Más que un torneo

“Esto merece un post”, me dijo mi amigo David cuando le hablé del Torneo de Baby Basket que acaba de jugar Teo. La escena podría parecer previsible: primera competición de mi niño. Gradas llenas. Asistencia emocionada de la familia. Kleenex en cantidad. Cámara de fotos. Cámara de vídeo. WhatsApp a los ausentes. Una canasta en el último segundo. Dedicada a mí, por supuesto…Gana su equipo. Ovación del público. Se me acerca un cazatalentos con un contrato en la mano… Oigo una música sonando de fondo… Es mi despertador.

 Pues sí, como correspondía a un partido de niños de 5 y 6 años, nada de eso sucedió, sino carreras desordenadas hacia las dos canastas, sin saber muy bien cuál era la propia; el más amplio repertorio de “pasos”, “dobles”, “campo atrás” y demás infracciones de las reglas del basquetbol; y cuatro canastas por cada equipo en un tiempo indeterminado que los sabios organizadores decidieron dar por terminado justo cuando los marcadores se igualaban.

Pero, ¿entonces por qué merecería un post el acontecimiento? Porque a raíz de él he descubierto mi dualidad, mi duplicidad, mi doble personalidad, mi dimorfismo, mi vivo sin vivir en mí, mi otro yo. Y es que cuando comentaba, divertida, mi perplejidad por haber coincidido con madres forofas ya en estos niveles de iniciación, ése que yo llamaba mi santo marido sentenció: “Como tú”. Y entonces vi pasar mi vida frente a mí.

Reconozco que en algún momento aislado del juego animé entusiasmada a mi hijo, e incluso que le dí alguna “tímida” indicación de dónde debía colocarse en la cancha, pero de ahí a otras arengas que escucharon estos oídos creí que mediaba un abismo. Pero parece que no.

En lo de dar directrices (vengan o no al caso) a una madre no hay quien le gane: “Jorgitoooooo, no dejes que te lo quiteeeeee. Tira, tira del balón”. Y el pobre Jorgito aferrándose a la pelota de minibasket, mientras piensa “como la desobedezca, me castiga sin la Wii”, dejándose la rodilla en el cemento y con otros tres jugadores encima, cual melé de rugby, mientras la árbitro, no hace menos de dos minutos, trata de imponer su silbato a los gritos de las madres que (como yo) dirigen a sus vástagos desde la grada. ¡Ay! Y, entretanto, la pobre entrenadora, que sufre en silencio que la llamen monitora o señorita, asiste impávida al espectáculo (nunca mejor dicho) porque si pierde la compostura todavía hay quien podría decir que con esas formas no es digna de entrenar a su niño.

¿Y qué pasa con los padres? Los padres se limitan a meterse con los árbitros, algo muy propio de la psicología masculina. Y es que no hay un seleccionador en cada español; la cuestión va mucho más allá. En cada uno de nosotros hay un trío arbitral. Para qué conformarse con una identidad única pudiendo aspirar a una más compleja.

No seré yo quien niegue que, a todos, nuestro hijo nos parece el mejor (o bien porque meta tres de las cuatro canastas de su equipo, como Teo; ¡uy!, perdón si yo no quería personalizar, y es que nunca he sabido cómo se borra en estos ordenadores de ahora…, o bien por ser simplemente nuestro niño).

No quiero ni pensar en cuando vayan pasando los años y mi hijo y los de las demás madres vayan ascendiendo a categorías superiores de baloncesto. Estoy por tirar de hemeroteca y ver cómo lo ha llevado la madre de los Gasol. Porque los demás no sé, pero mi Teo va a llegar lejos, muy lejos, y ahí estará su madre para decirle en cada partido lo que tiene que hacer.

 

Terry Gragera