondo, lo mío es una pose; si ya se me mueven solos los pies pensando en la mini disco de todas las noches: “Boooomba, para bailar esto es una bomba”. Me quejo de vicio; ya tendré tiempo de ir a mi playa con encanto con mis amigos del Imserso.

Terry Gragera