Una “tranquila” jornada playera

Eso me pasa por mala, remala. Y es que parece que una ya no puede disfrutar de un tranquilo día de playa después de haberse metido con Suegra I y Suegra II. No creía yo que mis dotes de bruja, no como lo entienden algunas, sino en el sentido más profético del término, fuesen tan ajustadas. Porque donde hace dos post decía: “Escena 3, en un paseo por la tarde se te ocurre dejar que tus hijos monten en unas camas elásticas del paseo marítimo…”.

Pues sí, se nos ocurrió. Y Teo acabó con el labio partido. “Os veo en Urgencias, y a saber quién os atiende”. Y a Urgencias que nos fuimos para que entre el enfermero y el médico decidieran si la criatura necesitaba puntos de sutura o de aproximación.

Todo esto en una jornada playera de lo más reseñable. “Vamos a la playa”, le dije a mi santo y mártir marido. Y él, que es más de campo, asintió. Con lo bien que estábamos en la piscina y bajo los sauces llorones jugando al monopoly con los niños y no se me ocurre otra cosa que planear un día en el mar. Pues allá que nos fuimos. Y casi acabamos en comisaría.

Bandera verde, ¡estupendo! Pero con lo que no contábamos es con que el socorrista había decidido no herniarse aquella tarde izando otra bandera. “Uy, qué olas”, “pues sí que se está levantando el mar…”. Hasta que, catapún, llegó el olazo, esa ola que es capaz de traumatizar al niño más feliz del mundo y hacer que no vuelva a meterse en agua salada nunca más. Esa ola que, por supuesto, revolcó a mis hijos y a mi querido esposo, una y otra vez, una y otra vez de nuevo, contra las piedras, la orilla, otros bañistas y demás entes sólidos, líquidos y gaseosos del litoral.

El padre salió magullado; los niños, llorando y gritando. Y la congoja les duró no menos de media hora ininterrumpida (no exagero), durante la cual fuimos objeto de penetrantes miradas dispuestas a arrancarnos la patria potestad de cuajo. “Es que hay que tener cuidado con las olas”, nos increpó un señor mayor; “pues dígale a su ayuntamiento que contrate a otro socorrista más espabilado”, me dieron ganas de contestar. Pero no, allí aguantamos impávidos los gritos y las lágrimas de nuestros hijos, mientras sentíamos los comentarios de toda la playa pegados a nuestra chepa.

“Papá, y tú no has hecho nada para sacarme…”, resaltaba Teo mientras su pobre padre se limpiaba la sangre de la rodilla, y a todo esto Ada lloraba: “Ay, si no llego a pasar a 5º de Primaria…”. Vamos, que alumnas tan convencidas como ésta ya quisiera tener el ministro Wert.

Nos fuimos de la playa justamente a los 20 minutos de haber llegado y de sufrir los revolcones de las olitas que el socorrista tuvo a bien obviar. Para distraerlos del disgusto se nos ocurrió montarlos en las atracciones del paseo marítimo con el resultado ya sabido del pobre Teo luciendo unos morros que ni Yola Berrocal.

Qué relajante jornada playera, qué descanso, qué paz… Si es que, en el fondo, nos pirran los deportes de riesgo. Las aventuras. Y a mí me viene de antiguo. Porque cómo recuerdo esos veranos en que, desde nuestra casa de campo, iba a comprar a la tienda de ultramarinos del pueblo más cercano (a “La Bienve”, para más señas) y las madres arengaban a sus niñas: “Llámale guarra” (sic) porque iba en pantalón corto, ¡eso sí que era emoción!

El año que viene, nada de excursiones playeras, o al menos no tras haber hablado de las Suegras. Al pueblo en shorts o en pantalón largo, pero al pueblo. Que luego pasa lo que pasa.

 

Terry Gragera