El aprendizaje cooperativo

Todos nos hemos dado cuenta alguna vez que no hay mejor manera de aprender una cosa que tener que explicarla: dar una clase, una conferencia o hacer los deberes con tus hijos. No solamente lo entiendes mejor sino que lo recuerdas con más facilidad. Esta es la base del aprendizaje cooperativo, una forma de trabajar en las aulas de la que nos hablaron el otro día en una charla en el colegio de mis hijos.
Los enfoques tradicionales en el aula tienen como objetivo que el niño aprenda, independientemente de lo que aprendan los demás; en algunos casos, incluso, cuando el modelo es competitivo el objetivo del niño es aprender más que los demás. En el aprendizaje cooperativo, sin embargo, el objetivo del alumno es aprender pero también que aprendan los demás. Se trata de utilizar las interacciones entre el profesor y el alumno y también las interacciones entre los alumnos.
En un enfoque tradicional es muy difícil asegurar que todos los alumnos participan de manera equitativa y dar respuesta a las diferencias individuales. El aprendizaje cooperativo trata de aprovechar esas diferencias y de potenciar la participación de todos.
No se trata simplemente de poner a los alumnos en grupos y que trabajen juntos de vez en cuando. El aprendizaje cooperativo tiene sus dinámicas de trabajo, recursos y metodologías. Cada aprendizaje incluye trabajo individual (en aula y en casa) y trabajo cooperativo. De esta manera el alumno con más capacidades, al explicar, estará reforzando sus aprendizajes y el alumno con menos capacidad recibe un apoyo doble: del profesor y de sus compañeros. La evaluación, por otro lado, no cambia: sigue habiendo notas, exámenes… pero existe la posibilidad de poder evaluar también el trabajo en grupo, como equipo.
El objetivo del colegio ya no puede seguir siendo solamente la trasmisión de información: los niños tendrán que aprender a comunicarse, trabajar en grupo, adaptarse a distintas personas y controlar sus emociones.
Según la experiencia, los colegios que están implantando el aprendizaje cooperativo en sus aulas consiguen mejorar el nivel académico de los alumnos pero también el ambiente en clase y la relación profesor-alumno. Por supuesto no se trata de cambiar todo de un día para otro: los profesores necesitan una formación específica y un plan de cambio progresivo.
Al salir de la charla pensé que esto no era interesante para mí solamente como profesional sino también como madre: ¿Cómo ayudamos a nuestros hijos a estudiar? ¿Por qué en vez de hacerles tantas preguntas cerradas no les pedimos que nos expliquen lo que han entendido? ¿Por qué no les pedimos que nos preparen un examen y luego nos lo corrijan?
Probablemente como todo cambio, sobre todo en educación, implica esfuerzo y un cierto grado de incomodidad inicial pero al final vale la pena.

Isa / Madrid

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¡Tenemos deberes!

Lunes, 5.10 h de la tarde. J asoma por la puerta de su clase mochila a la espalda. Y ante mi feliz “Hola, cariño”, contesta un seco “Hola”. No tengo poderes adivinatorios, pero esa cara torcida me anuncia que hoy tenemos demasiados deberes. “Dos problemas de Mates, terminar un esquema de Cono y una redacción para Lengua”, reconoce al fin. Mientras enumera la lista, yo calculo el rato que va a estar sentado en su mesa. Y el rato que yo voy a estar yendo y viniendo de su habitación, contestando dudas y corrigiendo fallos. Pero ¿sabéis qué? Pues que aún tengo suerte, porque conozco casos de niños que no se tiran ni una ni dos horas en su pupitre de casa, sino tres o más. Y todas las tardes.

J tiene tareas razonables, que no le llevan más de 30 o 40 minutos, y como además es de naturaleza nerviosa, nada más cruzar la puerta, se sienta casi sin quitarse el abrigo ante los deberes. “Es que me los quiero quitar de encima pronto para jugar”, asegura. Y a mí me parece estupendo. Porque los niños de ocho años, como J, tendrán que afianzar lo aprendido, pero también –y sobre todo– tienen derecho a desconectar, como hacemos los adultos cuando salimos de la oficina. Y para ellos, desconectar es jugar.

El problema llega con la semana de los exámenes. Sabemos que en esos cinco días el juego no existe. Ni la desconexión. Ni para él ni para sus padres. Porque lo peor es que él no sabe estudiar, y se cansa, y tiene un tiempo limitado de atención, como todos los niños. Y cuando tú ya recitas de memoria –y totalmente agotada– las partes del oído, él sigue situando la pituitaria en la retina, y las papilas gustativas en la pupila. A ti te parece tan obvias… ¡y a él tan extrañas todas esas palabras! que los gritos no tardan en aparecer. Uff, momento de irte a hacer la cena… y confiar en que el sueño reparador haga milagros en sus neuronas. ¡Ah, no!,  si no me acordaba, aún tengo un último recurso. Le he traído un cuento divertidísimo de los sentidos, con dibujos y juegos para aprender lo mismo que hemos estado recitando aburridos toda la tarde. ¿No será este mejor recurso que repetir y repetir lo que ven en clase?

Pero al final me animo. Porque revisando el libro de Cono, he visto que la semana que viene nos tocan los músculos y los huesos, y yo, que sufro de la espalda, pienso que ahora podré decirle a J que tengo una contractura “en las lumbares o el trapecio” –y no la imperdonable imprecisión de “estoy malita de la espalda”– y cuando él se mire al espejo, ya no me preguntará si tiene “acdominales, como su ídolo Ronaldo”; dirá con exactitud “abdominales”… aunque he de reconocer que echaré de menos ese impronunciable “ac” que me producía tanta ternura.

Marta Castro / Madrid