¿Bien o en familia?

 Diccionario de la Real Academia Española, definición de “suegra”:

  1. Madre del marido respecto de la mujer, o de la mujer respecto del marido. // 2. Parte en la rosca del pan, que corresponde a los extremos del rollo de masa y suele ser lo más delgado y cocido. // 3. Rodete para llevar peso sobre la cabeza.

Sí, lo de extremo, rollo y peso sobre la cabeza es realmente atinado, pero leo y releo, y a mí me falta algo. ¿Dónde está la acepción que recoge: “Señora que fastidia las vacaciones, si va porque va y si no va porque no va”?

Y es que la imagen de la suegra metida a presión en el coche no ha perdido actualidad. Y cuando digo presión, me refiero a presión mental, claro está. Porque ¿puede alguien en su sano juicio mantener que irse de veraneo con la suegra es descansar, desconectar, desagobiar, desestresar, desangustiar y todos los demás des- que llevamos ansiando un año?

No aspiro a ganarme el cielo, o al menos no de este modo tan gravoso, así que reconozco que huyo, cual prima de riesgo hacia adelante, cada vez que llega junio y hay que plantear las vacaciones familiares. “¿Unos días con quién?, pero si sólo tengo 3 semanas de vacaciones, cariño”. Y nótese que digo “cariño” para no revelar la identidad del causante del pecado.

Así que seguiré siendo prudente y hablaré de mi experiencia con Suegra I y Suegra II (pues o de mi santo esposo o de mi santa paciencia son suegras las dos abuelas de mis hijos). Y con ambas puedes apostar 100 a 1 a que te encontrarás situaciones como éstas:

Escena 1

En la playa se te ocurre ponerle a tu hijo, no al niño de la toalla de al lado, sino a ése que llevas criando unos cuantos años, una camiseta blanca en las horas de más sol.

Suegra I: “Desde luego, vaya tonterías; en mi época no se usaba nada de eso y nos hemos criado fenomenal. Es que los protegéis demasiado”.

Suegra II: “Pero si eso no sirve para nada, que no paran de avisar en la tele de los peligros del sol, inconscientes, que sois unos inconscientes, que esa camiseta de mercadillo no vale si no tiene filtros para los rayos UVA, gamma, fluorescentes y electromagnéticos. Lo veo en Urgencias con quemaduras de primer grado, y a saber quién os atiende aquí”.

Escena 2

A la hora de la comida, se te ocurre darle un helado de postre a tu hija, y no un polo flash ni uno de hielo, sino uno de los caros, a 6 euros la tarrina.

Suegra I: “Desde luego, cómo los consentís. Todo el día con caprichitos. En mi época sólo se tomaba helado los domingos y nos hemos criado mucho mejor”.

Suegra II: “Pero un helado, con lo frío que está. Esa niña se va a poner mala de la garganta, y mañana estará con fiebre y llegará a 40 y con lo peligrosas que son las convulsiones febriles… La veo en Urgencias, y a saber quién os atiende aquí”.

Escena 3

En un paseo por la tarde, se te ocurre dejar que tus hijos monten en unas camas elásticas del paseo marítimo.

Suegra I: “Desde luego, estos niños no paran de pedir dinero, cómo se nota que no le dan valor a nada, si es que los habéis acostumbrado a que siempre sea fiesta”.

Suegra II: “Pero estáis locos, a ver si se van a doblar el cuello al caer. Que el nieto de una amiga mía se resbaló en un columpio justo, justo como éste y estuvo fatal. Qué inconscientes sois. Os veo en Urgencias, y a saber quién os atiende aquí”.

Escena 4

Tu niño (o tu niña, que para este caso da igual) se coge una rabieta de las que hacen época. Patalea, da un portazo, te dice que tú no mandas sobre él y se pone a gritar, cual Belén Esteban en sus mejores tiempos, cuando lo mandas a su dormitorio a “pensar”.

Suegra I: “Ven aquí, tú, que tus padres no te entienden. Malos, malos. Anda, hijo, ven con la abuela, que te perdona todo”.

Suegra II: “Ay, mi niño, qué le han hecho sus papás… Venga, ¿a qué te vas a portar mejor? Ya está, ya se pasó, que no se han dado cuenta. (“Qué poca cabeza tenéis; no le deis disgustos al niño, que como siga gritando así, se va a hacer daño en las cuerdas vocales y os veo en Urgencias)”.

 

Bueno, al menos se ponen de acuerdo en algo… además de en desheredarme.

Y es que por esto, y por muchas otras cosas que (hoy) no desvelaré, reivindico las vacaciones sin suegras. Que sólo haya que pelearse con los hijos y con la pareja es una auténtica bendición.

 

Terry Gragera

Playas con encanto

Una es imperfecta, como ha quedado acreditado en anteriores post. Y ahora que llega el verano, un año más tengo la tentación de dar rienda suelta a mis defectos, a mi egoísmo, a mi ambición… Y lo que es peor: en contra de mis propios hijos… ¡Lo que yo quiero es veranear en una playa sin gente! Vamos, lo contrario de lo que esperarían dos niños de 6 y 9 años en sus vacaciones.

Reconozco que la muchedumbre (entendiendo ésta por más de cuatro personas) me aturulla y me atormenta. Por eso me gustaría disfrutar de una de esas playas con encanto que glosan las guías de viajes. Un sitio sin ruido ni música, sin pelotas ni palas, sin canoas ni patinetes a pedales… Justo lo que están deseando mis hijos.

Y ahí sale mi yo angelical, ése que dice: “Vas a ser muy feliz viendo disfrutar a tus pequeños. Tú tranquila, que no pasa nada por estar en séptima línea de playa y tener que sortear a más de cien personas para llegar a la orilla”. Pero entonces responde mi yo diablillo: “Pues vaya, después de todo el año trabajando, no vas a tener derecho ni a unos días a tu gusto. Esto es la dictadura de los niños. Que se entretengan como puedan, que están sobreestimulados”.

Y en medio estoy yo, que me quedaré un año más sin esa playa con encanto a favor de un resort de vacaciones donde hay animación de 9 de la mañana a 12 de la noche. Y mis niños encantados, junto a  mi santo, que como dice que servidora es la que manda en casa, asiente a todo lo que yo proponga.

Recuerdo nuestras primeras vacaciones de casados en Menorca. Tras una caminata de una hora llegamos a una cala estupenda, a no ser por la familia que ¡oh, cielos! había conseguido llegar también a ese recóndito lugar. ¿Pero no se suponía que era un duro camino? Pues no, allí estaban la madre, el padre, la abuela, la fiambrera, la sandía, el tinto de verano, la radio (puesta), el niño y la niña. Y ¡ay que niña! No tuvimos más opción que marcharnos al poco rato ante el soniquete machacón de la criaturita, que no dejaba de repetir: “Playa, playa, merde playa”. “Pues, eso, bonita, di que sí, a la piscina del hotel”. Pero no, ahí siguieron con su dinámica de familia mientras nosotros recogíamos espantados nuestras toallas y nuestra diminuta sombrilla dando por terminado el “relajante” día marítimo.

Me imagino que en estos años en alguna ocasión habremos sido nosotros los “espantadores”. Y es que donde hay niños hay gritos, arena, pisada de toallas, salpicaduras de agua… vamos, un plan infernal para toda parejita  que se precie.

Así que, pensándolo bien, y por la salud mental de los que aún no tienen hijos, lo mejor es que las familias nos juntemos entre nosotras en determinados parajes. Que hay que ir a Marina d’Or, pues se va con alegría, que ya lo dice su eslogan: “Ciudad de Vacaciones”. Que hay que ir a Benidorm, pues se va (si no es por no ir) y se bailan Los Pajaritos con Mª Jesús y su Acordeón.

Si es que en el fondo, lo mío es una pose; si ya se me mueven solos los pies pensando en la mini disco de todas las noches: “Boooomba, para bailar esto es una bomba”. Me quejo de vicio; ya tendré tiempo de ir a mi playa con encanto con mis amigos del Imserso.

Terry Gragera