Cuestión de esfínteres

Hace muchos años, y para hacerme la novia moderna, le regalé a mi santo un bonito e ilustrativo libro cuyo nombre me permito reproducir aquí anteponiendo mis disculpas. El ejemplar llevaba por título Cómo cagar en el campo, y debo decir que no ganó ningún Premio Planeta (tal vez porque no se presentó).

La obra, nunca mejor dicho lo de obrar, que dice haber sido bestseller en Estados Unidos (lo cual no me sorprende en absoluto), se presenta bajo el subtítulo “Una aproximación ecológicamente sensata a un arte perdido”. ¿Perdido? En sus páginas se desgranan temas tan apasionantes como “por qué es tan importante cavar el agujero y dónde hacerlo”, “qué hacer cuando no podemos cavar el agujero” y “consejos para la mujer: ropa, técnicas y artefactos para facilitar las deposiciones en la naturaleza”.

Mi santo, que ha sido, desde siempre, amante de la ecología y el montañismo, debió de leerse el librito de pé a pá, pero tan de pé a pá como para imprimírselo en su código genético y traspasarlo a la segunda generación; esto es, a nuestros hijos.

Pido perdón a los amables lectores que a estas alturas se pregunten qué hago yo desarrollando un tema tan escatológico, pero no podía resistirme a la tentación de lanzar al espacio digital esa pregunta que me corroe, me carcome, me inquieta, me indispone, me perturba desde hace tanto tiempo: ¿Por qué siempre que estamos fuera de casa a mis hijos les entran ganas de hacer aguas mayores?

Yo, que me tengo por escrupulosamente maniática, que hago malabarismos para no tocar los pomos de las puertas en los servicios públicos, que me aguanto lo indecible porque como en casa de uno, nada de nada, y van y me salen estos niños con el esfínter alegre.

Es que no falla, sea la situación que sea, el momento que surja o el lugar que encarte: mis hijos siempre tienen ganas de evacuar en la calle. Reconozco que mi santo y mártir es el que cumple con el trámite la mayoría de las veces. En ocasiones me toca a mí, y entonces sé que esa semana tendré que visitar al fisio. Porque coger a mis hijos en peso en esas estancias tan limpias y amplias que suelen ser los retretes públicos con tal de que no se sienten en la taza y de que no toquen nada de nada acaba por deslomarme. Pero me da igual. Antes tullida que angustiada.

En el zoo, en el parque de atracciones, cuando estamos bañándonos en la piscina, en mitad de una obra de teatro, en el parque, en el supermercado, siempre acabo escuchando una voz angelical que dice: “Me hago caca”. Y lo peor de todo es que sé que detrás de una viene otra. Porque mis hijos están perfectamente sincronizados en esta noble tarea biológica. Y siempre, y cuando digo siempre quiero decir siempre, al uno le sigue la otra, o a la otra el uno.

Mi santo, que es un hombre con recursos, ha ido perfeccionando la técnica, según el lugar de autos. Porque queda muy bonito y ecológico eso del agujero, pero hay pedregales y/o parques públicos que no dan ni para eso. Así que tenemos el recurso de la bolsita. Sí, sí, a lo perrito, y dejo a la imaginación de cada cual el resto de detalles.

Son mis hijos, los quiero y los adoro, pero reconozco que cuando, en el sitio más inoportuno, los oigo proclamar la sentencia: “Me-hago-caca”, pediría un rescate como el de Rajoy, o un rescatillo, para dimitir en ese momento de todos mis cargos como madre. Sobre todo, porque después del anuncio viene el golpe de gracia: “No me aguanto”.

He revisado minuciosamente el libro de marras para ver si ofrecía alguna solución cuando no se puede o no se debe. Pero nada. Y así nos va. Que luego dicen que consentimos demasiado a los hijos con lo material, pero ¿por qué no se habla de la educación de los esfínteres? Que a mí nadie me dijo que esto podía pasar.

Lo siento por quienes, al leer el título de este post, confiaban en encontrarse algo así como “consejos infalibles para que tu hijo deje el pañal en 34 horas y media”, o “cómo conseguir que el orinal se convierta en su mejor amigo”, o tal vez “vete a las Bahamas con lo que te ahorrarás en pañales”. Pero no, lo mío va por la escatología pura y dura, pero sin estreñimiento, que es lo que le faltaba a mi pobre espalda.

Y todo por regalar el libro que no debía. La próxima vez me lo pienso mucho mejor. Con lo bonitos y rositas que son los libros de Danielle Steel, que sólo con mirarlos parece que te ambientan la casa…

Terry Gragera
@terrygragera