Yo quiero ser Vicky Beckham

Yo quiero ser Vicky Beckham, la Spice pija, la posh, esa muñeca de cera reconvertida en humana que nunca pestañea, que no se despeina, que no tuerce el gesto jamás de los jamases. Y no es por el maromo que tiene al lado, que David está bien, no lo niego, pero, después de confesar que sufre manía por el orden, no lo quiero yo en casa dedicándose a organizar las cebollas por capas. Definitivamente, no es cosa de hombres, que con mi santo me basta y, a veces, hasta me sobra. Es cuestión de niños.

Yo quiero tener esa indolencia delante de mis hijos, que no son cuatro como en su caso, sino la mitad. Anhelo poder regañarles sin que se me note; no perder nunca la compostura aun cuando me hayan sacado de quicio; poder decirles: “No” o “estate quieto” o “ven aquí” sin que se me mueva un músculo, sin contraer el rictus, sin contar “a la una, a las dos y a las tres”.

Y es que estoy harta de hacer de ventrílocua a lo José Luis Moreno. Porque odio los numeritos en la calle, pero los niños tienen la costumbre, el vicio o la virtud de mostrar sus habilidades para la desobediencia civil, militar y parental cuando hay público delante. Vamos, que los del 25S, unos aprendices a su lado. Y, claro, luego tú no te puedes poner a explicar a todo el que te vea: “No, si esto en casa no sucede; si a mí me obedecen”, “si los tengo controlados”, “si yo leo sobre psicología infantil”, “si esto no es lo que parece…”.

No es lo que parece, pero mis hijos tienen el don de abochornarme en público de vez en cuando. Y entonces es cuando me transmuto en Rockefeller o en Macario: “Omo uelvas a olestar a u herano, e astigo”. Todo intentando disimular y con una sonrisita de medio lado, para no parecer sobrepasada por la situación.

¡Qué fácil lo tiene la Beckham! Seguro que lanza sus: “Shut up!” en “modo látigo” y le quedan hasta bien, como un signo de distinción, a lo Isabel Preysler engullendo de un bocado un Ferrero Rocher (que para eso hay que valer).

Pero para las madres que no vamos subidas en tacones de 15 cm todo el día, la perspectiva es distinta. Regañamos y se nos nota el enfado a la legua, y volvemos a regañar y lo peor de todo es que muchas veces sin ningún resultado. Y entonces, lo confieso, en mi caso, me lanzo a la desesperada al anuncio de un castigo “cruel”.

Me maravillan los padres que nunca castigan a sus hijos. Porque sí, lo del refuerzo positivo está estupendo y tú quieres seguir esa doctrina y decides, tras leer varios libros sobre ello, que nunca jamás actuarás de modo “punitivo” contra tus hijos, pero cuando el niño se planta y dice “aquí estoy yo”, entonces te entran ganas de empezar el castigo (o la “consecuencia”) pertinente haciéndole copiar mil veces los manuales de marras.

Reconozco que muchas veces, según estoy diciendo: “Como vuelvas a hacer eso, te quedas dos semanas sin tele”, me falta tiempo para ponerme a rezar a San Judas Tadeo, patrón de los imposibles, para que el niño no lo haga, con tal de no tener que aplicar el castigo, con tal de no claudicar, una vez más, delante de él. Porque según está proyectándose a través de mis cuerdas vocales eso de: “Como vuelvas a…”, ya sé, sin ninguna duda, quién es el vencedor.

Pero entonces, ¿qué hacer? ¿Castigos sí o castigos no? ¿Corrección o advertencia? ¿Exhortación o sugerencia? ¿Sermón o admonición? ¿Manicura francesa o uñas de gel? (Ay, no que por un momento me he creído la Beckham…).

¡Cuánto me gustaría pasar por delante de las trastadas de mis hijos como quien camina por la alfombra roja directa a un photocall! Pero creo que llego tarde. Tengo que conformarme con lo que soy: una madre a veces chillona, a veces paciente; a veces malhumorada, a veces divertida; a veces estresada, a veces en estado zen, pero, al menos, siempre cerca de ellos. Es lo que tiene no ser famosa. No posar para los fotógrafos. Y no llevar tacones altos. Que se lo digan a Vicky Beckham, que solo se descompone ante sus mundanos juanetes.

Terry Gragera

@terrygragera