Mi masoquismo y yo

Sé que alguien dirá que soy masoquista, que no me conformo con lo que tengo, que siempre estoy buscándole la vuelta a las cosas. Y con toda razón.

Este fin de semana estuve ejerciendo de tía y madrina; vamos, de canguro, con mis dos sobrinos de 2 y 5 años. Era la primera vez que la pequeña dormía fuera de casa sin su mami, así que los augurios por parte de mi madre (a la sazón, abuela de Alba) eran implacables.

“Es que no tenéis cabeza ni tu hermana ni tú. Dile que no vaya a la boda, que la niña se va a llevar un sofocón tremendo. Pero qué necesidad hay de hacerla sufrir… Que se puede traumatizar si piensa que su madre la ha abandonado”… Vamos que menos coger la zapatilla y darnos en el culo, no le faltó de nada.

Pero los niños tienen esa innata capacidad para sorprendernos siempre. Y Alba concilió el sueño perfectamente sin su madre y sin su “teta”. Yo, que me imaginaba sin poder dormir en toda la noche con sus gritos ahogados en lágrimas e hipidos, me quedé profundamente traspuesta a su lado a las 9 de la noche, ¡todo un lujo!

Me despertó unas horas más tarde el sonido de un mensaje de mi madre (que, afortunadamente, aún no conoce el WhatsApp ni su gratuidad) que decía: “No le des agua si está llorando, que se puede atragantar”.

A mí si hay una cosa que me gusta de mi madre es su positividad, su confianza en que todo puede salir bien, su despreocupación…

SMS aparte, la noche fue buena y Alba solo tuvo tres despertares leves algo llorosos que resolví acunándola en brazos. Y aquí enlazo con el principio: por qué digo que soy masoquista.

Eran la 1, las 3 y las 6 de la madrugada, y sí, tuve que interrumpir mi sueño, salir de la cama, taparme con una rebeca para el frío, ponerme de pie y cogerla en brazos, pero volví a revivir la increíble sensación que es tener tan cerquita a un bebé en la soledad de la noche.

Sé que algunos dirán que estoy loca, sobre todo si padecen madrugadas y madrugadas de maldormir. Pero esos momentos en que la casa está en silencio total, en que todo está oscuro y sólo se oye la respiración de tu peque me parecen un regalo.

No negaré que tengo esta impresión ahora, que duermo de un tirón toda la noche desde hace mucho tiempo. Porque cuando Ada, que ha sido una maldormidora crónica, era pequeña el cansancio me podía de tal manera que un día me descubrí en el escaparate de una tienda de muebles mirando con auténtico deseo un sillón como si estuviera delante de una pastelería.

Y es que lo de Ada y el sueño no tenía nombre. Claro, que tampoco lo tenía nuestra inexperiencia de primerizos a la hora de intentar dormirla. Recuerdo a mi santo, que ya entonces hacía un curso acelerado de beatitud en CCC, balanceando la “maxi-cossi” (con la niña dentro, por supuesto) en el aire a medianoche. Ahora que lo pienso, la pobre criatura estaría mascullando: “Pero qué hacéis, si yo lo que quiero es que me dejéis dormir tranquila; mira que os denuncio al Defensor del Menor…”.

Con el tiempo fuimos aprendiendo a base de horas de sueño… perdidas. Porque íbamos como zombis por la vida, intentando recuperar el cansancio acumulado una noche tras otra. Pero es que por el día era igual. No se dormía si no era en el carrito. Pero en el carrito fuera de casa. Así que lloviera o cayeran “chuzos de punta”, como decía mi abuela, había que sacarla a pasear para que cediera en entornar los ojillos.

Daba igual que estuviera cansada o derrotada, no quería dormir y la mayoría de las veces no consentía en reclinarse, hasta que el sueño la vencía erguida y tumbada… hacia delante. Un número, pues había que quedarse fuera para que la siesta se prolongara un poco. Porque era poner una rueda en el portal de casa y abrir el ojo como un resorte. Un misterio que pienso plantear un día a Iker Jiménez para “Cuarto Milenio”.

Pero los niños van creciendo, llega un día en que ya no se despiertan de noche, en que ya no te reclaman, en que ya no los acunas, pues no te caben entre los brazos… Por eso he disfrutado tanto de este fin de semana de no dormir.

A todo esto, mi madre nos sigue llamando por si hemos encontrado algún síntoma raro en mi sobrina. Por ahora parece que no, pero, claro, lo mismo el trauma aflora a los 18 años y hay un psicoanalista argentino que se va a hacer rico a nuestra costa. Pues muy bien, que tal como está el mundo, hay que dar trabajo a mucha gente. ¡A llorar se ha dicho!

Terry Gragera

@terrygragera