Cuando acueste a los niños me paso

Si alguna vez me decido a invertir en un negocio, pensaré muy seriamente en los gimnasios. Debe de ser el lugar en el que más gente aparece, dona su dinero y no vuelve a poner un pie o un michelín sin reclamar nada. No hay desgaste de material, ni de aparatos, las cintas de correr no consumen energía… Vamos, que una vez que el chiringuito de las “preferentes” se ha venido abajo, me veo a Botín y a Goirigolzarri estudiando muy seriamente poner en marcha una cadena de fitness. Y todo esto ¿a cuenta de qué? Pues justamente a que soy una de esas dadivosas clientes que ha pisado el gimnasio sólo una vez: el día que hice la matrícula y me tocó pagar.

Está feo echarles la culpa a mis hijos, a mi santo y a la vida familiar. Está feo, pero lo voy a hacer. Y es que no soy capaz de organizarme, de sacar media hora para mí, porque cuando no son los deberes, es la compra “que-no-tenemos-nada-en-el-frigo”, y cuando no la plancha y cuando no llevar a uno de los niños a un cumple, y cuando no los baños y cuando no las cenas, y ¡cuándo no!

No me faltan propósitos, pero nunca remato. Lo he intentado por la mañana, antes de ir a trabajar, pero es que estaba tan oscuro que me dio miedito y me volví a la cama con mi santo (sin decirle nada, eso sí, para que no pensara que había perdido el juicio). Y he querido lanzarme por la noche: “¿Que cerráis a las 11 el gimnasio? Estupendo, cuando acueste a los niños me paso”. Pero luego compruebas cómo se te va cerrando la pestaña en mitad del cuento de buenas noches y piensas: “¡Pero dónde voy yo!, si voy a caer inconsciente en el lecho conyugal en menos de cinco minutos”.

Y por la tarde, claro, la vida de una madre es como una gymkhana del tipo “humor amarillo”. Cada jornada, el más difícil todavía. Superponiendo tareas, compromisos, atenciones… En teoría, a estas alturas de mi vida, con dos hijos de 9 y 6 años, me debería sentir con más libertad para esos 30 minutejos de nada unos ¿tres? días a la semana… Pero no.

Pensaba en ello el pasado fin de semana cuando me tocó ejercer de niñera y madrina. Cuidar de mi sobrina Alba, que está a punto de cumplir dos años, me recordó la etapa en que en vez de dos ojos tenía tres. Sí, tres, también el de la nuca. Porque en un segundo que me distraje a un metro de ella, se aventuró por la lona que cubría la piscina. ¡Eso no me pasaba antes! Yo tenía una especie de radar que me permitía oler el peligro cuando mis hijos eran más pequeños. Y me di cuenta de que lo había perdido.

No me pondré melodramática porque el tal incidente también me sirvió para rememorar todas las cosas que hacía con mis hijos y que ya puedo hacer sola. Por ejemplo: ir al baño. Sí, ir al baño, pero no a coger kleenex, no, ir al baño a hacer aguas menores y hasta ¡aguas mayores! Y que levante la mano la madre que no se ha entrenado en el arte de “corto el papel higiénico con la boca porque tengo al bebé en la otra”…

Pues sí, muchas, pero que muchas veces, tenía que dejar a mis niños a la puerta del baño mientras yo hacía lo que podía (perdón por lo escatológico del asunto). Realmente, miccionar cantando por Enrique Iglesias para que Ada o Teo me oyeran y estuvieran tranquilos era toda “una experiencia religiosa”. Y eso cuando no les daba por venir gateando hacia mí: “No hijo, por el suelo del baño, ¡noooooo!”. Y allá que lo cogías con la ropa interior por los tobillos que no te tropezabas y te dabas contra el bidé de puro milagro.

Y luego los médicos te aconsejan kiwi en el posparto por eso del estreñimiento. No nos vamos a estreñir… Y porque no hay una revisión dermatológica, pues apuesto a que a muchas zonas del cuerpo es imposible que llegue el agua en las duchas ultra-expréss que tenemos que darnos con un bebé en casa.

Eso pensaba yo para consolarme. “¡Qué bien, ya puedo ir al baño solita!”. “Y ducharme en más de 30 segundos”. Claro, son lujos que se me ha olvidado valorar con el paso del tiempo. Y están todos fenomenal, pero… ¡¡Yo lo que quiero es ir al gimnasio!!  Si sólo son 30 minutillos de nada, pero no soy capaz.

Mi santo, que es sabio, me dice que me tengo que organizar. Y, como en (casi) todo, tiene razón. ¿Vendrá de serie esto de sentirse culpable siendo madre por dedicarse tiempo a una misma? Mientras me aclaro, voy a probar con una nueva modalidad: el “fitness madrugadero”. Consiste en aprovechar que un niño te pide agua a media noche para quedarte despierta y hacer unas flexiones. Menos es nada, ¿o no?

Terry Gragera
@terrygragera