Amigos

Me encanta cuando un niño le pasa el brazo por los hombros a otro para dejar constancia de que es su amigo. Bien es verdad que el elegido suele tener chicles, cromos, gormitis o algo susceptible de ser compartido. Pero, en el fondo, es un gesto muy de chicos, una manera propia de hacer exaltación de la amistad, que, curiosamente, se pierde luego durante un tiempo para volver años después con ocasión de míticas melopeas en las que, lagrimita de por medio, muchos suelen confesar: “Du (tú) eres mi mejor amigo, dronco (tronco). Dunca (nunca) me haz fallado”.

Pero dejando a un lado ejemplos poco recomendables, el hecho es que los niños, desde muy pronto, viven un universo paralelo en el que sólo caben sus amigos, ellos y las historias que crean en común. Y, por más que nos empeñemos los padres en mediar en esa elección, me temo que lo tenemos más que complicado. Te puedes pasar media vida sugiriendo, con la sutileza que caracteriza a las madres (esto es, con ninguna), lo “ideal” que te parece determinada niña o lo bueno que es tal compañero, para que tus hijos acaben haciéndote ningún caso.

En el fondo, es ley de vida. ¿O acaso tuvieron mis padres algo que ver cuando decidí que Esther o Estíbaliz iban a ser mis amigas del alma para siempre? Y menos mal, porque si no, mi santa madre (con todo el error del mundo) algún defecto les hubiera encontrado (cosa que, pasados ¡20 años!, debo decir que aún no ha hecho, y mira que es difícil en ella…). Los adultos tenemos claro que la elección y/o mantenimiento de nuestras amistades es un coto cerrado, pero cuando se trata de nuestros hijos la cosa cambia.

Nos interesa todo, incluso (y tal vez más) lo que no sabemos y no podemos preguntar del pasado, el presente, el árbol genealógico, las creencias y la forma de vida (con todas sus aristas) de aquellos a los que nuestros niños denominan amigos y, por supuesto, de sus familias. Y eso que a ciertas edades el concepto de eternidad y lealtad es muy variable. Del “ya no me ajunto” a “pues me voy a chivar”, pasando por “eres una mandona” y acabando por “no hay quien te aguante”, para en cinco minutos cambiar súbitamente las tornas: “Vente a mi casa a merendar, bueno no, dile a tu madre que te deje quedarte a dormir y así estás hasta mañana y jugamos a la Wii”. “Sí, guay. Mamáááááááá”.

A ciertas edades, la amistad es una montaña rusa que los padres, y siempre dentro de un orden, tal vez debamos observar con cierta distancia. Pero nos cuesta soltar amarras, en esto como en todo. Quizá antes, cuando los niños no estaban tan hipercontrolados y salían a jugar a la calle y acababan a pedradas, todo era más sano desde el punto de vista emocional. Ahora, el roce de un simple guijarro, que por error y sólo por error, ha variado su trayectoria impactando sobre nuestro niño, puede ser motivo de denuncia. Yo denuncio, tú denuncias, él denuncia… y así están los juzgados.

No dejamos que nuestros hijos resuelvan por sí mismos sus problemas (“¿quieres que hable con su mamá?”); no permitimos que sean autónomos para responder (“pues tú dile que tal y cual y pascual”); nos empeñamos en reinterpretar su relación con nuestras décadas de vida a las espaldas (“¿eso te ha dicho?, ¡qué barbaridad!”). Y el que no lo haya hecho, que deje de leer este post.

Bien, compruebo que seguimos todos aquí. Es un alivio no sentirse un bicho raro. La amistad tiene sus códigos, sus secretos, sus pactos… y sería bueno que los niños pudieran explorarlos por sí mismos, y, si es posible, mejorarlos. Ya tendrán tiempo de iniciarse en el cuanto-te-quiero-pero-como-te-miren-a-ti-más-que-a-mí-te-vas-a-enterar-que-ya-no-tienes-edad-para-enseñar-ese-escote-querida-que-los-años-pasan-para-todos-y-ya-nos-vamos-conociendo-que-aprovechas-cada-vez-que-quedamos-todos-juntos-para-llamar-la-atención-y-me-tienes-cansada-exhibicionista-que-lo-que-tú-necesitas-es-un-buen-psicólogo-so-exhibicionista-que-cuando-estás-depre-bien-que-me-llamas-pero-luego-a-reírte-con-otros-si-ya-me-lo-decían-que-eras-una-aprovechada…

Pues, eso, que ya habrá tiempo para todo lo demás. Mientras, que disfruten de sus abrazos interesados, de sus peleas con vuelta atrás, de su facilidad para olvidar… Sí, pero con los amigos que a mí me gusten. He dicho.

Terry Gragera

¡Hola, hola! Estamos aquí…

… y queremos quedarnos.

Hoy es el primer día de este blog y la primera entrada que escribimos.

Este proyecto de la web y del blog lo hacemos entre amigos, buenos amigos, así que no tiene más remedio que salir bien.

Para empezar, que mejor que dar las GRACIAS a todos los que nos habéis ayudado.

A Manuel Gil (Lete) de MGrafico por la imagen corporativa y el diseño de la web y de todas y cada una de las cosillas que le pedimos. Nos encanta tu trabajo y nos entendemos bien.

A Mauro Entrialgo por sus dibujos para la web. Somos seguidores tuyos desde hace mucho tiempo y nunca nos imaginamos que acabaríamos en esta.

A Cecilia Espejo por sus iconos de las secciones de la web, esa chica imagen del blog, el avioncito… y nuestra caja, esa guapa caja de cartón para llenarla de sorpresas.

A los chicos de Avanze por hacerlo todo posible: la web, el blog, la herramienta de administración. Por aguantar nuestros cambios de opinión y los retoques y retoques de todo este proceso. Por tantas cosas que nos han aportado gracias a su experiencia.

Gracias.

¡Ah! Y gracias a nuestros hijos, los culpables de toda esta locura.